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Rebote corto, brecha cambiaria alta

 El Índice de Condiciones Financieras (ICF) locales lleva 43 meses consecutivos operando en zona de estrés financiero. La última vez que el ICF local estuvo en terreno positivo fue en agosto de 2018. De todas maneras, la situación está en órdenes de magnitud mejor que cuando comenzó la pandemia. En abril de 2020 el ICF es- taba en -259 puntos, cuando paradójicamente los componentes internacionales estaban casi tan negativos como los locales. Des- de el mínimo registrado en abril de 2020, el ICF externo mejoró 126 puntos y el local solo 40.

Esto es entendible desde que existe una brecha cambiaria elevada, un riesgo país que no era lo que se suponía cuando se restructuró la deuda pública y las expectativas de devaluación nunca se lograron apagar del todo ya que el cepo cambiario señaliza que existe otro dólar.

FED e inflación

A nivel internacional, cinco de los diez componentes se encuentran en zona de confort (positivos) y los otros cinco muy moderadamente estresados. El componente con mejor rating es el de inflación esperada. Esto es controversial y puede ser contraintuitivo, pero tiene una explicación. La Reserva Federal de Chicago dice que “la inflación por encima del promedio ha estado históricamente asociada con condiciones financieras más laxas”.

Sin embargo, la sensación es que la Fed tendrá que ser más agresiva de lo que planeaba, ya que cuando se profundice el tightening, la inflación esperada debería reducirse y ahí este componente jugará en contra. Es decir, correlacionará con condiciones financieras más negativas. En el pasado, los contextos en donde el petróleo subió mucho se asocian con subas de tasas abruptas y con períodos de recesión.

La situación actual no correlaciona perfectamente con las crisis del petróleo de la década del ’70 en el sentido de que las materias primas subieron menos y el mundo es mucho menos dependiente, pero ciertamente hay un riesgo de “estanflación”. El componente en peor situación es el de acciones emergentes, que se encuentra en -5,8 puntos, seguido por las acciones americanas, ambas medidas por su volatilidad.

En el índice local hay solo una componente en situación no estresada

Esa variable es la liquidez de largo plazo, que la medimos con la diferencia entre los depósitos y los préstamos. Como venimos sosteniendo, esto no es necesariamente una buena noticia. La falta de demanda de crédito y el aumento del financiamiento al Gobierno bajo la forma de bonos hace mejorar el índice pero no deja mucho para festejar ya que el crédito al sector privado como porcentaje del PBI no llega al 10%.

En los mejores momentos, este valor fue superior al 20%. Los componentes más estresados son los sospechosos de siempre: brecha cambiaria, riesgo país, inflación, depreciación esperada y tasa de interés, que viene subiendo desde principios de año, aunque sigue siendo negativa en términos reales si la comparamos contra las expectativas de inflación.

La economía argentina siempre creció en forma sostenida cuando las condiciones financieras se mantuvieron en zona de confort durante un lapso prolongado. El 2020 no fue la excepción: con viento de frente internacional en buena parte del año y con condiciones negativas locales por todo el año, el PBI cayó 9,9%. El rebote del piso alcanzó el 10,3% en 2021, dejando un arrastre superior al 4% para 2022, según los datos del EMAE que produce el Indec.

El mundo se empieza a mostrar un lugar mucho más hostil y, si bien hoy Argentina no está muy conecta- da financieramente hablando, es menester llegar a tener acceso al mercado de deuda para el sector público en 2025 si es que se quiere evitar una nueva reestructuración de deuda. Más allá de los problemas autóctonos, el costo de esa deuda será mucho más alto que el que consiguieron en los últimos dos años la mayoría de los países emergentes.

Fuente: BAE