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El sorteo de Milei, el viaje de Volnovich y la frivolidad insoportable

 Cada uno gasta la plata como quiere, pero hay algunas maneras poco inteligentes y bastante irritantes de hacerlo. 

Está claro que, al menos en una democracia republicana, uno hace lo que quiere con su plata. Cada quien decide cómo gasta la que gana. También está claro que hay maneras poco inteligentes de hacerlo. Puede verificarse en los casos del diputado Javier Milei y de la directora del PAMI, Luana Volnovich. 

El legislador libertario, se sabe, decidió sortear mensualmente su dieta en lugar de donarla, en un gesto tan populista que Hugo Chávez lo debe envidiar desde donde esté. Para esta primera ocasión montó un show, en la marplatense Playa Grande, que determinó que los $ 205.596,54 que la Honorable Cámara de Diputados le liquidó como sueldo por diciembre vayan a parar al bolsillo de Federico Nacarado, un trabajador de la construcción de 40 años que vive en Belgrano, padre de dos hijos.

Sin embargo, sin ánimo de arruinarle la fiesta a Nacarado, Milei podría haber hecho unas cuantas cosas mejores o más útiles con su dinero: el sorteo podría ganarlo alguien que no necesite el dinero para nada. Por ejemplo, podría repartirlo entre diez alumnos pobres de gran promedio en la secundaria y, durante su mandato de cuatro años, “becarlos” en la universidad. O elegir un hospital o una salita de auxilio por mes y gastar la plata en equipamiento. O ayudar a alguna ONG dedicada a luchar contra la desnutrición infantil o la violencia de género. Si algo sobra en este país son las necesidades.

Ninguna de estas iniciativas -y hay decenas más, similares- iría en contra de la proclamada filosofía anarcocapitalista del economista que se autopercibe Robin Hood, por más que él diga que “estaría haciendo caridad con el dinero ajeno”. Por estúpido que suene aclararlo, aun si Milei llegara a presidente, e incluso si pudiera llevar a la práctica su “minarquismo”, las escuelas, hospitales y organizaciones de ayuda a los más relegados seguirían existiendo.

Por supuesto, si Milei hubiera donado su dieta no habría logrado la repercusión que tuvo con la idea del sorteo. Hay que reconocerle que el marketing es lo suyo. Además, se quedó con los teléfonos y mails de los 1.040.625 inscriptos (y de los que se inscribirán más adelante) para bombardearlos con propaganda a costo cero.

En cuanto a Volnovich, nadie cuestiona su derecho a irse de vacaciones junto a su pareja. Seguramente, la funcionaria trabaja muchas horas por día y debe sacrificar francos más que seguido. Está implícito en su cargo: más allá de que lo haga bien o mal, llevar las riendas de una obra social con casi cinco millones de afiliados es realmente complicado. Uno podría preguntarse si será capaz de echar a su novio y segundo del PAMI, Martín Rodríguez, en caso de mal desempeño, pero no dudar de que se merece una quincena en la playa.

El problema es que no eligió Santa Teresita o Cariló sino Holbox, una maravillosa isla caribeña cerca de Cancún que, hay que admitirlo, goza de un mar cálido y una arena blanca como no hay en la costa argentina. Encima, la militante de La Cámpora, al tiempo que desoía el consejo presidencial de vacacionar dentro del país, publicó un tuit en el que se alegraba de que un grupo de jubiladas hubieran ido a las Termas de Colón y a Mar del Plata.

El viaje de la funcionaria, inoportuno por donde se lo mire, terminó por irritar a propios y extraños. Ni siquiera tuvo la viveza del ministro de Desarrollo Territorial, Jorge Ferraresi, que también fue al Caribe, pero a Cuba, lo cual santifica ideológicamente la escapada a los ojos de la militancia oficialista.

Volnovich y Milei parecen no haber registrado que están en la función pública y que sus sueldos salen de fondos ídem, que hay puestos que exigen ser y parecer. Ejercieron una frivolidad insoportable en el país de los números desorbitados: 3,8% de inflación en diciembre (y 50,9% acumulada en 2021), 40% de pobreza, 1.138.711 contagiados de Covid registrados en las últimas dos semanas, más de 700.000 personas sin luz toda una tarde porque pasamos los 40 grados…

Literalmente, un horno que no está para bollos.

Pablo Vaca