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Atrasar el dólar, otra vieja pasión kirchnerista vuelve a estar de moda

 En el gobierno se impone la idea de mantener atado tipo de cambio para combatir la inflación. Una historia repetida. ¿Quién la impulsa?

El congelamiento de tarifas de luz, gas y transporte por períodos prolongados es un clásico de la economía del kirchnerismo y muy especialmente en los años electorales.

Esa idea rectora para los años impares, y que tradicionalmente desalienta las inversiones en el sector, responde a mejorar los bolsillos de los sectores con menor poder adquisitivo que se encuentran así con un mayor poder de compra relativo.

Pero el salto de la inflación en los últimos tres meses (4%,4% y 3,6%) encendió la luz roja en el tablero de control de la economía y le hizo dejar atrás uno de los principales argumentos en materia cambiaria que había desarrollado el ministro Martín Guzmán hasta comienzos de año.

Guzmán se había comprometido a mantener indexado el tipo de cambio para evitar un atraso cambiario que pudiese llegar a desembocar en un salto devaluatorio.

Esa "música" sonó bien para endulzar los oídos de los productores agropecuarios que por aquellos días, incluso, no se imaginaban el salto del precio de la soja que vendría a partir del arranque de septiembre. En ese entonces la tonelada de soja costaba US$355 y ahora anda por US$520. Por esa suba de 46%, entre otras cosas, es que economistas como Carlos Melconian dicen que el Gobierno se ganó un Loto (más dólares y recaudación) y hay varios funcionarios que lo reconocen.

La soja en US$520, más liquidaciones de exportaciones y más dólares que ingresaron para el pago del impuesto a los ricos, sentaron las bases para la nueva política cambiaria en curso.

Guzmán ya no indexa el dólar, sino que lo fija arbitrariamente (subirá 25% en el año y estará en $102,40 el 31 de diciembre, dijo) y, a poco de andar, dejó en claro que crecerá por debajo de la inflación.

El dólar mayorista creció a razón de 2,5% en febrero mientras que la inflación fue de 3,6%. La política de retrasar al dólar en los años impares que definió Miguel Bein a comienzos de los 2000 ya está de vuelta y a partir del convencimiento de dos altos funcionarios clave: la vicepresidenta Cristina Kirchner y el gobernador bonaerense, Axel Kicillof.

Desde hace tiempo que el ex ministro tiene la convicción de que el determinante esencial de la inflación en la Argentina no es ni el déficit fiscal ni la emisión de pesos a mano alzada sino lo que pase con el dólar.

Y Cristina Kirchner lo expuso en su carta del 27 de octubre de 2020 al decir que el bimonetarismo argentino (transar en pesos, pero ahorrar en dólares) es el problema "más grave" que tiene el país.

Fue a partir de ese diagnóstico que Guzmán creó el "dólar-Guzmán" de $102,40 y apretó las muelas para seguir con su meta de 29% de inflación después que, según los primeros dos meses, el costo de vida apunta a subir en torno a 45% este año.

Sólo para llegar a 45% de inflación anual este año, el aumento del índice debería ser de 29% a razón de 2,9% mensual desde abril.

Frente a ese panorama, la estrategia oficial de atrasar al dólar está decidida salvo por un limitante que no es menor: la escasez de dólares.

El Gobierno tiene el crédito externo cortado, los precios de los bonos caen a niveles cercanos a los de default y el riesgo país está en 1620 puntos, por lo que la estrategia de establecer una "semiancla cambiaria" dependerá mucho de los dólares de la soja y de las restricciones a las importaciones que, según la denuncia de los empresarios, vienen a paso redoblado.

Obturar las importaciones con autorizaciones previas o con acuerdos directos con el Banco Central o con la Secretaría de Comercio se presenta en el panorama del año con mucha más intensidad.

Si Guzmán se sienta sobre el dólar oficial mayorista, el dato a seguir será la brecha cambiaria, o sea la distancia entre el oficial y el "contado con liquidación" o el blue. ¿Por qué? Porque si es muy amplia, las maniobras de comercio exterior (sub y sobrefacturación) irán en ascenso y el mercado puede intuir que la devaluación después de las elecciones de octubre sería grande.

La "brecha" cambiaria está en 65% y la historia habla de que con 30% o menos los exportadores liquidan casi sin reticencia.

El momento es particular: el Gobierno anuncia que puede volver el retraso cambiario de la mano de que se sacó un Loto y de que no tiene pensado llegar a un acuerdo con el FMI para aspirar a conseguir financiamiento. Evidentemente el dólar quieto es un gran sedante para la tensión económica al punto que también banca los desequilibrios de la política.

Daniel Fernández Canedo