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La tragedia de Ucrania: El derecho criminal de las naciones

 Pasaron más de 300 días. El 24 de febrero todos nos estremecimos al enterarnos de la decisión de Vladimir Putin de invadir Ucrania. En ese momento creí, como casi todo el mundo, que Ucrania sucumbiría en muy poco tiempo, dada la enorme disparidad militar entre ambos países. Pasaron las semanas y la resistencia de Ucrania se convirtió en un hueso duro de roer para la potencia militar invasora. La televisión argentina se hizo eco del dramatismo de una guerra que, como ha sucedido a lo largo de la historia, atenta contra la vida de miles y miles de ciudadanos indefensos. Lamentablemente, con el correr del tiempo comenzamos a olvidarnos de esa tragedia. Los medios de comunicación dejaron de considerarla un tema prioritario. Hasta que TN decidió enviar al escenario del horror al doctor Nelson Castro y un pequeño grupo de colaboradores. Lo hizo en esta época del año, cuando en Ucrania el invierno es impiadoso. Desde hace unos días Nelson Castro informa desde el campo de batalla acerca de los padecimientos del pueblo ucraniano: falta de luz, falta de agua potable, escasos alimentos, casas destruidas, un frío aterrador y los constantes bombardeos rusos. Nelson Castro nos está haciendo recordar el horror que se está viviendo en aquel país, un horror que parece no tener fin, al menos en lo mediato.

Cada vez que miro y escucho al doctor Castro desde aquel dantesco escenario bélico no puedo dejar de recordar el extraordinario libro de Juan Bautista Alberdi titulado “El crimen de la guerra”. Efectivamente, la guerra es un crimen. La guerra es un atentado contra el derecho humano fundamental, la vida. La guerra repugna a las fuerzas morales, a la dignidad humana, a la libertad y a la justicia.

Quisiera en estos momentos transcribir algunos párrafos del memorable libro del padre intelectual de nuestra constitución, libro que debería ser leído en todos los colegios y universidades del país.

“La guerra es un modo que usan las naciones de administrarse la justicia criminal unas a otras con esta particularidad: que en todo proceso cada parte es a la vez juez y reo, fiscal y acusado, es decir, el juez y el ladrón, el juez y el matador. Como la guerra no emplea sino castigos corporales y sangrientos, es claro que los hechos de su jurisdicción deben ser todos criminales. La guerra, entonces, viene a ser en el derecho internacional el derecho criminal de las naciones (…) Es la guerra una justicia sin juez, hecha por las partes y, naturalmente, parcial y mal hecha. Más bien dicho, es una justicia administrada por los reos, de modo que sus fallos se confunden con sus iniquidades y sus crímenes. Es una justicia que se confunde con la criminalidad (…).

Sólo el hombre que se cree formado a imagen de Dios, es decir, el símbolo terrestre de la bondad absoluta, no se contenta con matar a los animales para comerlos (…) sino que hace con su mismo semejante (a quien llama su hermano), lo que no hace el tigre con el tigre, la hiena con la hiena, el oso con el oso; lo mata, no para comerlo (lo cual sería una circunstancia atenuante) sino por darse el placer de no verlo vivir. Así, el antropófago es más excusable que el hombre civilizado en sus guerras y destrucción de mera vanidad y lujo. Es curioso que para justificar esas venganzas haya prostituido su razón misma, en que se distingue de las bestias. Cuesta creer, en efecto, que se denomine “ciencia del derecho de gentes” la teoría y la doctrina de los crímenes de la guerra (…).

Por lo general, en Sudamérica la guerra no tiene más que un objeto y un fin, aunque lo cubran mil pretextos: es el interés de ocupar y poseer el poder. El poder es la expresión más algebraica y general de todos los goces y ventajas de la vida terrestre, y se diría que de la vida futura misma, al ver el ahínco con que lo pretende el gobierno de la Iglesia, es decir, de la grande asociación de las almas. Falta saber, ¿dónde y cuándo no ha sido ese el motivo motor y secreto de todas las guerras de los hombres? (…) ¿Qué es el poder en su sentido filosófico? La extensión del yo, el ensanche y alcance de nuestra acción individual o colectiva en el mundo, que sirve de teatro a nuestra existencia. Y como cada hombre y cada grupo de hombres busca el poder por una necesidad de su naturaleza, los conflictos son la consecuencia de esa identidad de miras; pero tras esa consecuencia, viene otra, que es la paz o solución de los conflictos por el respeto del derecho o ley natural por el cual el poder de cada uno es el límite del poder de su semejante. Habrá conflictos mientras haya antagonismos de intereses y voluntades entre los seres semejantes; y los habrá mientras sus aspiraciones naturales tengan un objeto común e idéntico. Pero esos conflictos dejarán de existir por su solución natural, que reside en el respeto del derecho que protege a todos y a cada uno. Así, los conflictos no tendrán lugar sino para buscar y encontrar esa solución, en que consiste la paz, o concierto y armonía de todos los derechos semejantes”.

