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La sombra de Cristina El naufragio de Alberto Fernández

A medida que pasan los días y la apertura de las restricciones al tránsito y la liberación de actividades económicas se incrementa, el poder de Alberto Fernández parece diluirse cada vez más.

Lejos están aquellos momentos gloriosos de los inicios de la cuarentena en los que su imagen llegó a escalar hasta cerca del 90 por ciento de aprobación. Hoy volvió a los niveles que tenía en los inicios de su gobierno, y ya ha sido superado por Horacio Rodríguez Larreta.
La pandemia, en tanto, alcanza sus niveles de contagio más elevados, pero ya nadie parece tenerla muy en cuenta. Se ha disparado la competencia electoral para el año próximo y, guste o no, ha impuesto los tiempos y los tonos a la política argentina.
El domingo 23, Cristina y Alberto Fernández cenaron en la residencia de Olivos. Las diferencias salieron a la luz una vez más. La vicepresidenta juzga que el presidente dirige el gobierno de manera timorata, lenta e ineficaz. Y cree que la sociedad ya ha tomado nota de su falta de convicción, sus contradicciones constantes, su falta de energía para impulsar un plan de salida.
Sobre todo, le preocupa el estado de su propia situación judicial. Para ella resulta indispensable que la ley de Reforma Judicial salga antes de que concluya la pandemia. De no ser así, sabe que su propio futuro personal estaría comprometido ante un resultado negativo en las elecciones de medio término.
Cristina lo conoce demasiado al presidente y sabe de su debilidad y su escasa capacidad de liderazgo personal. Desde un principio le reprochó su excesiva complacencia con la oposición, que retiene muchos de los cargos para los que no hubo reemplazo. Cuando le marcan la cancha, el presidente cede. Es un radical de pura cepa, que gusta presentarse como peronista. Eso sí, sin olvidar jamás llamar su atención sobre su admiración por Raúl Alfonsín.
Por eso ella decidió ponerle presión desde un primer momento, reclamando varios ministerios para sus allegados. Luego avanzó sobre las principales cajas –AFIP, PAMI, etcétera-. Finalmente, diez días atrás, le arrebató del todo la secretaría de Energía. Sacrificó a un allegado –pero no alguien de paladar negro- como Sergio Lanziani, a cambio de quitarla de la órbita de Matías Kulfas y trasladarla a alguien que considera como propio: Martín Guzmán.
La vicepresidenta combinó estas movidas exitosas con gestos públicos de veto a las decisiones presidenciales. Criticó la compañía de los empresarios del G6 con la que Alberto decidió celebrar el 9 de julio. Aclaró que esta Reforma judicial no es la que hubiera querido. Y le encargó a su mano derecha, el senador Oscar Parrilli, incluir un artículo en la ley de Reforma Judicial que los medios opositores tomaron como una provocación. Luego fue quitado en el debate legislativo. Parrilli aseguró que había sido puesto para que la oposición mordiera “el anzuelo, la caña, la línea, todo”.
Cristina le reprocha a Alberto haber abordado una reforma judicial ineficiente, que incluso evidenció la nula voluntad de la ministra Marcela Losardo de llevarla adelante. Tanto ella como Gustavo Béliz permanecen en silencio, cada vez más alejados de las decisiones que se toman. Saben que son dos de los principales cuestionados por la ex presidenta y que su futuro es incierto. Tanto como el de Matías Kulfas, ministro de Producción, el otro gran cuestionado por el cristinismo. Santiago Cafiero viene zafando, ya que piensan que es como el quaker: no se sabe para qué sirve, pero al menos no hace daño. 
La subordinación de Alberto Fernández a la mayoría de las decisiones de Cristina lo ha dejado casi en ridículo ante la oposición, que redobla sus exigencias y sus acciones de desobediencia ante un poder licuado y sin capacidad de reacción. En el Frente de Todos saben que los votos aún los tiene Cristina, por lo que Alberto sería fácilmente reemplazable. En realidad, esta visión es compartida por todo el arco político. Y aunque varios gobernadores le hayan sugerido que asuma la presidencia partidaria y no menos miembros del Grupo Callao y de la CGT le hayan sugerido armar el “albertismo”, no consiguen otra respuesta más que el silencio.
Cuando el presidente se reunió, días atrás, con el “Coti” Nosiglia y Martín Lousteau, se le manifestó que ciertos sectores de la oposición estarían dispuestos a acompañar el proyecto de Reforma Judicial siempre y cuando se cumplieran dos condiciones: una porción significativa de los nuevos jueces debían pertenecer a las filas de la UCR y, previamente, Alberto debería garantizar la unidad del Frente de Todos en la votación en la Cámara de Diputados, para no hacer el ridículo. Pero Alberto Fernández no pudo garantizarlo. El Congreso de la Nación no le responde: Senadores es territorio de Cristina, y Diputados, de Sergio Massa y Máximo Kirchner.
En el poroteo de la votación por la reforma judicial en Diputados salió a la luz otro tema que enardece a la ex presidenta, y a cualquiera que tenga algún tipo de experiencia política. La decisión de Alberto Fernández de asignarle a Roberto Lavagna el INDEC, la embajada de Portugal y dos directores del Banco Central, sin exigirle el compromiso recíproco de apoyar las iniciativas legislativas del oficialismo. “Un principiante no podría hacer peor las cosas”, sugirió un habitante del círculo de la vicepresidenta. Pocos se atreverían a poner en duda esta afirmación.  
La sangre parece haber comenzado a chorrear de la armadura del presidente. El poder judicial tomó nota, del mismo modo que las corporaciones con capacidad de veto en nuestro país. El amplio arco del Frente de Todos, también. Y ni qué decir de la oposición más dura de Juntos por el Cambio, que está terminando un documento para el día después, en el que le exigen a Alberto Fernández el cogobierno de la Argentina para garantizar la paz y la estabilidad durante los próximos años.
El presidente, mientras tanto, parece ignorar lo que sucede a su alrededor. Sigue con sus exposiciones mediáticas cotidianas y trata de presentar un escenario político y social que no se condice con los datos más básicos de la realidad.
Cada vez se lo nota más aislado y dependiente. 

(www.REALPOLITIK.com.ar)