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Los inversores y la Argentina, una relación con viejas y nuevas dudas

Persisten muchas incógnitas respecto del rumbo que tomará la economía. En términos políticos, el interrogante más clásico es el grado de autonomía del nuevo presidente en relación con su vicepresidenta, Cristina Fernández.

Días pasados tuve la oportunidad de reunirme en Nueva York con los principales fondos de inversión y algunos de los bancos más involucrados en la Argentina, lo que me permitió tener un panorama más acabado respecto de cuáles son sus principales dudas y preocupaciones, cumplido más de un mes de la llegada al gobierno del presidente Alberto Fernández.
Persisten en Wall Street muchas dudas respecto del rumbo que tomará la economía argentina (será muy importante la visita que a finales de mes hará el ministro de Economía, Martín Guzmán). En términos políticos, el interrogante más clásico es el grado de autonomía del nuevo presidente en relación con su vicepresidenta, Cristina Fernández. Además del potencial “doble comando”, y de las consecuencias prácticas que esto podría tener en materia de política económica, se mantiene cierta desconfianza típica que se vincula a los prejuicios respecto del peronismo, sobre todo por su ligazón a los sindicatos y los movimientos sociales.
Se valora el hecho de que un presidente peronista podría, como viene hasta ahora ocurriendo con Alberto Fernández, disciplinar con mayor suficiencia, o al menos disuadir, potenciales conflictos y reacciones frente a medidas impopulares. Pero hay pesimismo en términos de reformas estructurales, por eso las dudas en materia de mejoras sustantivas de competitividad.
En este sentido, el mayor interrogante es si en algún momento habrá un plan económico más consistente, integral, un plan de estabilización que genere estímulos para el crecimiento, más allá del valorado esfuerzo fiscal que está haciendo ahora la Argentina para tener capacidad de pago en el contexto de la reestructuración de la deuda.
En verdad, desde el Plan de Convertibilidad, a comienzos de los años ‘90, que la Argentina carece de esa clase de programa integral, consistente y respaldado por un liderazgo político sólido y un equipo económico profesional y articulado. Al margen de los costos sociales y los errores en la implementación, constituye la última experiencia de crecimiento sostenido y modernización que vivimos como sociedad.
Otra de las preguntas típicas que se hacen los inversores en Wall Street es cuál será la inclinación en materia de política exterior que tendrá la administración Fernández. ¿Tendrá espacio para sostener esta especie de “tercera posición”, esta ambigüedad respecto de Estados Unidos y la crisis humanitaria, política y de seguridad que implica el desastre de Venezuela? Asimismo, ¿hasta qué punto la Argentina podrá mantenerse relativamente ajena a la ola de conflictos sociales que han venido convulsionando a distintos países de la región? ¿En el país del “que se vayan todos”, de los “piquetes de la abundancia” y de los cacerolazos coordinados por las redes sociales, habrá reacciones frente a los aumentos impositivos y/o de tarifas, como pasó en Chile, en Ecuador y en Colombia? ¿Qué impacto tendría en una coalición llena de contradicciones y a todas luces aún gelatinosa como el Frente de Todos?
Sin embargo, a estas preguntas tradicionales, alguna de las cuales venimos escuchando por lo menos desde un poco antes de las PASO, se suman otras nuevas: ¿cree el gobierno que alcanza con las medidas anunciadas como para generar credibilidad y mostrar que efectivamente hay capacidad de pago de la deuda? ¿Cómo va a hacer la Argentina para crecer, para salir de esta larga estanflación que ya lleva casi una década? ¿Cuál es el plan de mediano y largo plazo, si es qué hay alguno, más allá de los estímulos al consumo focalizados en los segmentos más vulnerables? Se entiende la lógica macro y micro de dar dinero a los que menos tienen, de incentivar o estimular mínimamente la recuperación de algunos sectores, pero nadie considera que eso puede alimentar una recuperación genuina de la economía para de ese modo mejorar las cuentas fiscales y, por ende, la sustentabilidad de la deuda una vez reestructurada.
Además, a un número importante de bonistas les cuesta confiar en la Argentina no solo por su mala reputación como pagador (nuestras crisis de deuda son sistemáticas) sino básicamente porque no hay un presupuesto aprobado ni un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que, al margen de ser el principal acreedor de la Argentina, también es el gran auditor de los países. Por eso, un eventual acuerdo con el Fondo sería tan importante. Recordemos que hasta ahora no se han registrado avances relevantes en ese sentido.
A esto, se suma el peculiar episodio de la provincia de Buenos Aires, donde su flamante gobernador, Axel Kicillof, reconoció que no puede afrontar los U$S 275 millones que vencen el 26 de enero y propuso postergar el pago al 1 de mayo. Se trata de un monto bastante acotado para una provincia tan importante como Buenos Aires. Dado que el ministro de Economía, Martín Guzmán, descartó la posibilidad de que Nación auxilie financieramente a la provincia de Buenos Aires, los bonos provinciales se derrumbaron. ¿Fue una cuestión estratégica o simplemente falta de coordinación entre Nación y Provincia? Es posible que el reperfilamiento bonaerense se esté usando como ensayo de laboratorio para la renegociación de la deuda soberana argentina, es decir, cómo amenaza para influir en el comportamiento de los tenedores de títulos públicos. Sin embargo, también cabe la chance de que se estén cometiendo errores no forzados por la falta de experiencia en relación a los mercados.
Si se trata de una acción disuasiva, ¿son acaso plenamente conscientes estos actores de los riesgos que esto implica? Una caída más profunda en la cotización de los bonos incrementaría la chance de que algunos fondos más agresivos (los famosos buitres) se involucren en la pelea y compliquen seriamente las chances de una salida amigable y rápida de esta coyuntura crítica. El presidente Fernández insiste en hacer todo rápido y tenerlo resuelto antes del 31 de marzo. Si las expectativas de los bonistas empeoran, esto se tornaría virtualmente imposible.
Finalmente, otra de las preguntas más frecuentes apunta al estilo de liderazgo del presidente. ¿Se trata de un líder que delega responsabilidades en su equipo de gobierno o tiende a involucrarse en las decisiones micro? Con un gabinete tan extenso, hay riesgo de que la agenda sea demasiado amplia, sin prioridades que ayuden a focalizar los esfuerzos de la gestión.
En síntesis, conviven viejas y nuevas preguntas, muchas naturalmente están relacionadas con la cuestión de la deuda, la consistencia de la política económica, pero otras tienen que ver más con matices ideológicos e interrogantes respecto del liderazgo de Alberto Fernández.
Sergio Berensztein