El significado del 17 de Octubre en el siglo XXI

Revisar las jornadas del Día de la Lealtad representa una radiografía de la historia de nuestro país, desde aquel lejano tiempo de 1945. Precisamente esa jornada marcó la irrupción en Playa de Mayo del peronismo social y sindical de masas que exigían la liberación del entonces coronel Juan Domingo Perón, detenido en la cárcel de Martín García.

Los militares ordenan su detención como represalia a su política aplicada desde la Secretaría de Trabajo a la que había accedido dos años antes. Su figura despertaba el entusiasmo de los obreros y de sus dirigentes a lo largo y ancho del país al conseguir la reivindicación de sus derechos.

No es para menos: Perón impulsó los tribunales de Trabajo, la indemnización por despido, el estatuto del Perón Rural y el de los periodistas.

En 1944 se sancionan 123 convenios colectivos de trabajo, y al año siguiente otros 347, los cuales alcanzaban a más de dos millones de trabajadores, lo que eriza la piel de la dirigencia conservadora y de los militares.

En ese contexto, el presidente Edelmiro Farrel ordena el 12 de octubre la inmediata detención de Perón y su traslado a la isla Martín García, con la idea de alejarlo de la Capital Federal y de la provincia de Buenos Aires.

No se imaginan que el efecto será el opuesto. Al tomar estado público la detención, espontáneamente surgen las movilizaciones de los obreros de la carne de Berisso y Ensenada, a la que suceden las de los trabajadores y sus familias de Avellaneda, Lanús, La Plata y Lomas de Zamora, entre otras ciudades y avanzan hacia la Plaza de Mayo. Ante la masividad de la movilización, se aceleran las definiciones electorales.

Para mitigar la explosión popular, las autoridades militares ordenan la libertad de Perón, quien a su regreso de la isla Martín García se asoma desde el balcón de la Casa Rosada y pronuncia su primer discurso ante la algarabía de los presentes, a los que les sugiere desmovilizarse en paz para evitar desbordes y la represión de las fuerzas del orden.

Y con el fin de calmar el auge de las movilizaciones, convocan a ir a las urnas el 24 de febrero, lo que implica el arribo a Balcarce 50 de Perón, quien gana con el 54% del padrón electoral nacional. Una cifra que realzó a su estilo la entonces presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, al obtener el triunfo del Frente de la Victoria por esa cifra. Por esas ironías de la historia, CFK va a celebrar el Día de la Lealtad con su nueva herramienta electoral, bautizada Frente Ciudadano y lejos, lejos, de la liturgia peronista que se alumbró en 1945.

Espejos

Revisar la historia argentina desde aquel 24 de febrero en el marco de una campaña electoral caracterizada por el lema “Braden o Perón”, que aludía al embajador de Estados Unidos, Spruille Braden, el que se pronunció favorablemente en favor de la Unión Democrática. Tal vez la viuda de Néstor Kirchner conjetura junto a los suyos que la elección de medio término puede plantear la dicotomía: “ella o el macrismo”. Por lo menos en el área Metropolitana, dado que en los demás distritos su figura se desdibuja.

Una paradoja porque seguro que ella es consciente de que la política es un libreto que cambia en forma permanente, que no es lineal.

Sigamos con la revisión. Tras la caída en el 55, el peronismo alumbra la resistencia, después es ninguneado en la compulsa electoral del 58, cae Arturo Frondizi, y años después Arturo Illia es eyectado, en junio de 1966.

Arriban nuevamente los militares hasta 1973. El peronismo alimenta la consigna “Luche y vuelve”, a lo largo de años de acciones de resistencia y jaqueo a las “suaves” dictaduras de Juan Carlos Onganía, Marcelo Levingston y Agustín Lanusse, tras lo cual, con la inminente apertura de las urnas, las paredes exhiben un nuevo eslogan: “Cámpora al Gobierno, Perón al Poder”. Todo en nombre de la Lealtad a los principios del general Juan Domingo Perón.

El paso fugaz de Héctor Cámpora y la vuelta de Perón a la presidencia generó el principio de trágicos años; primero con la represión de la Triple A, en nombre de la pureza peronista, y después con los militares, con heridas cuyas marcas persisten, tal cual dijera a esta revista el flamante titular de la Auditoría General de la Nación, Oscar Lamberto.

No se puede soslayar que en ese contexto histórico las organizaciones que fogonearon la insurgencia armada erraron los diagnósticos al ilusionarse con ser los canalizadores del compromiso social y político propios de esos años. Como uno de sus protagonistas dijo, “construimos un espejismo que la historia inmediata se encargó de destruir trágicamente en las manos de los militares”.

