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Patricia Bullrich comenzó a construir su relato presidencial de cara al 2023

Patricia Bullrich está en campaña presidencial. La titular del Pro no ha cesado de aparecer en los medios con declaraciones altisonantes destinadas a fortalecer la centralidad de su imagen, presentándose como la referente de un ala dura que se referencia más en Jair Bolsonaro que en los valores y las normas de buena convivencia democrática.

Si bien Bullrich reivindica públicamente la autoridad de Mauricio Macri, sabe que la coalición Juntos por el Cambio afronta una crisis de liderazgo. Los referentes del espacio con responsabilidades de gestión –Horacio Rodríguez LarretaGerardo Morales y Rodolfo Suárez, sobre todo- han optado por una política de buena convivencia en el marco de la pandemia y de la gravísima situación heredada del gobierno de Cambiemos. No es el amor el que los mueve, pero necesitan el auxilio económico de Alberto Fernández para afrontar un presente poco alentador. También, como políticos experimentados, tienen en claro que sería absurdo declararle la guerra a un presidente que cuenta con más del 70 por ciento de imagen positiva desde el inicio de la cuarentena.
Para Bullrich el escenario es muy diferente. No tiene responsabilidades institucionales ni territorio. Nadie depende de ella para sobrevivir cada día. Sabe que sólo le queda el escándalo como estrategia para no invisibilizarse dentro de la escena política. Para la ex ministra de Seguridad, mantener viva la llama del odio y de la división entre los argentinos constituye su única alternativa de supervivencia. No es un terreno que le resulte ingrato: nunca se llevó demasiado bien con la ética republicana.
Para su proyecto personal resulta esencial que a Alberto Fernández le vayan mal las cosas. Que deba abandonar la escena o limitarse a un rol cortesano, para que Cristina Fernández pueda ocupar el rol excluyente de contrafigura. De este modo, tal vez, se exacerbaría la grieta, y la oposición debería abandonar su estrategia de consenso para lanzarse a la yugular de la ex presidenta. En este modo los "duros" del Pro desplazarían a los moderados, y Bullrich podría ver cumplido su sueño de liderar una oposición dispuesta a hacer estallar a la Argentina por los aires con tal de recuperar la presidencia en 2023.
Claro está que, en esta estrategia radicalizada, hay una figura que le resulta extremadamente incómoda. No es Miguel Pichetto, quien nunca terminó de hacer pié como referente del espacio de Cambiemos. Es nada menos que Mauricio Macri. La explicación es sencilla: en el caso de que el ex presidente siga vivo políticamente, resultaría natural que ocupara el centro de la escena en una eventual disputa mano a mano con Cristina, o con Máximo, si fuera el candidato presidencial del Frente de Todos.
A la ex ministra de Seguridad sólo le queda "matar al padre", en términos políticos. Debe tratar de invisibilizar la figura de Mauricio Macri, debilitarla, exponer sus debilidades y contradicciones, aunque no de manera burda. Más bien, con cierta ternura maternal.
Eso es, precisamente, lo que parece haber comenzado a hacer.  En un reportaje concedido al programa macrista "El Exprimidor", Bullrich afirmó que lo tienen escondido a Mauricio Macri para que no se convierta en el "puching ball" del oficialismo.
“Está decidido que Macri no esté expuesto en la primera línea de fuego, porque está claro que sería el punching ball”, aseguró. Y a continuación agregó: “Si a la oposición intentan dividirnos, como ya pasó en la historia argentina, nosotros tenemos que cuidarnos”.
Más que tirarle una soga, la ex ministra de Seguridad presentó la imagen de un ex presidente débil, incapaz de defenderse por sí solo y necesitado de una figura protectora para contrarrestar las numerosas y justificadas críticas de su gestión. Un Macri aniñado, en definitiva, que confirmaría muchas de las caracterizaciones de sus antagonistas, que jamás dudaron en presentarlo como un sujeto de pocas luces, egoísta y poco afecto al trabajo.
Por cierto que la destrucción de la imagen del actual presidente de la fundación FIFA, entre quienes aún lo ven como referencia de una oposición sin cuartel al gobierno del Frente de Todos, deberá realizarse en dosis homeopáticas para evitar producir el efecto inverso al deseado, colocando a la ex funcionaria en situación insostenible.
Por esta razón, durante el resto del reportaje se dedicó a criticar a la actual gestión y a revalorizar la conducta asumida por Juntos por el Cambio desde la oposición. Así, afirmó que “este gobierno tuvo una oposición comprensiva y tranquila”, aunque le faltó aclarar que esto fue así a pesar de ella. “Nosotros tuvimos paros, piquetes, leyes no votadas. Al lado suyo somos una seda”, y presentó como tarea de la oposición “defender a la gente, la economía, que no se destruyan las familias”.
Para concluir la ex funcionaria aseguró: “Todas las cosas que hemos planteado en este tiempo fueron para corregir excesos que el gobierno estaba cometiendo” y no se privó de subrayar “Juntos por el Cambio quiere volver al gobierno” en 2023.
Tampoco estas declaraciones resultaron inocentes. La pretendida defensa de las familias y la adjudicación de "excesos" a la gestión de Alberto Fernández invitan, inmediatamente, a asociarlas con algunos de los tópicos centrales de la dictadura cívico-militar. La fallida marcha en repudio del avance del "comunismo" en la Argentina del pasado jueves, también. Y la referencia al desorden que implicarían "paros y piquetes" constituye una tácita justificación de la necesidad de un o de una "justiciera" en la primera magistratura.
De este modo, con solvencia y pretendida ingenuidad, Patricia Bullrich parece haber iniciado la redacción de "su" relato presidencial.