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Aprestos en la negociación con el FMI

Hace una semana, el Presidente volvió de una gira importante: la interna, rápido, la opacó.

Hace una semana, Alberto Fernández desembarcaba después de una gira exitosa por Alemania, Francia y España, además de la reunión con el papa Francisco. El objetivo central -como el que animó su viaje a Israel- fue enviar un claro y robusto mensaje sobre el perfil de su política exterior. El propio Presidente la llamó “europeísta”, en un intento de poner distancias formales y semánticas con Washington, y diferenciada de la que se instrumentó durante la larga gestión de Cristina Kirchner​.
Lo de Alberto fue un borrador y una intención porque una política exterior diseñada con ese objetivo “europeísta” requeriría, cuanto menos, de precisiones más concretas. Pero fue una forma de denominarla, en contraste con la que tenía solo referencia en Caracas, Teherán o Moscú.
Sea como fuere, la gira estuvo pensada para la negociación con el Fondo Monetario. Formalmente, los diálogos con Merkel, Macron y Sánchez, la tertulia con el Papa, y la saga con la jefa del Fondo que ocupó el proscenio del Vaticano, fueron muy positivos, aunque habría que esperar que esos buenos deseos que se recogieron en Berlín, el Eliseo y la Moncloa, se tradujeran en hechos concretos.
Para darle mayor pábulo, desde el Salón Oval de la Casa Blanca, un Donald Trump exultante por haber zafado del juicio político, le decía al embajador Jorge Argüello que Alberto Fernández podía contar con él.
Ese viernes, en Buenos Aires, una ministra retomó la cuestión de los “presos políticos”, a contrapelo del pensamiento y la necesidad del Presidente, y desencadenó una minitormenta que, paradójicamente, le privó a Fernández tener siquiera su minuto de satisfacción por aquella gira europea. Esa discusión interna de la coalición gobernante revela que los puntos de vista respecto de cuestiones pendientes, como por ejemplo los condenados por corrupción, no son coincidentes en el Frente de Todos. Y no solo por razones semánticas sino de fondo.
¿Fue una casualidad que se plantee la discusión sobre los “presos políticos”? ¿O respondió a una estrategia para presionar dentro del gobierno? La respuesta de algunos ministros -Solá, Katopodis- en defensa de Santiago Cafiero​, el jefe de Gabinete, fue para reforzar el pensamiento presidencial en ese debate.
Un día después, desde La Habana, en una transmisión en directo (algo que raramente se puede hacer desde la isla) Cristina Kirchner, con el presidente cubano en la platea, endureció el reclamo contra el Fondo Monetario, pidiéndole una quita. Alberto, casi una semana después, coincidió con el pensamiento de su vicepresidenta.
Antes, había dicho que había que hacer silencio mediático porque hay una negociación en marcha con el Fondo Monetario, cuya misión está en el país.
Estas oscilaciones, donde cada uno juega su papel, serán moneda corriente en este tiempo crucial.
La amenaza potencial de radicalización por la deuda estará siempre presente. No se trata simplemente de un bluff en una partida de póker: un fracaso económico de la actual administración reforzará las posiciones más duras dentro de la coalición y los sectores más moderados, por así llamarlos, pueden verse desbordados.
Es así que este tironeo tendrá repercusiones internas por las consecuencias económicas y por la disputa simbólica entre los sectores que confluyen en el oficialismo.
Ricardo Kirschbaum