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Alberto Fernández arranca con el mismo dilema macrista

Desde que Cristina Kirchner lo nombró su candidato presidencial, Alberto Fernández viene tratando de ganar tiempo para acomodarse a una situación imprevista para él y muy incierta y dinámica para todos y todas. Era lógico. Tras la sorpresa que le dio Cristina al elegirlo, vino el impacto de las PASO, que lo dejó en una incómoda posición de presidente virtual de un país en pánico.
Pero Alberto reclamó su derecho a que le dieran más tiempo para hacerse cargo. Luego las elecciones propiamente dichas confirmaron su futuro presidencial, aunque la estrategia albertista siguió firme en estirar la transición lo más posible, tanto, que todavía hoy quedan cargos clave por anunciar, y acaso por definir en soledad, o en interconsulta con el Instituto Patria.
En las últimas horas, el flamante jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, avisó que la salida del cepo que dejó Mauricio Macri solo podría ser gradual, en un intento de bajar las expectativas de un cambio abrupto de reglas. El propio Alberto Fernández viene pidiendo paciencia a todos los sectores sociales que exigen soluciones urgentes, poniendo al tope de la lista de prioridades el problema del hambre, lo cual desde la perspectiva de los tiempos políticos podría funcionar como un modo más de ganar tiempo en la discusión más áspera y compleja de la puja distributiva profunda, en términos de la desigualdad diagnosticada por teóricos como Thomas Piketty.
Cuando le preguntaron por la negociación con el Fondo Monetario Internacional y el resto de los acreedores, el nuevo Presidente aseguró que no estaba demorada, sino que avanzaba en silencio, por una cuestión de prudencia, al igual que ciertos nombramientos y medidas económicas que impacientan a la opinión pública global y local. Lo cierto es que los vencimientos de deuda ya están tocando el timbre de la Casa Rosada. Y no se sabe si sus nuevos dueños pagarán cash los primeros para ganar tiempo (lo menos probable, según los rumores), o si aprovecharán la oportunidad para declarar un default con todas las letras (tampoco parece ser lo que desea el albertismo).
O tal vez, en una maniobra audaz y creativa que incluirá un relato muy pícaro, se logran patear para adelante los primeros vencimientos sin ponerle una etiqueta definitiva al esquema, para no alarmar a los mercados mientras se los ablanda a lo Néstor Kirchner: un día caricias, y otro día, cachetazos.
Y así todo. Para hoy se esperan anuncios espectaculares, que quizá no lo sean tanto. Mantener las expectativas en niveles relativamente bajos podría ayudar a ganar más tiempo, haciendo la plancha con fuegos artificiales marca Albistur, mientras el nuevo clima de época acaso permita ir cortando, uno por uno, los cables de la bomba de tiempo argentina. Eso si hay tiempo social y financiero disponible, lo cual es dudoso.
A la inversa, Alberto Fernández podría cambiar su presentación gradualista, y lanzarse desde el día uno a ganar la iniciativa con una batería de medidas de alto impacto, lo cual tiene el riesgo de jugarse a todo o nada por un único sendero que podría llevarlo a ningún lado en el corto plazo. Gradualismo o shock: ese dilema ya se le presentó a Macri en 2015, y todavía está evaluando qué salió mal.


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