Magistral la exposición de Alberdi. Habla del derecho criminal de las naciones, es decir, del derecho de las naciones más fuertes a sojuzgar a las más débiles. El derecho de las naciones más fuertes a imponer su voluntad a las más débiles utilizando su poder de fuego. La guerra es la expresión más cruel y descarnada de la ambición de poder del megalómano que se cree dueño del mundo. En consecuencia, siempre habrá guerras porque siempre habrá megalómanos dispuestos a conquistar y subyugar. Y porque las guerras constituyen un fabuloso negocio.

Anexo

La domesticación de Cristina

En su edición del 22 de septiembre La Nación publicó la primera parte de un editorial titulado “Crecientes y peligrosas expresiones de odio”, donde culpa exclusivamente a Cristina del odio que impera en el país. Comienza diciendo: “Motor de toda suerte de crímenes; razón de ser de muchos abusos, acosos, desprecios y, además, combustible de los prejuicios y alimentos de la discriminación y la intolerancia, el odio tiende a volverse peligrosamente incontrolable”. El odio es una feroz pasión que tiene mucho contenido irracional que termina por dominar a quienes están predispuestos a desearle el mal a los demás. Las situaciones cotidianas, diagnostica La Nación, cargadas de sinsabores, inseguridades y miedos, “son campo propicio para que la animadversión prospere y se desarrolle”. En consecuencia, cualquier inconveniente producido en plena calle, por ejemplo, puede provocar escenas donde el odio impone sus condiciones. Ante la mera posibilidad de un conflicto entre dos o más personas, la violencia desenfrenada puede desatarse en cualquier momento.

En los últimos tiempos, sentencia el mitrismo, fueron varios quienes, a través de sus conductas o de sus dichos, pusieron en evidencia sus odios y rencores personales. La Nación cita, entre otros, a Víctor Hugo Morales, Hebe de Bonafini, Luis D´Elía, Fito Páez y Juan Manuel Abal Medina, como ejemplos perniciosos de personas ganadas por el odio y el fanatismo. También cita a las redes sociales, las “estrellas del momento”, donde miles y miles de personas se escudan en el anonimato para descargar toda su furia contra quienes piensan diferente. Luego de citar la sabia frase de José Hernández “los devoran los de afuera”, La Nación reconoce acertadamente que “como sociedad, deberíamos reconsiderar hoy la vigencia de estas sabias palabras y rescatar el inestimable valor de la unión y de la reconciliación de todos los argentinos”. Y agrega: “Es tiempo de dejar de sembrar y alimentar odios y resentimientos desde el poder. De saber rescatar el valor de la compasión. De no seguir a los apóstoles del odio y la violencia, que procuran incansablemente dividir y enfrentarnos a los argentinos. Sin por ello dejar de defender los valores centrales en los que creemos. Es hora, asimismo, de buscar la unión de nuestra nación, a partir de un ideal común que promueva el diálogo, el respeto y la tolerancia (…) Debemos, en síntesis, aprender a conjugar el verbo contemporizar”.

Es exacto el diagnóstico de La Nación: hay odio en la Argentina. Pero yerra cuando afirma que el origen de este nefasto sentimiento está en la Casa Rosada. Para el mitrismo todos los males que padece el país tienen una sola y única culpable: la presidenta de la nación. Es Cristina la responsable que hoy la sociedad esté dividida en sectores antagónicos, irreconciliables; que el dualismo “amigo-enemigo”·esté más vigente que nunca; que la Argentina sea hoy un campo de batalla y no una sociedad civilizada. Cristina es una especialista en sembrar odios, en inocular en el cuerpo social el virus de la división. Una vez más, el mitrismo volcó por escrito su maniqueísmo político. Quienes siembran odio y rencor son, además de Cristina, D´Elía, Bonafini, Víctor Hugo y Fito Páez. Nadie duda que en reiteradas oportunidades partieron del kirchnerismo frases durísimas, misiles dialécticos, que en anda contribuyeron a la pacificación nacional Pero fueron respuestas a ataques feroces provenientes del arco opositor, del poder económico y comunicacional concentrado, y que La Nación ha ignorado olímpicamente.

