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No es odio: es amor a la libertad

En las últimas semanas el oficialismo se ha dedicado a calificar a sus críticos como “odiadores”, “odiadores seriales” y otras expresiones semejantes. Para el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y otros altos funcionarios, como el vocero presidencial, Juan Pablo Biondi, no se explica la oposición al gobierno nacional sino desde el odio.
Como contrapartida, el Presidente se erige en la encarnación del amor y nos enseña que vino a terminar con la grieta. La suprema bondad no le impide llamar “canallas” a los dirigentes de Juntos por el Cambio que solicitan una investigación seria e imparcial sobre el crimen de Fabián Gutiérrez, ni retuitear mensajes que incluyen trompadas a Diego Leuco por atreverse a preguntarle a Cafiero por el origen de la cuantiosa fortuna del ex secretario privado de los Kirchner. Los caminos del amor son, como los del Señor, inescrutables.
Dentro de esa línea amorosa, Biondi ha dicho que Mauricio Macri debe callarse. En respuesta a un tuit del ex Presidente del 9 de julio que, ante una foto de banderas argentinas, saludaba el Día de la Independencia exclamando “¡Libres!”, escribió: “Mauricio Macri, libres de vos y tu inutilidad que nos hubiera llevado a contar muertos de a miles dentro del país fundido que dejaste. Por respeto a los argentinos que votaron hace menos de un año (capaz que no te acordás). Silencio”.
Dejemos por un lado la vulgaridad y el modo impropio de expresarse de quien por su cargo debería comunicarse con los ciudadanos de una manera respetuosa. Más grave es el fondo. El argumento implícito de esa bravata es el siguiente: como Macri perdió las elecciones, debe llamarse a silencio. Alguien se preguntaba en Twitter, a propósito de este mensaje, cómo se debería adjetivar una democracia así concebida. Porque es claro que no se trata de la democracia republicana y pluralista de nuestra Constitución.
El exabrupto de Biondi podría no pasar de lo anecdótico si no fuera que representa muy bien la idea del poder que anida muy profundamente en el espíritu kirchnerista. También, como advertirán ya tarde algunos ingenuos, en quienes se presentaban como moderados y solo actúan como mascarones de proa del Instituto Patria. En esa idea el poder es total. No admite límites ni controles. El que gana, se lleva todo. El gobierno encarna al pueblo y a la patria. Por lo tanto, es lógico que cualquier crítica sea antipopular y antipatriótica. Si el Poder Ejecutivo representa por sí solo al bien, quienes lo objetan tienen que estar animados por el odio.
Todo eso, claro está, siempre que ellos gobiernen. Si las elecciones las ganan otros, el gobierno es desde el inicio ilegítimo. Un accidente, un desvío de la historia que pronto debe corregirse. “Macri, basura, vos sos la dictadura”, cantaban desde el 10 de diciembre de 2015 poseídos por el fuego del amor. Es esa bondad la que ahora lleva a D´Elía, el “Pata” Medina y otros apóstoles de la no violencia a exigir que Mauricio Macri sea colgado en la Plaza de Mayo.
La democracia verdadera se funda en otras premisas. “Nadie es la patria, pero todos lo somos”, escribió Borges con motivo del sesquicentenario de la Independencia. En esas pocas palabras, se resume el sentido republicano que una vez más nos quieren arrebatar. Las críticas de la oposición, por vehementes que sean, representan a un sector nada desdeñable de la sociedad. No están inspiradas por el odio, sino por ideas diversas a las de los que toman como modelos a Venezuela, a Formosa o a Santa Cruz. Son ideas que afirman el Estado de derecho, el único sistema que impide que el odio vulnere las libertades de los ciudadanos.
Construir un enemigo perverso y atribuirle todos los males imaginables y las intenciones más depravadas es un recurso muy antiguo de todos los autoritarismos. No les va a funcionar esta vez. La sociedad ya está demostrando que no lo va a permitir.
El autor es diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires (Juntos por el Cambio- PRO)


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