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¿Ya murió la Argentina?, - por Enrique Guillermo Avogadr

 “Quien lucha puede perder; quien no lucha, ya perdió”. Bertolt Brecht

La guerra (negada) que se libró en nuestro país en las décadas de los 60’s y 70’s costó demasiado dolor, sangre y muerte. El 25 de mayo de 1973, cuando Héctor Cámpora asumió la Presidencia y liberó a los terroristas condenados por la Justicia por sus delitos presuntamente políticos, los guerrilleros tomaron oficinas públicas, empresas y medios de comunicación. La “historia oficial” se niega a reconocer que ERP y Montoneros, que justificaban sus acciones en la resistencia a la opresión de los gobiernos militares, continuaron con sus acciones terroristas después del triunfo de Juan Perón con el 62% de los votos; por el contrario, el Frente de Todos sigue calificando a esos asesinos como “jóvenes idealistas”.

Como dijo Enrique Cadícamo, la historia vuelve a repetirse. En Villa Mascardi se vivió esta semana algo similar cuando una banda de terroristas pseudo-mapuches, que desconocen la soberanía nacional y pretenden arrebatar su territorio con la complicidad y protección del Gobierno, atacó a tiros un puesto de Gendarmería y al retirarse sus ocupantes, que tienen prohibido responder a las agresiones, lo quemaron; al día siguiente, usurpó más propiedades privadas y viviendas que previamente había destruido. Y digo que se trata de algo comparable porque el jefe de Montoneros, Mario Firmenich, amenazó con una guerra civil y en el sur están operando Roberto Perdía y Fernando Vaca Narvaja, sus segundos, que reivindicaron recientemente el accionar guerrillero durante los 70’s y trabajan de consuno con las FARC colombianas, la RAM chilena, el Sendero Luminoso peruano y “asesores” castro-chavistas.

Mientras tanto, la conducción trotskista del Sindicato del Neumático tomó el Ministerio del Trabajo, bloqueó el ingreso de trabajadores a las plantas y, al producir un faltante monumental de ese fundamental insumo generó, en cascada, la paralización de las fábricas de automóviles y maquinaria agrícola; las patotas de Camioneros, que ya habían cometido idénticos delitos en empresas de todo tipo, invadieron una transportadora en Avellaneda y golpearon a su propietario y al personal; los piqueteros, una vez más, acamparon en la Avda. 9 de Julio y cortaron rutas en todo el país; los estudiantes secundarios capitalinos, organizados en “El Acostazo”, que se referencia en Axel Kiciloff, ocuparon los colegios e impidieron asistir a clases a los demás; los “trabajadores de la educación”, también kirchneristas, concretaron huelgas salvajes en la Capital Federal; los asesinatos en Rosario, producidos por la batalla entre narcotraficantes, enlutan a la población y baten diariamente records insoportables; las barrabravas, aliadas del poder, continúan ensangrentando al fútbol y convierten los eventos deportivos en verdaderas batallas campales.

El kirchnerismo finge olvidar que Perón, por cadena nacional, el 20 de enero de 1974, dijo: “Ya no se trata sólo de un grupo de delincuentes, sino de una organización que, actuando con objetivos y dirección foráneos, ataca al Estado y a sus instituciones como medio de quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos … Aniquilar cuanto antes el terrorismo criminal es una tarea que compete a todos …, lo que nos obliga perentoriamente a movilizarnos en su defensa y empeñarnos decididamente en la lucha a que dé lugar”, Y no era para menos, ya que el día anterior el ERP había atacado el Regimiento de Caballería Blindada 10, de Azul, matado a su jefe, el Cnel. Camilo Gay, y a su mujer, y secuestrado al subjefe, el Tte.Cnel. Jorge Ibarzábal, a quien torturó y, diez meses después, asesinó.

En la economía, por supuesto, tampoco la llegada de Sergio “el Aceitoso” Massa al Ministerio de Economía trajo buenas noticias: la inflación sigue su rápido curso ascendente, la deuda pública y sus intereses alcanzan ya niveles ridículos, siguen faltando los dólares indispensables para pagar las importaciones más esenciales para la producción, la recesión parece cercana, y muchos salarios registrados no permiten superar la línea de pobreza, que ya afecta a más de diecisiete millones de compatriotas.

La corrupción permea en los tres poderes del Gobierno y en las policías, compinches todos de los grandes cárteles de la droga, y la geografía nacional muestra la completa y cómplice abdicación del Estado en el monopolio de la violencia y en el cumplimiento de sus roles indelegables, lo cual hace que la anomia y el “sálvese quien pueda” avancen en un país que ha perdido su entramado social y expulsa a sus mejores y más preparados ciudadanos, mientras promueve la inmigración de los menos instruidos y más pobres de los países vecinos, que se amontonan en tierras usurpadas, transformadas en villas de emergencia de todos los conurbanos argentinos.

Las fuerzas armadas, carentes de medios materiales y pauperizadas hasta la inanición por ideologizados y sucesivos gobiernos populistas, acompañados por el inmoral silencio de una sociedad cobarde e hipócrita, se ven impedidas de cumplir con las más mínimas tareas de vigilancia y defensa nacional. La injusta persecución y la denegación de los más elementales derechos humanos que, con la esencial colaboración de asesinos togados, sufren quienes combatieron contra esta misma guerrilla en su edición anterior, hará que sus actuales miembros lo piensen muy bien antes de obedecer órdenes de represión que surjan de un decreto presidencial (como el que firmó Italo Luder en 1975) o, inclusive, de leyes del vergonzoso Congreso, que no dudó en derogarlas cuando los vientos políticos cambiaron, como ocurrió a partir de 2003 con las de “punto final” y “obediencia debida” o con la “re-interpretación” del beneficio del “2x1” en contra de sus antiguos camaradas. Y lo mismo sucederá en las fuerzas de seguridad, a cuyos integrantes nadie respalda y son procesados cuando actúan en sus funciones específicas, como sucede en el sur.

Este escenario de disgregación nacional y fuerte indignación social, que se enmarca en la renovada y dura interna del oficialismo y los imparables ataques del Poder Ejecutivo al Judicial en pos de la impunidad de Cristina Fernández, justifica la pregunta que da título de esta nota. Porque tampoco será fácil para la oposición (si no pierde la ventaja que hoy registran todas las encuestas por su ombliguismo y sus innobles rencillas personales) si llega al poder, desarmar tantas trampas que acechan en el futuro, en especial porque las elecciones, cualquiera fuera su resultado, no cambiarán demasiado la composición del Senado. Y allí estarán esperando nuevamente el kichnerismo y sus aliados trotskistas para intentar impedir los cambios necesarios, tirar toneladas de piedras e incendiar el país a su paso.