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ARGENTINA ANTE EL FALSO DILEMA

 Desde el inicio de la pandemia hace ya 8 meses, un tema que siempre estuvo en debate fue el dilema “economía vs salud”. Las medidas fuertemente restrictivas que implicaban las cuarentenas aplicadas en casi todos los países del mundo se presentaban como un remedio amargo: si bien la actividad económica colapsaría al prohibir la producción y el intercambio típico de la economía moderna, el aislamiento social era imprescindible y casi la única herramienta útil para proteger la salud y evitar la propagación del virus de manera descontrolada que acabaría con un número muy alto de fallecimientos.

Sin embargo, desde un principio, un análisis más global señalaba ciertas alertas a ese enfoque. Con el paso del tiempo, la observación de experiencias de distintos países, y el análisis de datos, se hacía cada vez más claro que “salud o economía” era un falso dilema. En primer lugar, porque se corroboró en muchos lugares del mundo, que los mejores resultados sanitarios no estuvieron asociados necesariamente a medidas extremas de aislamiento. La buena gestión de la pandemia iba mucho más allá de la drástica herramienta de encerrar a la población hasta que el virus desaparezca. Por el contrario, las estrategias de testeos masivos, monitoreo de los infectados y aislamientos focalizados de contagiados, sus contactos estrechos y segmentos vulnerables de la población generaban un menor impacto económico al mismo tiempo que reducían las tasas de contagio y letalidad. La inversión en infraestructura sanitaria y una logística inteligente en el manejo de la pandemia parecían ser mucho más eficaces en detener el avance del virus y minimizar la contracción económica. Este último aspecto también ha intentado ser puesto en la agenda pública: una buena economía también es salud, y más aún en países de desarrollo medio y bajo, donde una crisis económica implica automáticamente aumento de las tasas de pobreza, desigualdad, desnutrición y otros impacto socioeconómicos que dejan huellas en el largo plazo.

Un tercer punto que había que tener en cuenta, y que hacía dudar del falso dilema, era la inconsistencia temporal de la estrategia basada exclusivamente en largas cuarentenas. Era evidente que cuando mayor sea el nivel de aislamiento, menor era la duración que esa estrategia podía tener. En Europa, el período de aislamiento más largo no superó los 60 días. Por el contrario, en muchos países de Latinoamérica (entre ellos Argentina) se creyó que podría sostenerse el cumplimiento de las restricciones durante meses.

Los datos del gráfico precedentes son elocuentes: si el dilema “salud o economía” se corroborara en la realidad, la simple relación entre tasa de variación del PBI y tasa de mortalidad por millón de habitantes debería ser positiva. Es decir, cuanto mayor sea la intensidad de las medidas de aislamiento, mayor será la contracción económica pero también mayor será la cantidad de vidas salvadas y, por lo tanto, menor la tasa de mortalidad. Por el contrario, aquellos países que hubieran priorizado la protección de la actividad económica tendrían como consecuencia un resultado sanitario (medido por tasa de mortalidad) decepcionante.

Sin embargo, la correlación de ambas variables es muy clara: los países donde las cuarentenas han sido más extremas y las economías han tenido mayores contracciones, son las mismas que tienen las tasas de mortalidad por millón de habitantes más altas del mundo. El caso más paradigmático es Perú, el país latinoamericano que implementó la cuarentena más estricta, que sufrirá una contracción económica de casi 14% en el año y, sin embargo, se ubica en el primer lugar a escala mundial en cuanto a fallecimientos por millón de habitantes.

La Argentina no es una excepción a esta regla. En este momento se encuentra en la posición número 11 según tasa de mortalidad por millón de habitantes y, exceptuando a los países con población menor a 1 millón de habitantes, se ubica en el lugar número siete según las estimaciones de contracción económica del FMI. Esta semana, el país superó el millón de contagiados confirmados y superó a Suecia, Francia e Italia en tasa de mortalidad. Al mismo tiempo, la tendencia actual indica que continuará escalando posiciones en relación al costo en vidas, habiendo implementado una de las 10 cuarentenas más estrictas del mundo (medida el Stringency Index).

Con respecto a la evolución de la flexibilización de las medidas de aislamiento en Argentina, se observa un continuo aumento en los indicadores de movilidad de la población, pero a un ritmo menor que el que se observaba hace algunos meses. Esta tendencia de desaceleración de la movilidad tiene parte de su explicación en que mientras la Ciudad de Buenos Aires continúa con su gradual apertura, el avance de la pandemia en el interior del país está afectando la movilidad en las provincias.

Observando la dinámica de la salida de las cuarentenas en toda la región se ve muy claramente cómo la velocidad de la flexibilización determina la forma que toma el proceso de recuperación económica. El caso más claro es el de Brasil. El país carioca es el que más rápido está avanzando en la eliminación de las restricciones, el aumento de la movilidad de la población y la reactivación económica. Chile, por su parte, que inicialmente no tuvo un aislamiento tan fuerte pero que se mantuvo durante varios meses sin incrementar la movilidad generó una recesión menos profunda, pero a la que también le está costando más rebotar. En Colombia, el indicador de actividad de agosto fue negativo, correlacionado con un detenimiento abrupto de la flexibilización que se venía observando hasta ese momento, y que seguramente tuvo algún peso a la hora de decidir una fuerte aceleración de la flexibilización a partir de septiembre.

Teniendo esto presente, y habida cuenta de que la recuperación económica también se está desacelerando en Argentina (9% en mayo, 7,6% en junio, 1,7% en julio y 1,1% en agosto), es evidente que no hay recuperación posible si no se logra controlar el fenómeno sanitario y habilitar mayores aperturas económicas y de los hábitos sociales. El aislamiento extremo como único remedio contra el COVID-19 ya dejó como resultado un hundimiento económico y una tasa de mortalidad de las más altas del mundo.

Sin embargo, es preciso notar que Argentina enfrenta un fenómeno propiamente local que le pone mayor riesgo a la continuidad de la recuperación económica. El desequilibrio macroeconómico fiscal-monetario-cambiario se está agravando con el paso del tiempo y la ausencia de un plan consistente por parte del equipo económico para solucionarlo. De esta manera, semana tras semana, se incrementa la probabilidad de un desenlace traumático vía crisis cambiaria, aceleración de la inflación y más recesión económica. Estos resultados eran totalmente previsibles y formaban parte de las alertas desde los primeros días de abril. El instrumental económico de Argentina es más débil que el del resto del mundo. Sin una moneda sana, sin acceso al mercad de crédito internacional, sin mercado de crédito local y sin fondos anticíclicos, el respaldo para sostener una cuarentena tan dura y larga era demasiado frágil. Esto que hoy es enumerado por el gobierno como una justificación de la inestabilidad macroeconómica, debería también haber formado parte de los elementos a considerar a fines de marzo cuando se decidió dejar al país inmerso en una estrategia ineficiente desde lo sanitario y destructiva desde lo económico. Argentina sea quizás el mejor exponen del falso dilema.



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