Pasan los almanaques

Pasaron las urnas y los gobiernos hasta llegar al 10 de diciembre del año pasado y el Congreso de la Nación fue el espejo de la derrota electoral del peronismo a manos de Mauricio Macri con la ayuda de la UCR y de Elisa Carrió, más otras fuerzas menores, como siempre en nombre de la “lealtad”…

En la edición de Parlamentario 1341, con el título “El rompecabezas del peronismo del Congreso” y en la edición 1344 con el título “Radiografía del bloque FpV-PJ”, dimos cuenta de la implosión interna que se desataba en el partido creado por Perón, y en nombre de la “lealtad” se acusaba de traidores a los que dieron portazos, una de las palabras más explosivas del lenguaje peronista.

Los adioses se sucedieron, como se refleja en el festival de bloques presuntamente orgánicos de la fantasmal sigla PJ. Pasa en la Legislatura bonaerense, en la porteña y por supuesto en el Congreso de la Nación. Allí, el primero que dio el portazo fue el diputado nacional Diego Bossio, una de las cabezas visibles del bloque Justicialista, que tiene 17 miembros.

Fue una señal de alerta que las autoridades del PJ registraron con preocupación, aunque el desbande no fue generalizado, si bien siguieron los adioses. En forma personal o en bloque, como se dio con el Movimiento Evita o los misioneros.

Un ejemplo de la dispersión de los muchachos peronistas se da en la Cámara de Senadores de la Nación, donde habitan 13 bloques que se reivindican peronistas a su estilo, a sus maneras, que interpretan la “lealtad” en sus formas diversas.

Por supuesto que el bloque que preside Miguel Angel Pichetto en el Senado de la Nación es el más numeroso, con 38 hombres y mujeres. Vale la pena registrar los nombres escogidos de los demás: Compromiso Federal, Frente Popular Salteño, Producción y Trabajo, Frente Popular, Santa Fe Federal, Peronismo Pampeano, Pares, Misiones, Chubut Somos Todos, Federalismo y Liberación, Proyecto Sur y Unión por Córdoba.

Un didáctico ejemplo de la fragmentación y dispersión del peronismo, la que se potenció después de la derrota electoral del año pasado. Esas siglas se repiten en la Cámara alta, no con los mismos nombres en la Baja y en el ámbito de la Legislatura bonaerense en ambas cámaras.

Chau, chau, adiós

Una dispersión que obligó a los gobernadores e intendentes a refugiarse en sus territorios, de cara las elecciones legislativas 2017, para resistir el embate del Gobierno nacional en su política de seducción a través de las obras públicas y la autorización de endeudamiento externo.

Los mandatarios peronistas, viejos zorros de mil batallas electorales, admiten, en algunos casos en forma pública y en otros en la intimidad, que se carece de un líder nacional, lo que se traduce en un “chau Cristina”.

La “lealtad” se escondió en los pliegos provinciales junto a los exgobernadores, excaudillos y los intendentes con el objeto de cuidar sus filas. Y el primer gesto de esa individualidad fue la pelea por los números del Presupuesto nacional 2017, que en rigor es “Presupuesto Nacional Electoral 2017”, como se lo bautizó desde estas páginas y todos lo aceptaron, en algunos casos a regañadientes y otros pasivamente.

Es que es un secreto a voces que el resultado final del mismo marcará la primera batalla electoral entre el oficialismo y la oposición, en particular los que están en gestión, y no los que lo miran por TV.

Con relación a los intendentes bonaerenses, también en nombre de la “lealtad” peronista se dividieron en cuatro grupos, la mayoría de ellos admitiendo la carencia de un líder que los aglutine, lo que implicó un claro mensaje para la expresidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, de que “ya fue”. Ante ese cuadro, CFK salió a pelear en el territorio bonaerense y levantar la bandera del Frente Ciudadano, ese ente que emergió de su discurso frente a los tribunales de Comodoro Py o Comodoro K, como se regodean en definirlo sus denunciantes.

Una ruptura del famoso verticalismo que caracterizó al peronismo durante la famosa década ganada, impuesto desde la presencia en Balcarce 50 de Néstor Kirchner a partir de 2003.

La tendencia se agudizó con la incorporación de cuatro intendentes del peronismo a Cambiemos, detrás de la figura de la gobernadora María Eugenia Vidal.

