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Carta para la señora

Por Carlos Leyba

Ricardo Arjona cantó: “Con sus 40 y tantos encima/Deja huellas por donde camina/Que la hacen dueña de cualquier lugar”. Nuestra deuda externa es una señora de 40 y tantos años. El miércoles Martín Guzmán le leyó una carta.

La deuda ha dejado huellas dramáticas en cuatro décadas y se ha hecho dueña de los gobiernos que la han heredado y de los que la alimentaron.

Guzmán le dijo, como anticipamos la semana pasada en esta columna, que el arreglo posible era esperar “La refinanciación de toda la deuda capitalizada (con alguna quita) con cuatro años de gracia y un plazo largo” para cobrar.

Guzmán se percibe (hoy nada es lo que es, sino lo que se auto percibe) como un gobierno de transición. Pagará el próximo. Cuatro años es lo mínimo para acomodar tamaña carga siempre que, en ese paréntesis financiero, hagamos lo que hay que hacer. La utilización de la capacidad instalada no alcanza al 60%. Dos años.

¿Le darán el tiempo necesario, hará lo que hay que hacer?

El FMI, a pesar del destrato, va a dar tiempo. Pero los bonistas surfean entre el “programa” y las tentaciones de los buitres.

Del programa para crecer no hay señales. De la estrategia para ganar dólares, tampoco. Los dólares de hoy son el fruto del estancamiento. Guzmán anunció que no habrá superávit fiscal hasta 2023.

Si en estos cuatro años se paga algo, lo será con dólares o pesos, provistos por emisión monetaria. Posible. Pero hay que explicitar cómo llegarán los dólares. ¿Es posible con dólar planchado más retenciones y reembolsos congelados? Dificil con precios de materias primas estancados.

Sí, el ancla cambiaria, la calma tarifaria y la economía estancada, bajaron la inflación a 2,3% pero ¿son buenos instrumentos?

¿Qué programa económico es el que despeja esa bruma?

Tercer gobierno en democracia (Alfonsín y Kirchner) que quiere terminar con la deuda. Pero terminar con ella no es pagarla o defautearla. Es atacar las causas. Ni sombras, ni antes ni ahora. De las causas ni siquiera hablamos.

Otros tres presidente amaron la deuda y se entregaron a ellas por creerla “la solución”. Fueron Menem, De la Rúa y Macri. Tres azotes de la democracia.

El primer ministro de Alfonsín, Bernardo Grispun, un gran tipo, amenazó con una moratoria. Alfonsín no lo apoyó. El diputado Antonio Cafiero propuso la moratoria en un discurso emblemático.

Carlos Menem –que le pidió dólares a los cerealistas para vivir los primeros meses y que congeló los depósitos bancarios con el Plan Bonex– terminó abrazado a los banqueros internacionales e inauguró (Domingo Cavallo) la era de los “bonistas” que dieron a luz a los “buitres”.

Menem instaló el jolgorio financiero. Año tras año, en cuatro años, entraronUS$ 10.000 millones que así como llegaron se fueron. Sobrevino el default.

Después dejamos de generar nueva deuda externa, nos premiaron los términos del intercambio, la deuda vieja no desapareció, se consiguió una quita importante y se mantuvo el apetito de los buitres. Se generaron nuevos pasivos: la compra de la mitad de YPF y la ridícula negociación con el Club de Paris.

Llegaron otra vez los entusiastas de la deuda, los chicos de Macri, que según él no le hicieron caso y se endeudaron inutilmente, corto y caro, con los privados y espantosamente con el FMI.

Ahora la señora deuda, al cumplir 45 años, nos tiene empantandos en la huella profunda del estanflación y poniendo en claro que, como dice Arjona, es la dueña de la situación.

El discurso de Martín informa que buscará la espera de pagos hasta 2023. Nada dice de cómo hará para que el ciclo de la deuda se interrumpa. Prevee superávit fiscal en 2023: condición necesaria para pagar sin emisión y sin préstamos.

Además Guzmán dijo “tendrán que perder los bonistas”.

Con el FMI lo tiene conversado. Dio señales de “buena conducta” (más impuestos y congelaciones previsionales) y por eso el FMI viene sin “ofenderse” a pesar de haber sido acusado. Creo que con el FMI está todo convenido.

A los bonistas les dijo: esperen y “van a sufrir”. Ya rondan los buitres por estos pagos.

Cuántas voluntades de “sufrimiento” (¿quita de capital o intereses?) juntará Guzman y cuántas renuentes y urgidas, se entregarán a los buitres del default y a la justicia americana. No lo sabemos.

Nada nuevo bajo el Sol. El final feliz de 2002, apalancado por la expansión China y el boom de las materias primas, está lejano. No fue magia. Fue el viento de cola.

El final de 2020 va a estar condicionado por las consecuencias desaceleradoras del conavirus que arrastrarán a la baja a los precios de algunos productos que empezaban a crecer.

En ese contexto Guzmán aspira a una negociación exitosa: hasta 2023 no habrá más ajuste fiscal ni pagos que requieran superávit lo que obligaría a mantener la economía en declive y la crisis social en ascenso.

Guzmán no quiere el default. Sin soja, el default es poco expansivo; y además crítico socialmente hablando.

