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Abuso sexual infantil: de esto tenemos que hablar

 Por Enrique De Rosa Alabaster – LA PRENSA

En época de desinformación omnipresente, la misma sirve a intereses opuestos entre sí. En uno de ellos se difundió que el Senado Francés aprobaba un ley pro pedofilia. La realidad fue en sentido contrario y es que en relación a un juicio que culminó hace unos días, respecto al abuso de una niña de 11 años donde el victimario alegó que fue consentido, la sociedad francesa reforzo la consigna de fijar un límite al consentimiento en los 15 años. El tema que por momentos se intenta situar en el terreno del debate, debe por el contrario ser parte de los acuerdos fundamentales de cada sociedad y es si los niños son sujeto de derecho y por lo tanto deben ser protegidos de manera real y no declamando para medios y público.

En 1977 se debatía en Francia la reforma del Código Penal, uno de los temas eran los delitos sexuales y dentro de esto, la edad de consentimiento (y la capacidad para) de las víctimas. Un famoso intelectual que luego protagonizaría un caso emblemático, Gabriel Matzneff, en 1976, había firmado una publicación defendiendo a los responsables de otro caso de los anales de la criminología francesa y mundial: el caso Versalles. En este caso menores en un camping habían sido víctimas de abusos sexuales alegadamente “consentidos”. Matzneff escribe bajo el título “¿Es el amor un crimen?” al tiempo que repudia el silencio de los intelectuales “quienes están de acuerdo”, según él. 

En 1977, es también Le Monde el medio que publica, en la edición del 26 de enero, el día antes del juicio por el caso Versalles, una petición de un nutrido grupo de intelectuales. Entre los firmantes estaban Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Louis Aragon, André Glucksmann, Gilles Deleuze, Roland Barthes, Guy Hocquenghem, los futuros ministros Jack Lang y Bernard Kouchner y unos 22 médicos de renombre, incluida la célebre pediatra y especialista en infancia Françoise Dolto. Es interesante notar en este caso la propia respuesta posterior de Dolto, en la que aclara que buscaba que la ley fuese más específica. Años más tarde, su hija Catherine, busca exponer su versión. Sin embargo, Foucault la mencionará posteriormente entre los firmantes, así como otros psiquiatras. 

Algún tiempo más tarde, una denuncia de abuso infantil pesa sobre un centro para niños autistas (el affaire Coral) que seguía los postulados de la antipsiquiatría (recordemos uno de los firmantes de la anterior carta era Guatari), en el cual algunos de los defensores son también asociados, pero el caso nunca fue suficientemente aclarado. Se puso en cuestión las actividades de ciertos centros llamados terapéuticos, no regulados. Lo interesante es ver la trama cultural en la cual el espíritu del ’68, la revolución, la libertad, el cambio, de alguna manera justificaba o al menos banalizaba crímenes.

En un libro de mediados de 2021, el conocido ensayista franco americano Guy Sorman, publica “Mon dictionnaire du Bullshit” (Mi diccionario de noticias falsas/mentiras), en el que habla de las ideas recibidas, y las falsas noticias. El libro sin embargo adquiere trascendencia pública por un capítulo titulado “Pedofilia”, en el que hace referencia a Michel Foucault con relación a ese tema. Relata cómo Foucault, en estadías en Túnez, habría pagado a menores para obtener “favores” sexuales, llevados a cabo sobre tumbas del cementerio de Sidi Bou Saïd. Sorman plantea y se pregunta en ese libro la razón por la cual la sociedad francesa protege a los intelectuales en particular en ese tema y así habla por ejemplo de J.P. Sartre. 

Por supuesto, el libro generó acalorados comentarios, notas en medios y artículos diversos tanto a favor como en contra, pero con una particularidad: en muchos el tema central era la orientación política de Sorman (contra el marxismo), que supuestamente invalidaría sus argumentos según sus detractores, que si embargo no cuestionan los hechos probados. Quizás en estas críticas la más preocupante es que el debate no se da sobre la edad, sino que en la medida que hubiera consentimiento quedaba de alguna manera justificado, o era al menos relativo. Sin embargo, ese ES el tema: la edad en la cual un individuo tiene capacidad para consentir, y si protegemos a nuestros niños o no, bajo la excusa de respetar sus libertades. Evidentemente esta estrategia se da en otras áreas con relación a la infancia, como he planteado en otro artículo titulado “Esterilización a los 16”.  

En estos días en los que, como decíamos, se informa erróneamente que el senado francés baja la edad de consentimiento, esta noticia parcial o falsa es aprovechada por estas nuevas entidades orwellianas, “los verificadores”, que aprovechan la noticia e invalidan toda crítica a personajes y aún asociaciones claramente pedofílicas (NamBla, por ejemplo) diciendo que bajo ningún concepto favorecen el abuso sexual y publicando el absurdo de que para ellos no existe abuso si hubo consentimiento. Ese latiguillo es el que se ha intentado imponer incesantemente en los últimos años para validar la pedofilia como una preferencia sexual no patológica ni punible.

La capacidad para otorgar consentimiento es la clave y casualmente ese es el título (Le consentement) que lleva el libro de 2020 de Vanessa Springora en el cual relata su relación, al comienzo de sus 14 años, con el célebre Gabriel Matzneff de 49 años en ese momento y cómo recién luego de varios años pudo reconocerse como víctima, ya que en su adolescencia estaba maravillada por ser elegida por una figura de ese renombre. También en este caso su defensa fue ejercida por los intelectuales de la época entre los cuales se encontraba Foucault. 

Al año siguiente, 2021, Camille Kouchner la hija del ex primer ministro francés Bernard Kouchner, quien había firmado la carta en defensa de los culpables del caso Versalles, publicó “La familia grande” (en español, en el original), un libro en el que relata cómo su hermano habría sido víctima de abuso de otro hombre “notable” para la cultura francesa, el politólogo Olivier Duhamel. El dilema que la autora comparte con sus lectores es saber si debe hablar ella pasando por encima de la privacidad de su hermano, señalando un interesante dilema que se consulta frecuentemente.

Todo esto se reactiva en estos días en relación con otro caso también en Francia, donde se cerró un caso con pena para el abusador de una niña de 11 años en el momento de los hechos (2017), en el cual el argumento del mismo era precisamente ese: que ella había consentido. En su momento, 2021, este caso había fijado el piso en 15 años, mediante una propuesta de no consentimiento automática, es decir, solo la edad ya implicaba no consentimiento. El “malentendido” mediático reciente, si se puede creer en ello, surgió porque se votó contra la “Ley Schiappa” en Francia que era la que fijaba la edad de consentimiento automático, es decir sin ningún otro prerrequisito, en 15 años tal como ocurre en otros países. En la Argentina la edad de consentimiento es fijada en 13 años, en la ausencia de otras condiciones que intervengan impidiendo gozar plenamente de la capacidad madurativa que daría la capacidad civil.

Todo esto en un mundo de Epsteins y Weinsteins, en donde los casos contra la Iglesia católica adquieren tal magnitud que obligan a indemnizaciones que están poniendo en serio riesgo la manutención de iglesias en Europa. Superado por el “tsunami” de denuncias, el Papa Francisco en una entrevista dice que la iglesia “hace lo que puede”.

Lo concreto es que es un tema en que los límites son cada vez menos claros y de hecho son presentados como anticuados y casi asfixiantes.
Es momento de hablar sin pudor del abuso sexual infantil. Ocurre todos los días, quizás a algún lector adulto le resultará familiar, pero todavía solo es aceptado como síntoma, hasta que no se acepte.



tierrapura