Nadie duda entre sus dirigentes o en las selectas reuniones del Instituto Patria, a escasos metros del Congreso de la Nación y a más de diez cuadras de la histórica sede del PJ de la calle Matheu -al que nunca acuden y difícilmente lo hagan en el futuro- que la expresidenta romperá con el partido. No será tal vez algo formal, concreto, tangible, sino “algo que se dará por su propio peso”, tal cual sostienen desde su entorno. De hecho, los Kirchner jamás fueron afectos al partido, al que despectivamente -más ella que él- mencionaban como el “pejotismo”. Hay quienes, desde el recoleto grupo que rodea y escucha a CFK, ya imaginan un local partidario del Frente Ciudadano, sin bombos y muchos menos cantando la Marcha Peronista y fotos de quien parió el Día de la Lealtad. Otros, que se asumen más kirchneristas que cristinistas, pero que reconocen en ella un liderazgo aún vigente, sostienen que el Frente Ciudadano en realidad “no es una herramienta electoral”, sino un catalizador de las protestas hacia el Gobierno. Tal condición le aseguraría a ese sector una suerte de propiedad intelectual sobre cada movilización contra Macri.

Lo cual no implica que llegado el momento el Frente Ciudadano no termine siendo la sigla que identifique la unión de partidos por la que pueda llegar a ser candidata CFK, quien en su último discurso en Atlanta, con una audiencia radical kirchnerista, dejó entrever la posibilidad de ponerse al frente de “una nueva mayoría que le permita a los argentinos volver a tener un gobierno que la represente”.

Entonces más que seguro que el planteo de una experiencia frentista está en marcha de cara a las elecciones legislativas 2017 y por ende las presidenciales de 2019. Más allá de que la experiencia frentista pergeñada por Néstor Kirchner en el apogeo del kirchnerismo no terminó bien: el “frente ciudadano” de entonces se llamaba “transversalidad”, pero terminó en fracaso y silbando bajito los K regresaron al seno del PJ. Se asegura que ahora eso no sucederá.

También yo

En el panorama sobre el Día de la Lealtad, un lugar preponderante se le debe brindar al diputado nacional Sergio Massa y su bloque de legisladores nacionales y provinciales, que se reconocen acunados en el ideario peronista, pero ubicados en la nueva composición del poder político en la Argentina, lejana del 17 de Octubre de 1945.

Precisamente en la ronda de consultas de Parlamentario entre dirigentes y legisladores, las respuestas fueron variadas y en algunos casos se apeló a las chanzas a la hora de las respuestas. “¿La qué?…”, replicó una figura consultada en torno al Día de la Lealtad.

Es que 71 años después de esa histórica fecha, el mundo ha cambiado, y las relaciones en la superestructura del poder institucional son diferentes. En ese contexto mencionar el Día de la Lealtad suena un tanto raro, con un sabor a nostalgia, deslizan.

Seguramente por las redes sociales van a florecer los conceptos o subirán fotos de la Plaza de Mayo en particular con manifestantes con los pies en las fuentes frente a la Casa Rosada, un detalle de los tantos que quedaron para la historia.

Más de uno de las decenas de bloques que se vindican peronistas en la Legislatura bonaerense, la Legislatura porteña, cualquiera de las provinciales, o en el Congreso de la Nación, tienen su interpretación libre de lo que hoy representa el Día de La Lealtad, frente a aquel histórico 17 de Octubre de 1945.

Tal vez se de una competencia de palabras o de imágenes de una trayectoria de 71 años de idas y vueltas en democracia o en dictaduras, de una pasión que se diluye y se limita al recordatorio nacional a los que son adictas la dirigencia peronista, como se esboza en quienes hoy se suman en las columnas de opinión para ampliar ese reconocimiento histórico.

Un reconocimiento que se asienta en la afirmación de que sin memoria no hay futuro, consigna que no es fácil asumir ahora, en la nueva etapa política que atraviesa el país desde el 10 diciembre del año pasado, con el arribo de un gobierno no peronista al poder. Una representación donde también cohabitan peronistas que no reniegan de esa condición.

El espejo de una realidad de este siglo donde la celebración del Día de la Lealtad tiene una resignificación diferente, muy diferente a la de los años anteriores, inclusive la celebración que tenía por ejemplo en la CGT, mientras los dirigentes peronistas acomodan sus palabras y silencios a la hora de preservar la memoria.

Es que nadie duda de que los tiempos cambiaron inesperadamente a partir del balotaje de noviembre pasado, que catapultó a Mauricio Macri al primer piso de Balcarce 50, donde se encuentra instalado en este 17 de octubre 2016, en un capítulo que recién se abre y que el año que viene, urnas mediante, definirá como sigue la historia y si el peronismo conserva la fuerza que tuvo a partir de su nacimiento, hace 71 años. O si simplemente el Día de la Lealtad terminará siendo un recuerdo.



parlamentario