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“ARGENTINA DEBE PREOCUPARSE POR UNA VICTORIA DE BOLSONARO”

Brasil está atravesando un punto de inflexión agudo y entrando en terra incognita, como la famosa expresión en latín. Para entender los contornos aún frescos y provisorios de ese país que se avecina, por sus coletazos en la región (y Argentina, desde ya), El Economista dialogó con el consultor Marco Bastos (Octopus Brasil) sobre la eventual presidencia de Jair Bolsonaro, que deberá, en dos semanas más, ratificar los potentes resultados obtenidos el pasado 7 de octubre.

Según las últimas encuestas, Jair Bolsonaro no sólo ganaría el 280 sino que, con 60% de los votos, sería uno de los presidentes más votados de la Historia. ¿Qué piensa usted?
Lo que pasó el 7 de octubre no fue solamente que la extrema derecha populista casi gana en primera vuelta sino, además de eso, hubo una votación masiva hacia este mismo sector político en elecciones legislativas y estatales. En Brasil, no existe “cortar boleta”, como en Argentina. Primero porque no hay una boleta y el voto es electrónico. Segundo porque los partidos políticos son mucho más recientes que en Argentina. El PSDB de Fernando H. Cardoso y el PT de Lula fueron fundados en los ’80. Nada que ver con la centenaria UCR o las décadas del peronismo. Con todo, en estas elecciones el electorado votó masivamente por candidatos a diputados estatales, nacionales y senadores mirando hacia la disputa presidencial. Esto explica como el partido de Bolsonaro (PSL) eligió un diputado nacional en 2014 y ahora, 54. Es más, fue el partido con más votos para diputado nacionalmente. Además, en doce de los tres estados más poblados, hubo candidatos que eran desconocidos que nunca en sus vidas habían participado de elecciones, que alcanzaron 40% de los votos e irán a balotajes en condiciones de favoritos en contra de caciques regionales. En Río de Janeiro, un ex juez de discurso mano dura en contra del crimen (Wilson Witzel del partido evangélico PSC) y en Minas Gerais, un candidato del recién creado partido Novo, formado por empresarios con discurso muy liberal en lo económico. El electorado estaba huérfano de opciones bolsonaristas en los estados, y en cuanto los encontró, depositó millones de votos en desconocidos. En las calles del centro de Río y en ferias populares de Brasilia se pueden encontrar remeras con el rostro de Bolsonaro. Lula da Silva no alcanzó ese nivel ni siquiera en el mejor momento de su Gobierno, con pleno empleo y viento de cola. Así que estamos adelante de un conservadurismo popular que dio vuelta al tablero político. En EE.UU., donde hay un historial de elecciones más grande, se identifican elecciones “game changer” cuando el Presidende es electo con mayoría muy holgada en el Colegio Electoral y logra elegir muchos diputados. Eso pasó en las victorias de Ronald Reagan en 1980 y Barack Obama en 2008. Así, no tenemos más a un Presidente minoritario como Fernando Collor de Melo en 1989, que tuvo tres diputados, sino que tenemos un cambio profundo en el juego de fuerzas. No se vive libre de consecuencias una combinación de décadas de epidemia de homicidios (63.000 en 2017), el destape de la corrupción por el Lava Jato (equivalente al Mani Pulite en Italia) y la peor recesión de la historia republicana (que costó 8% del PIB y 24 millones de persona sin trabajo). El establishment fue castigado en las urnas. Muchos caciques han perdido elecciones en los estados y en el Legislativo. Por último, una presidencia Bolsonaro lleva el debate más a la derecha y marca el regreso de los militares a la cumbre de las decisiones políticas. Bolsonaro no necesitó del apoyo de los partidos para tener casi 50 millones de votos y ya anunció que mitad de su gabinete será ocupado por generales.

O sea que Bolsonaro va a tener un gran margen de acción para aplicar sus políticas…
En los primeros sies meses la tendencia es que el bolsonarismo apruebe la mayor parte de sus proyectos en el Legislativo. Primero porque sus propuestas conservadoras en temas sociales (aborto, matrimonio gay, marihuana, educación sexual en colegios, entre otros) y las de mano dura en el combate a la delincuencia fueron refrendadas por las urnas. Segundo, porque ya hay numerosos proyectos de leyes en comisión sobre temas de flexibilización para tenencia de armas de fuego, instaurar la pena de muerte, imputabilidad penal de menores, restricción a los causales de aborto, delimitación de tierras indígenas, que hoy son 15% de la superficie y fueron una conquista de grupos ambientalistas. Estas pautas deben ser más fáciles de aprobar, pero no resuelven el problema de los 24 millones de brasileños sin trabajo y el de que conduce un Uber 16 horas por día. En lo económico, es más nebulosa la perspectiva. No se sabe exactamente qué reforma jubilatoria planteará el nuevo Gobierno. Asimismo no se sabe qué empresas va a privatizar y cómo hará para cumplir la autoproclamada meta de cerrar el déficit fiscal en los primeros doce meses. Esta indefinición no ayuda en el trato legislativo y, al fin y al cabo, el PSL de Bolsonaro tendría 10% de los diputados y necesitará aliados. Eventualmente, estos vendrán de los diputados que representan el agro, los policías y diputados evangélicos. Con eso, Bolsonaro debe tener el 50% de diputados. Le da un gran margen, pero tendrá que cumplir la agenda de dichos sectores. Más allá de eso, es una gran incógnita la influencia que tendrán las Fuerzas Armadas. Esto debe ser un potencial foco de crisis con aliados.

