https://mail.google.com/mail/u/0/?ui=2&ik=3ab76eea9c&view=att&th=1648a6d4d6c2fa40&attid=0.1&disp=safe&zw

El dilema estratégico de Beijing

 La brutal decisión del gobierno de la Federación Rusa de invadir el territorio soberano ucraniano pareció acelerar el tiempo histórico que nos toca vivir. Al tiempo que desencadenó una alteración en las relaciones en el espectáculo del mundo, podio en el que Rusia ha quedado relegada a la privilegiada, pero tercera posición detrás de los Estados Unidos y la República Popular China. 

Con su inaceptable y anacrónica conducta internacional, y probando una vez más su dificultad histórica para mostrar un sentido de los límites, Rusia provocó un nuevo descenso en sus relaciones con los Estados Unidos, un vínculo dañado desde hace años como consecuencia de las diferentes interpretaciones sobre la controvertida ampliación de la OTAN. Un malentendido que ha llevado a un extremo de enemistad entre las dos principales potencias nucleares, con los riesgos consiguientes para la paz y la seguridad internacional.

 

En tanto, una ola de condena contra el Kremlin fue seguida por una cadena de sanciones económicas. Las que inevitablemente aumentarán la dependencia rusa de China. Acaso una postal destinada a confirmar la tendencia de fondo de la época. La que parece determinada por un giro en el eje de gravitación del Atlántico al Pacífico y un ascenso de Asia como principal teatro global.

Pero, ¿qué harán los jerarcas del Politburó del PCCH frente a esta nueva realidad?

Numerosos analistas sostienen que la situación en Ucrania puso a China frente al dilema estratégico de tener que aferrarse a mantener principios fundamentales de su política exterior como los de no-interferencia y respeto por la integridad territorial de los estados, o a mantener su lealtad a su aliado ruso. Una postura que pareció ser adoptada cuando el canciller Wang Yi enfatizó las “especiales complejidades históricas de la cuestión ucraniana” y reconoció que las sucesivas olas de expansión de la OTAN hacia el Este habían provocado “una alteración objetiva de las legítimas demandas de seguridad del Kremlin”.

Pero a diferencia de Rusia, China no tiene un interés decidido a unirse a su revanchista política de búsqueda de deshacer el orden mundial surgido del fin de la Segunda Guerra Mundial. Circunstancia que conduciría a Beijing a pretender no alienar sus relaciones con las potencias occidentales mediante un respaldo sin condiciones al comportamiento internacional del régimen de Vladimir Putin. Una profundización de la Entente con Rusia podría tener costos demasiado elevados.

El liderazgo chino ha optado por una postura conservadora combinando la condena a la violación de la soberanía estatal de Ucrania pero evitando criticar al presidente ruso. Y reiterando en sus comunicaciones frente a los norteamericanos que las relaciones deben ser conducidas conforme a los principios de respeto mutuo, coexistencia pacífica y cooperación entre las partes.

Una actitud prudente ante los acontecimientos parece sustentarse en la íntima convicción china de creer que el futuro les pertenece. Una interpretación que permite suponer que los jerarcas chinos podrían estar recurriendo a un activo invalorable que distingue a los líderes asiáticos respecto a sus contrapartes occidentales: la sensación de disponer de un tiempo infinito.

Una actitud de espera estratégica que podría terminar de consolidar a China frente a los rusos y norteamericanos, a los que considera víctimas de un tiempo agotado. Reduciendo sus metas actuales a no cometer errores estratégicos que puedan comprometer el proceso de modernización iniciado hace ya cuarenta años a partir de las reformas de apertura lanzadas por Deng Xiaoping tras el fin de la era Mao.

En contraposición a Rusia, cuyo liderazgo entiende -con o sin razón- que el orden global surgido del fin de la Guerra Fría es intrínsecamente ilegítimo, China ha sido el principal beneficiario de ese tiempo. De pronto, la guerra en Ucrania podría ajustarse a sus intereses de largo plazo, extremo que podría profundizarse si la confrontación se prolonga en el tiempo. Supuesto que llevaría a Washington a involucrarse una vez más en una operación en el extranjero, después de lo que los chinos consideran fueron “aventuras imprudentes” en Afganistán e Irak.

Un observador indicó que “en el centro de la estrategia china se encuentra la convicción de que Estados Unidos está debilitado por haber sido arrastrado por la invasión rusa a Ucrania a tener que mantener su atención hacia Europa, lo que hace probable que intenten, pero no consigan poner más atención en China y en la región más amplia de Asia-Pacífico”. Y resumió: “En el largo plazo, Rusia va a ser un paria de la comunidad internacional que no tendrá a nadie a quien recurrir sino a China”.

Probablemente el corolario de la “asociación sin límites” suscripta por Xi y Putin en ocasión de la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno. Un entendimiento entre dos potencias que durante siglos fueron enemigas y que en el futuro podrían encontrar a una Rusia reducida a ser un mero “satélite petroquímico de Beijing”. Deteriorando dramáticamente los grandes avances económicos que la población rusa consiguió desde el fin del experimento comunista.

En esa interpretación, el liderazgo chino podría haber arribado a la conclusión de que por fin su largo periodo de declinación ha quedado en el pasado. Al tiempo que, de acuerdo a su narrativa, los años del dominio unipolar norteamericano que siguió al colapso de la Unión Soviética en 1991 fueron una “anomalía histórica”.

Conjeturas aparte, es altamente probable que la invasión a gran escala de Ucrania puede haber marcado la definitiva clausura del periodo de la post-Guerra Fría y las ilusiones del fin de la Historia y de un mundo idílico en el que las potencias marcharían inexorablemente en la senda de la democracia y la economía de mercado. Al tiempo que podría restaurar una peligrosa era de conflictos entre las grandes potencias.

Un punto en el que la actitud china será sin dudas fundamental para vislumbrar el tipo de orden global que surgirá de la presente crisis. Al tiempo que el devenir de los acontecimientos nos permitirá imaginar en qué medida son mejor atendidos nuestros valores occidentales de promoción de la libertad, los derechos individuales y los gobiernos limitados.

En pleno momento unipolar, Henry Kissinger se preguntó en “Diplomacy” (1994) si los Estados Unidos podrían tratar de aislar simultáneamente a Rusia y a China, y resucitar, en nombre de sus preferencias nacionales, la alianza chino-soviética.

Acaso reviviendo su elogio a la política de la moderación. Condensada magistralmente en su tesis sobre el Congreso de Viena, escrita cuarenta años antes, durante la etapa académica de su larga y productiva carrera. Cuando enseñó que la lógica de la guerra es el poder. Mientras que la lógica de la paz es la proporción. Y que mientras el triunfo en la guerra es la victoria, el triunfo en la paz es la estabilidad.

# Abogado. Experto en Relaciones Internacionales.  Ex Embajador argentino ante Costa Rica, Chipre y el Estado de Israel