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La necesidad de recuperar el empleo

 

Los números hablan del sendero equivocado recorrido por gobiernos de diverso signo político.

Más allá de las disputas internas en la cúpula del poder, la sociedad sigue intrigada sobre la posibilidad de ver la luz al final del túnel, tanto en materia de la situación económica (recuperación del nivel de actividad y control de la inflación), como del empleo y el impacto en la pobreza. La inseguridad quizás compite con los temas sociolaborales.

Explicaciones diversas de la critica situación. Hay varios argumentos que se leen y escuchan como que la inflación es multicausal (y, según esto, no deberíamos poner el acento en las cuentas públicas), que entre esas causas estaría el efecto del aumento de los precios internacionales y/o el nivel de concentración económica.

Todo este combo explicaría la gravedad de la situación que atravesamos -junto con la “maldita herencia macrista”- con lo que se excluye de responsabilidad alguna a las actuales autoridades.

Son argumentos que cuesta sostener apenas se observa que el resto de los países del mundo estarían inmunizados respecto del aumento de precios internacionales por lo que sólo nosotros lo padeceríamos, o que Argentina tendría un nivel de concentración económica capitalista superior al de todos los países latinoamericanos y de la mayor parte de las regiones del mundo, sin contar que los años dorados (gobierno de Néstor Kirchner) no tuvimos déficit fiscal ni externo, superávits que se “extraviaron” posteriormente.

Puede decirse que estos son argumentos propios de una polémica poco útil y eficiente. Sin embargo, al menos en lo referido al empleo vale un repaso de los números, en este caso circunscripto a los referidos a los asalariados registrados.

Recordemos, antes de la pandemia, teníamos veinte millones de puestos de trabajo de los cuales la mitad correspondían a esta categoría.

Los otros diez millones se repartían entre los trabajadores precarios (en negro) y los no asalariados. Este último conjunto es el que sufrió el peor impacto del millón y medio de puestos perdidos en el año. Los asalariados privados registrados, en cambio “casi” no fueron afectados Empleo asalariado privado “en blanco” en el siglo XXI. Entre 2004 y 2008 se registraron 2,4 millones de nuevos puestos (asalariados privados registrados), entre 2008 y 2013 sólo 1.3 y de entonces hasta 2016 (no hay datos de 2015) apenas 300 mil. Durante el macrismo algo menos de 100 000.

Es decir que antes de la llegada del COVID 19 la declinación en materia de puestos asalariados registrados en el sector privado era harto evidente lo que expresaba la falta de dinamismo de la economía y, en particular, la permanente declinación de la tasa de inversión. La mejora de la participación de la masa salarial en la renta general lucía, entonces, insostenible.

Con esto se describe un panorama que habla del sendero equivocado recorrido por administraciones de diverso signo político.

En 2020, finalmente, pese a la prohibición de los despidos, se perdieron más de 200 mil puestos de este tipo (asalariados registrados privados).

Además de observar la absoluta falta de dinamismo de esta categoría laboral, interesa ver el contenido sectorial de esa dinámica En el período “de oro”, dos tercios se originaron en media docena de ramas: el Comercio y las Actividades inmobiliarias dan cuenta de un cuarto del cambio total. Otro 20% se debe a Enseñanza y a Administración Pública. Finalmente, dos ramas productivas explicaban otro 20%: Industria (12%) y Construcción (8%).

Aproximadamente en el primer gobierno de Cristina Kirchner no sólo caía a la mitad la creación de puestos de trabajo, sino que sólo cinco sectores explicaban el 80% del total. Ya no figuran ni la industria ni la construcción. Casi el 30% la Enseñanza, 20 Administración Pública y el 30% restante lo agrega el Servicio Doméstico, los Servicios Sociales y el Comercio.

En la transición 2013-2016, el débil aumento agregado se originaba en un 80% en sólo cuatro ramas: Enseñanza (un tercio del total) y Servicios Sociales, Hoteles y Administración pública -en conjunto- sumaban el 50% restante.

Como se ve, del “modelo industrial” quedaban ya pocos rastros, ni en materia de empleo ni de participación sectorial en el producto.

La pandemia y después. Así visto, el fuerte impacto económico y ocupacional de la pandemia se produce en un contexto altamente desfavorable. Esto es, en Argentina la enfermedad encuentra el terreno abonado para mayores estragos.

No hay dudas que la epidemia ha recobrado virulencia. A las restricciones de abril (extendidas tres semanas más) se agregaron nueve días de mayor rigidez y dos semanas posteriores retornando a las condiciones de fines de abril Tampoco hay dudas acerca de las dificultades -también ineficiencias- en materia de obtención de vacunas y demoras en su aplicación.

El retorno de las restricciones obliga a cerrar la circulación y agudiza la grave situación económica y social. Va a ser difícil recuperar los 800 mil puestos perdidos por los trabajadores precarios (de los cuales 40% eran del servicio doméstico) o los 500 mil de no asalariados (un tercio del comercio) a lo largo de 2020.

Pero aun los que logren permanecer en el mercado de trabajo verán duramente impactados su desempeño en estas nuevas condiciones. El ritmo inflacionario no sólo no se detiene, sino que recobra fuerzas.

Pese a todo, muchos especialistas sostienen que aún estamos a tiempo de recuperar la cordura lo que requiere un insumo escaso: disposición para el acuerdo político entre sectores que piensan distinto. Los moderados y los que volverían mejores brillan por su ausencia. Pero sin ellos no habremos de recuperar la inversión y, por tanto, el empleo. Enorme desafío que va más allá del año electoral.

Javier Lindenboim