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Las guerras perdidas por Rusia y las ganadas a medias

 No hay país que tenga un expediente militar impecable; en su historia, junto a grandes victorias acostumbran a convivir derrotas estrepitosas. Por lo que se refiere a las guerras mayores libradas por Rusia desde inicios del siglo XX, al margen del conflicto en Ucrania, el balance es muy irregular, con una proporción elevada de fracasos y con unas victorias extremadamente costosas en vidas humanas si se comparan con los estándares de otros países. La cultura militar rusa, las decisiones políticas y la dinámica de la economía, explican una trayectoria sinuosa.

En los últimos 120 años, Rusia -o la URSS- han tomado parte en decenas de conflictos de mayor o menor entidad y muchos de ellos han terminado de forma exitosa, sobre todo los de menor envergadura. Intervenciones en plena Guerra Fría, como las de Hungría o Checoslovaquia (tal vez algo parecido a lo que se pretendía con la actual invasión de Ucrania), fueron operaciones militares rápidas y de relativa pulcritud. Otras, como las intervenciones en Georgia o Transnitria o la segunda guerra de Chechenia (no así la primera) acabaron tal como Putin lo había planeado.

Las intervenciones de menor entidad han terminado normalmente de acuerdo con los planes del Kremlin; en los conflictos mayores el balance es distinto

Pero en las guerras de mayor entidad, el balance ha sido más desigual. El desarrollo de estos conflictos ha mostrado, a través de la historia, una serie de constantes en forma de problemas en la preparación militar, errores en el análisis previo o en la ejecución de decisiones estratégicas. Todo ello ha hecho que incluso las victorias hayan tenido un coste enorme. Estos enfrentamientos bélicos siempre han tenido consecuencias en la política doméstica rusa. Estos son los principales entre estos conflictos armados.

Japón: menospreciar al adversario

Greg Carleton, especialista en historia militar rusa en la univesidad de Tufts, distingue entre las guerras necesarias, básicamente defensivas y que Rusia ha culminado con éxito, y las que se libran por elección, es decir, las que obedecen a objetivos estratégicos y que no son inevitables. De estas últimas, la primera que libró Rusia en el siglo XX fue la que le enfrentó a Japón (1904-05), entonces una potencia emergente pero considerada de tercera fila. Hasta que demostró lo contrario.

En un caso que guarda paralelismos con la posición del establishment español antes de la guerra de Cuba, el triunfalismo desmedido de la propaganda oficial zarista presentó a los japoneses como “insolentes mongoles” a los que el propio zar Nicolás II los llamaba makaki (monos). La guerra en el Pacífico que debía ser un paseo militar se convirtió en un calvario para unas tropas rusas mal equipadas que combatían en un frente a 10.000 kilómetros de la capital. El régimen hizo poco más que enviar iconos a los soldados para elevar su moral. “Los japoneses nos están machacando con ametralladoras, pero no importa: nosotros los machacaremos con iconos”, dijo el general Dragomirov.

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El zar y su familia, en 1913. De izquierda a derecha, Olga, Maria, Nicolás II, Alejandra Fiódorovna, Anastasía, Aleksei y Tatiana

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La guerra terminó en una derrota humillante de consecuencias demoledoras para el país y el ejército. El desastre dejaba en evidencia la falta de recursos industriales y militares pero también la nociva influencia del núcleo de la corte que había favorecido la guerra y en particular al zar. Tal como recuerda Orlando Figes en La revolución rusa (Debate), el fracaso de la guerra socavó los cimientos del zarismo y abrió el periodo revolucionario.

La Gran Guerra: desastre y revolución

Para cuando estalló la Primera Guerra Mundial Rusia no había solucionado los problemas militares, mientras los sociales y políticos crecían. El ejército fue al frente con graves problemas de alistamiento, de cohesión interna, de capacidad de los oficiales y de falta de suministros. Los rusos acudían al primer gran conflicto de carácter industrial con un sistema productivo atrasado y rural.

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La firma de la paz entre soviéticos y alemanes en 1918 

 Terceros

Todo ello, junto a la incompetencia del alto mando, quedó patente ya en el primer acto de la guerra, cuando fracasó la ofensiva contra la Prusia Oriental en la que se perdieron un cuarto de millón de hombres, una cifra que mostraba ya una constante que se prolongaría en la mayoría de las guerras en que ha participado el país desde entonces: el gran sacrificio de vidas humanas en sus filas, un dato que ha sorprendido a los observadores en el caso de Ucrania.

Las condiciones no mejoraron en los años siguientes y las enormes pérdidas y consecuentes levas masivas, así como las penalidades en la retaguardia aumentaron el desconento social y minaron aún más al sistema zarista. Un ejército enorme -6 millones de soldados- pero desmoralizado no se opuso a la toma del poder por parte de sus bolcheviques que firmaron la paz de Brest-Litovsk en marzo de 1918. Rusia sufrió más de nueve millones de bajas, entre muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos.