A partir de la resolución 125, el orden conservador le declaró la guerra al gobierno nacional. Durante aquellos tremendos cuatro meses que duró la pulseada, los insultos y agravios a la presidenta de la nación se sucedieron sin solución de continuidad. Un dirigente de la Mesa de Enlace tildó de “aluvión zoológico” a una manifestación kirchnerista que se celebraba paralelamente a la manifestación campestre en Palermo, el tristemente célebre “viva el cáncer” resurgió con la fuerza de una metástasis. Cristina fue víctima de los peores y más soeces insultos jamás recibidos por presidente alguno. La Nación jamás los condenó. Mientras tanto, la televisión por cable del Grupo clarín se solazaba con los vómitos que salían de la boca de quienes se manifestaban en contra del gobierno nacional. El mitrismo jamás condenó a aquel grosero líder de la Federación Agraria entrerriana que prácticamente propiciaba la destitución de la presidenta. No sólo no lo condenó sino que lo apoyó expresamente. Cuando el vicepresidente traicionó a Cristina el 17 de julio de 2008, el mitrismo publicó decenas de cartas de lectores felicitándolo. ¿Así se ayuda a consolidar la unión nacional, apoyando a los destituyentes? En una oportunidad, Hugo Biolcati visitó a Mariano Grondona en su programa televisivo. Ambos hicieron apología del golpe de estado. La Nación ni se inmutó. Elisa Carrió se cansó de agraviar a Néstor Kirchner y Cristina. Sólo le faltó reconocer que deseaba que se murieran. La Nación ni se inmutó.

Para La Nación el odio tienen nombre y apellido: Cristina Kirchner. Ella y sus seguidores son los responsables por la crispación reinante. En la vereda de enfrente se encuentran las víctimas de la violencia gubernamental, los ciudadanos republicanos que anhelan vivir en paz y en libertad. Ha llegado la hora, pues, de la contemporización. “Contemporizar” significa “acomodarse uno al gusto o dictamen ajeno para evitar algún conflicto”, “transigir ante ideas o pretensiones de otro”. Vale decir que para el mitrismo Cristina debe acomodarse con el gusto de la derecha para eliminar las semillas de la discordia y el odio. Es Cristina la que debe cambiar y no el orden conservador, en suma. La derecha le está ordenando a la presidenta de la nación que debe “transigir ante ideas o pretensiones de otro” para garantizar la paz social. En otros términos: Cristina debe transigir ante la presión de la derecha para gobernar en paz. Sería bueno que alguien preguntara por qué la derecha no debiera también contemporizar para garantizar el diálogo y la concordia nacional. La respuesta es tan simple que a veces no se tiene en cuenta: la derecha no contemporiza porque se cree dueña de la Argentina. ¡Cómo va a contemporizar quien se cree dueño de todo! El editorial de La nación encubre un afán indisimulado de dominación, de subyugación de la voluntad de la presidenta de la nación. Detrás de su supuesto llamado al diálogo y a la unión nacional, se esconde su deseo de domesticar a Cristina, fase previa a la destrucción del cristinismo.

La derecha no quiere dialogar con el gobierno nacional, quiere que se termine cuanto antes., nunca toleró a Néstor Kirchner y, mucho menos, a Cristina. Jamás pudo controlarlos. Aprovechando la masividad del cacerolazo del 13 de septiembre, La nación le ordena a Cristina adoptar una actitud contemporizadora. Lo que busca es su capitulación. Para el orden conservador, el cristinismo es una pústula que corroe la salud de la república. En consecuencia, todo lo que haga para extirparla es legítimo. Este editorial, al igual que la segunda parte que aparece el domingo 23, sólo persigue esmerilar la autoridad presidencial, crear la sensación de “vacío de poder”· como paso previo a su “inexorable” e “!inevitable” caída. En 1966 la derecha acusaba a Illia de ser tan lento como una tortuga. En 1976, a Isabel de no saber hacer frente a la “amenaza subversiva”. En 2012, acusa a Cristina de fomentar el odio y la discordia. Siempre hay un motivo para destituir presidentes que no se adecuan al “orden natural de las cosas”. Siempre hay una razón para desconocer la voluntad de la mayoría. Siempre hay una excusa para renegar de la democracia cuando están en peligro los intereses de la oligarquía.

(*) Artículo publicado en Redacción Popular el 25/09/012.

Hernán Andrés Kruse