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Los indicadores, mejores que las perspectivas

 Comparados con los valores del primer trimestre, los del segundo no han dejado de traer buenas noticias, aparentemente. La desocupación disminuyó, el coeficiente de Gini de los ingresos familiares también, las brechas de ingresos también mostraron mejoras, y la distribución personal mejoró algo, excepto en los ingresos de la ocupación principal.

Además la pobreza en el primer semestre mejoró respecto del año anterior. Si todo es así, se preguntan en el oficialismo, “¿por qué nos fue como nos fue en las PASO?”

Para ayudar a vislumbrar una interpretación posible seguramente debiéramos mirar más los procesos que la fotografía.

Por ejemplo, la desocupación bajó pero no porque haya aumentado la tasa de empleo, la proporción de personas ocupadas respecto de la población total, sino porque hubo más personas que abandonaron la búsqueda.

Es lo que se denomina el desaliento y se origina, básicamente, en la convicción de las personas que necesitan un empleo de que no lo van a conseguir.

Muchos de los millones de trabajadores asalariados precarios o de cuentapropistas o patrones que quedaron a la vera del camino en el segundo trimestre de 2020 pudieron, de algún modo, subirse nuevamente.

Pero no sólo los trabajos de reinserción han sido deficitarios en ingresos sino que también han sido insuficientes para la magnitud de los puestos que se perdieron en aquel momento: cuatro millones de puestos desaparecieron. Los datos anuales señalan que en 2020 había 1.5 millones menos de puestos que en el año 2019.

Por otro lado, si se mira tanto la tasa de actividad como la de empleo, desde la sima de 2020 fue escalando trimestre a trimestre. Eso sí, cada vez con más lentitud, pero seguían subiendo. Pero eso se cortó en el segundo trimestre de 2021, lo que originó el desaliento mencionado con la aparente buena noticia de la baja de la tasa de desempleo.

Si tomamos el coeficiente de Gini (que mide la desigualdad de los ingresos, en este caso del ingreso per cápita familiar de las personas), efectivamente mejoró no solo respecto del primer trimestre -lo que suele ocurrir todos los años- sino que disminuyó sensiblemente del valor captado un año atrás, en el inicio de la pandemia, su peor momento.

Ahora bien, al mirar la serie disponible (desde 2016) se aprecia que el valor actual es similar al de 2019 pero peor que los segundos trimestres del resto del gobierno de Cambiemos. Más allá de las interpretaciones o relatos, esos son los datos.

Como los datos sociolaborales no vienen del aire, miremos qué ha pasado con la evolución de la actividad económica. La EMAE desestacionalizada muestra que el último valor alcanzado si bien salió de la profunda depresión de mediados de 2020, como todos los países de la región, pero su nivel actual está por debajo del registrado en cualquier momento entre 2010 y 2019, ambos años inclusive.

¿Qué significa esto? Que, como es sabido, la riqueza disponible, el producto per cápita, viene descendiendo desde el pico de 2011 con escalones cada vez más pronunciados (en valores de 2004, de más de 17000 a menos de 14000 en 2020).

Dicho de otro modo, ¿cómo podríamos esperar una mejora en el bienestar de la población si la sociedad en su conjunto cada año produce menos? A éste se le podría agregar otro interrogante ¿cómo no decrecer si cada vez la tasa de inversión es menor (desde hace décadas)?

Si bien hemos estado sometidos a un bombardeo tanto de sabedores como de desconocedores acerca de que la pobreza estaría este año más cerca del 50% que del 40%, el informe de INDEC indicando que “apenas” un 40.6% de la población vive en condiciones de pobreza nos dejó algo sorprendidos.

Lo que sí ha traído más de una inquietud es la elevación del índice de indigencia. El año pasado se había argumentado que los esfuerzos oficiales (en particular el IFE, pero no sólo ese instrumento) habían aliviado la indigencia más que la pobreza. El dato actual requiere profundizar un poco más.

Finalmente, no debemos olvidar que los indicadores monetarios y afines en sociedades con regímenes de alta inflación, como el nuestro, (estamos en el podio) tienen grandes dificultades por arrojar precisión en sus resultados. De allí que los análisis no pueden dejar de ser cautelosos cuando se cubre un lapso de seis meses tanto de ingresos como de precios.

Al respecto alguien quizás no bien intencionado podría preguntarse ¿cómo en la segunda mitad de 2020, cuando se concentró el grueso de la ayuda fiscal, el índice de pobreza fue significativamente más alto que en el primer semestre de 2021, cuando la asistencia fue mucho más exigua? Las estadísticas tienen las limitaciones propias, entre otras, de las condiciones en las cuales se relevan.

En definitiva, con inversión declinante puede entenderse el devenir cada vez más negativo del producto y, por tanto, de la torta por repartir.

En esas condiciones ,en ausencia de un plan económico dirigido a recuperar la actividad económica (subordinada en 2020, supuestamente, al cuidado de la salud) e inhibido el equipo económico de cumplir el cometido que le fue asignado al inicio del mandato (arreglar las cuentas públicas, normalizar las situaciones de endeudamiento externo e interno, en particular con el FMI) es casi milagroso el desempeño económico registrado en los meses recientes. Sin embargo, como se ha visto, los impulsos tienen escasa duración por los obstáculos generados internamente.

Con el propósito de recuperar votos en lugar de generar actividad económica (y mejorar la distribución) se ocupan solo de un gasto que más allá del resultado que produzca no es otra cosa que redistribución. El detalle es que ya no hay de dónde repartir.


Javier Lindenboim

Director CEPED

Instituto de Investigaciones Económicas