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El riesgo de agravar los "malos" equilibrios

 La economía no es un juego y hay peligro de ingresar en una espiral negativa. El principal problema argentino ya no es la inflación, sino el desempleo.

Los chicos tienen mil formas para decidir quién participa de un juego. Los más grandes deshojan una margarita. Todos tenemos frases para elegir entre dos o más opciones y respetamos aquello de que “lo que toca, toca”. El tema es que eso es un juego ante opciones similares, pero en la economía rara vez hay opciones similares y un gobierno no debería, entonces, jugar.

Como los recursos en economía siempre son escasos, hay que elegir en forma permanente. Es muy parecido a la vida diaria: esto es mejor, pero más caro; esto es más lento, pero dará mejor resultado. Y así.

En economía las decisiones del gobierno afectan a toda la sociedad y sólo se está en equilibrio cuando las decisiones para mejorar a alguno perjudicarían a otro.

El tema es que no todos los equilibrios son buenos; por el contrario, gran parte de ellos son malos. Es muy difícil salir de una mala situación, porque quienes se verán favorecidos no tienen un beneficio instantáneo, pero los perjudicados sí pueden ver las consecuencias y, por lo tanto, tratan de impedir los cambios.

Argentina está o estaba en un equilibrio malo en el que no se puede crecer por no poder o querer modificar diferentes situaciones (recaudación fiscal, gasto público, etcétera).

Lamentablemente, creo que ya tenemos un gran riesgo de ni siquiera estar en un equilibrio malo, sino en una espiral negativa. Me refiero a la dinámica, en oposición al equilibrio o a la situación en la que no hay suficiente fuerza o incentivos para modificar el estado alcanzado.

Esa espiral negativa se puede dar cuando ya no hay posibilidad o incentivos para producir, para contratar personal o porque no se puede exportar. Las empresas carecen de financiación y aquellas que no tengan capital de trabajo, no podrán producir. Y las que se quedaron sin rentabilidad, pues no querrán producir.

Ya sea que no puedan o no quieran, la situación lleva a cada vez más desempleo. El principal problema argentino ya no es la inflación, sino el desempleo (tema para otra conversación).

Bajo presión

La carga impositiva y regulatoria debe ser modificada. Es inadmisible que haya diferencias entre sectores o, peor, entre jugadores dentro de un mismo sector.

Los juegos que juega el Gobierno son varios, y efectivamente, al que le toca, le toca. Por ejemplo, el programa de Precios Cuidados afecta sustancialmente más a ciertos productos o empresas.

Una compañía láctea dedicada al consumo masivo está mucho más afectada que una empresa que hace muebles. Una misma firma tiene Precios Cuidados en algunos de sus artículos, pero no en todos.

Los productos de economías regionales tienen retenciones diferentes que cereales. El maní, tan importante en Córdoba, tiene un tratamiento disímil a otros “regionales”. El maíz pisingallo, distinto que otros maíces. La lista sigue. Las diferencias a favor siempre tienen alguna lógica, lo que es inadmisible son las diferencias “en contra”.

Estas situaciones no son aleatorias, ya que son decisiones fundamentadas del Gobierno, pero las empresas sí se ven afectadas en forma aleatoria, dependiendo de qué producen.

También los impuestos son diferentes: el IVA, por caso, va desde cero a 27 por ciento y puede ser distinto para comprar que para vender.

Hay actividades que tienen o no Ingresos Brutos, provincias que retienen y que gravan con distintas tasas. Sufrimos una parafernalia de controles que tiene múltiples defectos: por un lado, afecta la producción, ya que la empresa o un trabajador está más atento a qué impuestos le tocan que a producir mejor y, por otro lado, tiene más incentivos a eludir o directamente a evadir, un fenómeno que es cada vez más grande.

Lo llamativo es que todo cambio se analiza desde el costo fiscal y nunca desde el costo o beneficio de quien paga.

Si se reducen regulaciones o impuestos, se alega que los pobres dejarían de cobrar sus magros subsidios cuando, al mismo tiempo, hay salarios estrambóticos en el sector público.

Se eliminan los incentivos a trabajar o a contratar y luego todos se lamentan porque no hay trabajo. ¡Demencial! Pensemos que un “plan” le cuesta en promedio 10 mil pesos al Estado (o sea, a los contribuyentes), pero si esa misma persona beneficiada consiguiera un trabajo con el salario mínimo, pasaría a pagar casi los mismos 10 mil pesos por impuestos al trabajo. Sería más lógico, entonces, eliminar esos impuestos para los nuevos empleados y, como mínimo, habrá un ahorro para el Estado y sobre todo, habrá producción y dignidad.

Incentivos

Días atrás se aprobó un nuevo régimen para la industria automotriz. Si es bueno, debería aplicarse a todos los sectores. Consiste en una menor carga impositiva a las exportaciones adicionales.

¿Se imagina, estimado lector, lo que podría ocurrir con la producción agropecuaria si hubiera menos retenciones? Podría producirse muchísimo más. El Estado cobraría los elevados impuestos actuales, pero lo nuevo sería más rentable y habría incentivos a producir más. Ojo que hay todo tipo de producción sujeta a retenciones, desde Jujuy a Tierra del Fuego, y no es solamente la soja o el trigo.

Debemos dejar la política de asignar precios o impuestos o regulaciones a algunos sí y a otros no. Debe ser consistente: todos los que exportan, todos los que contratan, etcétera.

La discrecionalidad para aplicar regulaciones, restricciones, impuestos, permisos tiene mil defectos. El más evidente: la corrupción o, como mínimo, el amiguismo. ¿Por qué dar este permiso y aquel no? ¿Por qué esta licencia ahora y no después? Estas regulaciones y distorsiones no deben ser admisibles, tanto por sus efectos económicos como legales y –lo peor de todo– éticos.

La economía no puede ser para las empresas un ta-te-ti-suerte-para-mí. Justamente, la economía está para asignar recursos escasos y la política, para tomar definiciones.

No puede haber cada vez mayor gasto público con cada vez más impuestos y miles de regulaciones que no se quieren modificar. ¡Todo lo contrario! Debemos decidir qué será mejor en el futuro y desregular con una cancha de juego pareja para todos. Si los efectos no son inmediatos, al menos que lo sean para la próxima generación.

Diana Mondino 
Economista de Ucema 
Ilustración de Eric Zampieri