La espera propuesta equivale a default con buenas maneras. Pero ¿cómo sería expansivo un default sin viento de cola?

Considerarlo sensatamente obliga a conocer el plan de contigencia y ese, como el plan A, no lo informan. Pero dicen que lo tienen.

Guzmán invitó a proponer, en una casilla de mail, programas para el tema de la renegociación de la deuda. Eso ya lo resolvió.

Pero de lo que no hay señales es de cómo terminar con el problema de la deuda.

Para ello hay dos objetivos básicos, centrales. Lograr una economía productiva excedentaria en dólares; y lograr un Estado financiable y compatible con esa economía productiva.

Mejorar el Estado no requiere plata. Pero la genera. Sólo es necesario decidirse a hacerlo.

Propongo un Acuerdo Gubernamental inspirado en el Plan de 1973 que elogio CFK.

Un Acuerdo de la Nación, provincias, municipios (áreas ejecutivas, legislativas y judiciales), organismos autarquicos y empresas estatales, para congelar los cargos y contrataciones públicas, de modo que las renuncias, jubilaciones, etc., no se cubran con nuevos empleados.

Los trabajos prioritarios se cubrirán a partir de un “pool” de reentrenamiento del personal público para cubrir áreas prioritarias, apelando al personal existente reentrenado.

Algunas provincias en 20 años han multiplicado su personal hasta cuatro veces.

En cuatro años podemos tener un nivel de empleo público razonable.

El actual es tan imposible de pagar como lo es la deuda.

Ese Acuerdo tiene que comprender la revisión de las jubilaciones por incapacidad, para excluir a los que no están incapacitados. Develar las mutilaciones de una guerra que no existió. Un acto de saneamiento moral.

También hay que acordar trabar que sigan cobrando jubilaciones quienes previamente no aportaron porque no habían trabajado porque dispusieron, a lo largo de su vida, de medios que les permitían no hacerlo. Se trata de producir un gesto de solidaridad social sin afectar derechos adquiridos.

Una resolución de Anses puede requerir, a todos los beneficiarios de esa ley, la declaración jurada patrimonial y de ingresos del grupo familiar, asi como de sus actuales condiciones de vida.

Quien no presente personalmente su declaración verán suspendido el pago hasta que lo hagan.

En esa situación de solvencia económica hay cientos de miles de beneficiarios que no podrán acreditar necesidad de recibir ese apoyo de la sociedad.

Si sumamos la dinámica de ese freno de gastos generaríamos un saneamiento fiscal y moral antes de 2023.

Congelación del empleo público, cancelación de beneficios mal otorgados y suspensión solidaria del beneficio previsional a personas que no trabajaron porque no lo necesitaban, son actos de salud pública. Nuestro Estado consume el 40% del PIB y es de bajísima productividad.

Sumamos transferencias para el desempleo encubierto, discapacitados que no lo son, ricos que no han trabajado. Todo eso más las vacantes que genera el ciclo de la vida, suman, seguramente, más del 1% del PIB y en crecimiento.

Son decisiones sin costo politico, es racionalidad ante la desidia del despilfarro.

Si se tomara la decisión de este Acuerdo, al terminar 2020, el Estado será mejor.

Ese Acuerdo, además, debe procurar el incremento de los ingresos sin aumentar la carga tributaria de los que hoy pagan. ¿Cómo?

La evasión cotidiana, chiquita, es el punto olvidado. Empecemos por todas las puntas. Hay una que es imposible que no tenga éxito. Me refiero al comercio minorista. Si está en blanco implica comercio mayorista en blanco y proveedores en blanco. En negro multiplica la evasión hacia arriba.

Ese acuerdo gubernamental debe comprometer a todos los municipios a fiscalizar la correcta tributación de los comercios de sus áreas. Sí. Verdulería, carnicería, kiosko, bar, lo que fuera, tienen que “facturar” sus ventas.

Obligar a la venta con tarjeta – por ejemplo la tarjeta alimentaria – y asociarlas a descuentos y premios al consumidor.

Y dónde no sea posible, obligar a una cálculo presunto de ventas y rentabilidad.

Fuertes campañas de concientización. Intendentes y consumidores garantes de sostener la salud fiscal. Municipio que no cumple municipio que no cobra. No se trata sólo de descentralizar los gastos sino de descentralizar la lucha contra la evasión.

Una de las causas de la deuda es la escasa salud fiscal, el abultamiento inútil del Estado y la debilidad para terminar con la evasión de los mejores impuestos, lo que obliga a los peores impuestos como, por ejemplo, el impuesto al cheque.

Pero no es esa, la fiscal, la causa madre de la deuda externa. La central es la incapacidad de la estructura productiva para hacer del país uno de productores capaz de tener alta productividad exportadora.

¿Cómo se logra esa productividad?

Primero, incentivos a la inversión reproductiva. Segundo, abordar una infraestructura eficientizadora, terminar con el peso muerto del transporte carretero y retornar a FFCC y a las vías navegables, reconstruir las industrias que tuvimos hace un siglo. Es bastante más fácil de lo que se cree.

Esto es apenas una invitación a hablar de cosas terrenales. La política debe abandonar abstracciones, el lenguaje inclusivo, y recuperar la idea de la política como responsabilidad.



eleconomista