Hablemos de Bolsonaro y el mundo. ¿Se vienen relaciones más cercanas con Washington?
Se vienen relaciones carnales entre Brasilia y Washington o, más bien, completo alineamiento de la política exterior brasileña a lo que se dicte desde Estados Unidos. Hay un video de Bolsonaro en 2017, en Florida, saludando a la bandera estadounidense mientras la platea brasileña gritaban “USA, USA”. Será la política externa más alineada a Estados Unidos. desde 1964, cuando el Presidente de facto, el general Castelo Branco, alineó la naciente dictadura a Washington. Brasil llegó a enviar tropas para Republica Dominicana en la misión liderada por EE.UU. por medio de la OEA en 1965. En los ’60, los militares y la derecha política criticaban la política externa de los presidentes Janio Quadros y João Goulart como siendo pro-Moscú. Actualmente estos sectores son muy críticosa la diplomacia Sur-Sur de Lula y Dilma Rousseff. Es posible que haya una revisión en cooperaciones y líneas de financiación principalmente en América Latina. Las relaciones con Bolivia serán mucho más difíciles. Nicaragua será reconocida como dictadura y Brasilia estaría lista para reconocer cualquier nuevo Gobierno oriundo de un cuartel en Caracas. Bolsonaro mimetiza mucho las derechas populistas de Estados Unidos y Europa en su discurso. Hizo del tema venezolano un problema inmigratorio que no llega a ser una crisis afuera del estado de Roraima. Este tema migratorio es muy fuerte en la derecha nacionalista europea y fue el tema más importante de las elecciones italianas. Además, Bolsonaro adoptó una postura casi provocativa a China, visitando Taiwán y criticando las empresas chinas que compran subsidiarias brasileñas de distribución de energía eléctrica. Allí, mimetiza con Trump. Pero, más allá de las cercanías, Trump ya dijo que los próximos blancos de su guerra comercial serán India y Brasil y es una completa incógnita lo que Bolsonaro piensa hacer al respecto. No hay siquiera un embajador de renombe que sea allegado a él. En vez de eso, su asesor para política internacional es un miembro de la familia real que jamás tuvo transcendencia en el debate público ni tampoco pertenece a los cuadros de Itamaraty. En lo que toca Argentina, Bolsonaro ya dijo que desea revisar el Mercosur y no excluye la posibilidad que Brasil abandone el bloque. No hay ningún estudio serio sobre los efectos de esto en la industria brasileña o en sectores argentinos más dependientes del comercio con Brasil.

Igualmente, en Argentina, hubo cierta calma tras las primeras declaraciones de Bolsonaro, más allá del efecto positivo en lo financiero. No habló tan rotundamente de salir del Mercosur y saludó a Mauricio Macri por haber sacado a “Dilma Kirchner”. Además, necesitará aliados en la región…
No veo motivos para que los policy-makers o empresarios de Argentina se queden tranquilos por las siguientes razones. El Mercosur es visto ya hace tiempo como una mochila para Brasil por sectores de la derecha. El candidato a vice, general Hamilton Mourão, dijo que Brasil debiera “dejar de priorizar relaciones con países pedorros (“mulambo”, en portugués). Más allá de saludar a la bandera estadounidense y visitar Taiwán, no se sabe qué el probable próximo Presidente opina de política exterior. Además, el pensamiento militar de Brasil se ocupó en las últimas décadas de ubicar a la seguridad de Amazonia como prioridad. Desde sectores allegados a Bolsonaro también hay mucha referencia a seguridad de fronteras para combatir el narcotráfico. Así, Argentina y Mercosur nunca salieron como preocupaciones centrales para él o sus escasos voceros. Es probable que su diplomacia comercial busque acuerdos de libre comercio y si el Mercosur es una traba a eso, bueno, concluiría “bueno, que cambie el Mercosur”.

Hay expectativas de que el crecimiento económico en Brasil se acelere en 2019 por las reformas de Bolsonaro, tal como pasó en Estados Unidos con Donald Trump y sus rebajas impositivas. ¿Ve posible eso?
Digamos, que Brasil crezca 3-4%… No. La tendencia con la que trabajo es de un PIB creciendo aproximadamente 2,5%, que es el promedio de la encuesta Focus de los principales players del mercado financiero brasileño. Este crecimiento vendrá por default. La capacidad ociosa es grande y llega al 40% en algunos sectores así que, sin la incertidumbre electoral, el país ya crecerá casi por inercia. Además los empresarios resolvieron dar el beneficio de la duda a Bolsonaro y el mercado financiero está eufórico. Con todo, los observadores más atentos tienen los pies en la tierra por los posibles focos de inestabilidad. Entre ellos, la creación de un Superministerio de Economía a cargo de Paulo Guedes, unificando tres ministerios (Hacienda, Comercio Exterior y Planeamiento). También, hay dudas sobre cómo se llevará a cabo el ambicioso plan de privatizar una estatal por semana en el primer año de Gobierno y, a su vez, el rol de los militares en el nuevo Gobierno. Finalmente, las reformas, principalmente la jubilatoria, históricamente demandan mucha negociación. Son más difíciles de aprobar que la agenda conservadora citada anteriormente. Estas reformas no estarán maduras para afectar el PIB en 2019.



eleconomista