Finlandia: no hay enemigo pequeño

Finlandia tiene motivos para estar preocupada con Rusia. Y viceversa. A finales de 1939 la URSS cruzó la frontera y dio inicio a la Guerra de Invierno, un conflicto que, salvando las distancias, recuerda al de Ucrania. Las reclamaciones territoriales soviéticas fueron la razón por la que se inició una ofensiva en que las fuerzas de Stalin superaban por 4 a 1 a los efectivos del ejército finlandés muy inferior también en recursos materiales.

El Ejército Rojo asalta una fortaleza forestal finlandesa durante la guerra de Invierno, 1939.

El Ejército Rojo asalta una fortaleza forestal finlandesa durante la guerra de Invierno, 1939.

 Sovfoto/Universal Images Group vía Getty Images

El mundo esperaba una victoria aplastante del gigante soviético sobre un país de poco más de cuatro millones de habitantes. Pero no fue así: las tácticas de guerrilla de los defensores, que inventaron y utilizaron profusamente los cócteles molotov, pusieron en serios apuros a los invasores. Estos, con una cadena de mando diezmada por las purgas estalinistas, lograron una victoria pírrica, en la que cayeron más de 100.000 soldados (más del doble de las bajas de los defensores). La URSS arrebató territorio de Finlandia, pero esta mantuvo su soberanía.

Cuando en 1941 Hilter invadió la Unión Soviética los finlandeses se pusieron del lado alemán e iniciaron así la Guerra de Continuación, pero cuando en 1944 el retroceso nazi era un hecho, la URSS y Finlandia firmaron un armisticio por el que el país báltico cambiaba de bando. De nuevo Stalin había ganado la guerra, pero le costó más de medio millón de bajas.

Alemania: Gran victoria, coste enorme

La gran victoria de la URSS en la Segunda Guerra Mundial no puede ocultar los graves errores estratégicos y de preparación que en el verano de 1941 causaron que sus defensas se desmoronaran ante el empuje alemán. La mala interpretación de las intenciones de Hitler, una cadena de mando castigada por las purgas, un ejército mal equipado y una errónea estrategia defensiva se unieron a que el alto mando subestimó al adversario, según la profesora de la Universidad de Columbia Cynthia A. Roberts. El resultado fue un desastre que llevó a los nazis a las puertas de Moscú y un balance incalculable de vidas humanas que podrían no haberse perdido con la estrategia adecuada.

Los soviéticos recuperaron el terreno perdido, pero con una inversión humana y de material enormes. En la cotraofensiva que culminó con la toma de Berlín en 1945 se confirmó la constante en la estrategia militar ruso-soviética que tiene como consecuencia un gran número de bajas, muy superior al del resto de ejércitos. Solo en la conquista de la capital alemana, sufrieron 78.000 muertos y 274.000 heridos, según el historiador Antony Beevor. “Estas pérdidas (...) se debieron en parte a la intención de llegar a la capital del Reich antes que los aliados occidentales y en parte al hecho de haber enviado tantos ejércitos a asaltar la ciudad, lo que hizo que acabasen por bombardearse unos a otros”.

El general de brigada Carlos Javier Frías, señalaba recientemente en un artículo que, mientras la estrategia alemana consistía en buscar el punto débil en el frente enemigo, la soviética era la opuesta, es decir, “la doctrina, con un ejército absolutamente centralizado y sin iniciativa fue la abundancia de medios: donde los alemanes buscaban un punto débil, los soviéticos lo creaban”. Dicho de otra manera, en una constante que se puede haber repetido en los primeros meses de la guerra de Ucrania y que explicaría el elevado número de bajas, la estrategia se basaría en la concentración de poder ofensivo, en la fuerza bruta.

En palabras del general, las tropas rusas se caracterizaban porque las decisiones se tomaban de forma fuertemente centralizada, un método fruto en gran parte del mismo sistema comunista y que restaba iniciativa a los mandos en el frente. Diversos observadores han apuntado que este problema podría estarse repitiendo hoy, una herencia de tiempos del estalinismo.

Afganistán: el Vietnam de la URSS

El desarrollo de la invasión soviética de Afganistán, que se inició en diciembre de 1979, recuerda en ciertos aspectos la dinámica de la guerra de Ucrania. En aquella ocasión, una fuerza de 30.000 soldados entró en el país asiático con el fin de apoyar a las facciones procomunistas y afianzar al país como un satélite. Pero el apoyo de Estados Unidos a los muyahidines a través del envío masivo de armamento convirtió la operación en el Vietnam de la URSS.

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Una imagen de la retirada soviética de Afganistán, en 1989 

 AP

La URSS nunca llegó a controlar el país, igual que luego sucedería con la invasión estadounidense. Cuando las tropas soviéticas se retiraron, diez años después, la invasión no había logrado sus objetivos, había requerido el despliegue permanente de 100.000 soldados, y había causado un total de 15.000 bajas en las tropas invasoras, por no hablar del balance de muertes civiles y los millones de desplazados. La huella en la sociedad soviética fue muy profunda y su impacto en el desmoronamiento de la URSS, poco después, no fue desdeñable.



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