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“No entregue los atributos del mando porque lo consideraba un acto de rendición”. Esa frase que Cristina Fernández escribió en su libro “Sinceramente” y que, según ella, explica su conducta del 10 de diciembre de 2015 cuando efectivamente se negó a concurrir a la asunción de Mauricio Macri, contrasta fuertemente con la imagen de ayer en la basílica de Luján, donde el presidente saliente y el electo se daban el abrazo de la paz.

Kirchner siempre entendió el poder en términos bélicos. En gran medida también lo hizo el peronismo, el experimento político de un militar. Esa lógica del poder simplemente no puede entender la alternancia democrática como un hecho pacífico que sucede en las repúblicas porque los militares están armados, educados y programados para conquistar y para tomar como propio lo que conquistan.
Cuando alguien los vence, si pueden, no reconocerán la derrota y, si pueden, no emitirán señales de rendición, aunque el resultado sea inmodificable. Es como una manera de convencerse de que no perdieron o de que los que les ganaron, les ganaron mal.
Esa es la lógica que impera en Kirchner y en el peronismo: no pueden aceptar al que está frente a ellos porque ese no es un adversario ocasional en una contienda electoral democrática sino un enemigo. Ellos son la patria, y, si pierden, la sociedad se equivocó, pero ellos no. Todo acto que conlleve las formalidades de la aceptación del otro y, mucho menos, del triunfo del otro, es una rendición, no una aceptación civilizada de la decisión del pueblo.
Por eso es muy difícil imaginar un acto como el de ayer en Luján cuando el presidente saliente fuera un peronista. El único del que se tiene memoria -porque el personaje era muy singular y, de hecho, en ese sentido, nada “peronista”- fue el de la entrega del poder de Menem a De la Rúa.
Fue precisamente el periodo de gobierno de Menem el menos “peronista” de todos en el sentido del fanatismo. Es más, si al inicio de su gobierno podía haber algún resabio de “grieta” (con la magnitud de aquellos años, entiéndase) durante se mandato se desvaneció completamente. Menem fue un presidente de armonías y concordias, nunca fustigó el odio.
Con Kirchner regresó lo peor del peronismo de mediados del siglo XX. Lo peor. Y recargado, lleno de revanchismos, furias y resentimientos. Fue Kirchner el que puso a unos argentinos en contra de otros argentinos. Y fue su mujer la que llevó ese rencor al paroxismo.
En ese contexto era completamente lógico que viera a Macri no como alguien que le ganó en unas elecciones democráticas sino como la cabecera de playa de un ejército enemigo. Parafraseando a Perón habría dicho “al presidente enemigo ni la banda”.
Todo eso contrastó con lo que vimos ayer. Macri perdió. Se va un caballero. Alguien que no pegó una sola medida económica de las que tomó y que encima cargó con la mala fortuna de una sequía monumental -la peor en los últimos 70 años- y de la guerra comercial que Trump le declaró a China.
Ya venía de no querer blanquear el país que recibió -quizás el error político más profundo de la historia democrática reciente- lo que le hubiera permitido sacarse de encima la carga de la exigencia que, de inmediato, la sociedad puso sobre sus espaldas y sobre la que especuló, desde el primer día, una oposición ladina.
Pero Macri es un demócrata. Kirchner no. Fernández tiene la posibilidad de avanzar a partir del abrazo de Luján. Tiene la posibilidad de resolver el oxímoron que significa hablar de peronismo y de democracia al mismo tiempo.
Mucha parte de su gabinete dice que no inicia un camino en ese sentido. Hay allí figuras que adscriben a la concepción militar del peronismo y a su entendimiento totalitario del poder. Sin entender la simpleza de que no son la patria, de que no son el todo, de que no tienen toda la razón, de que tener razón no tiene nada que ver con tener más votos, será difícil que Fernández pueda dibujar un escenario en cuyo horizonte pueda imaginárselo a él mismo abrazando a un presidente electo no peronista en el futuro y entregando el poder sin considerarlo una rendición.
Por ahora, claramente, Fernández no es Macri. Habrá que ver si el tiempo lo convierte en Menem. Tiene en el nido de su gobierno al huevo de la serpiente, y a la serpiente también. Me pregunto si el presidente electo le habrá prestado atención al sugestivo párrafo del Génesis que ayer se leyó en Luján.  
Los argentinos de bien van a extrañar la figura y los modos de un presidente que se va con la frente en alto. Las cosas no le salieron como a él le hubiera gustado. Lo admitió. Pero jamás se llevó a nadie por delante. Cuando perdió lo hizo luchando y con gallardía. Recibió a quien lo derrotó, se allano a sus requerimientos. Se despidió en andas de la gente, que lo aupó en su melancolía. Deja un sello de distinción.
Estoy seguro que le habría gustado dejar un sello de riqueza, de afluencia para la mayoría de los argentinos, de horizontes y de futuros. La propia impericia de su gobierno y circunstancias externas lo privaron de ese logro. Pero la civilización política ha dado un gran paso con el presidente Macri. Su gobierno fue un gobierno civil. No usó el lenguaje de la guerra ni desplegó las costumbres ni la terminología de los militares. Frente a la crispación que la Argentina vivió por tanto tiempo, esa suavidad se va a extrañar en el caso de que Fernández prepare un regreso al grito, al sarcasmo y a las órdenes.
Guardemos en la memoria lo que ocurrió ayer en Luján y hagamos un contraste permanente con lo que suceda de ahora en más. Si la nueva realidad choca contra aquel recuerdo será la mejor señal de que vamos mal.
Carlos Mira