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Finlandia entierra la finlandización

 No escasean en Hollywood emocionantes películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero a la hora de generar simpatía por una causa noble –la lucha en solitario de un país pequeño contra un gigante agresor–, la película finlandesa El soldado desconocido ganaría a Salvar al soldado Ryan .

La memoria colectiva de la invasión soviética de Carelia en 1940 y la impresionante contraofensiva finlandesa tal vez ayuden a explicar, en alguna medida, el cambio sísmico de la opinión pública en Finlandia respecto al ingreso en la OTAN tras la invasión rusa de Ucrania. “Para muchos, Ucrania 2022, es Finlandia 1939. La lucha en solitario de aquella guerra se ha convertido en la analogía del trauma nacional”, resumió el analista geopolítico Tuomas Forsberg. A escasos metros de su oficina, en la emblemática Esplanade, tres jóvenes soldados de servicio militar recaudaban dinero para los veteranos de la llamada guerra de Invierno.

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El presidente de Finlandia, Sauli Niinistö, y el Gobierno finlandés han aprobado formalmente este domingo la solicitud de ingreso de su país en la OTAN, que previsiblemente será ratificada por el Eduskunta (Parlamento) la semana entrante.

El apoyo a la OTAN se había mantenido en cifras en torno al 30% a lo largo de años y décadas, legado de la llamada política de finlandización diplomática, considerada un modelo de convivencia pragmática con el vecino del este. Desde la invasión de Ucrania en febrero, se sitúa en el 75%.

“La OTAN crece porque pequeños países quieren proteger su soberanía; no es una amenaza a Rusia”

“De repente, entramos en modo pánico”, dijo Jussi Halla-aho, diputado del partido conservador nacionalista Verdaderos Finlandeses. Solo ocho diputados votaron en contra de la solicitud de ingreso (seis de la Alianza de la Izquierda y dos nacionalistas); 188 votaron a favor.

El tsunami pro OTAN en la opinión pública tampoco puede desvincularse de los grandes medios de comunicación, partidarios de la entrada en la Alianza desde hace años. “Los tabloides exageraban la amenaza rusa y en televisión, los tertulianos venían del pro OTAN Instituto Finlandés de Asuntos Exteriores”, dijo un diputado de la izquierda.

Así mismo, cualquier político que desaconsejara una decisión precipitada se convirtió en blanco de ataques. El respetado ex ministro de Asuntos Exteriores socialdemócrata Erkki Tuomioja fue tildado de corrupto y traidor por repetir lo que durante años fue la opinión mayoritaria: que entrar en la OTAN reduciría la seguridad del país en lugar de fortalecerla.

Lo cierto es que la colaboración de Finlandia con la OTAN ha ido estrechándose en los últimos años. En el 2021, el Gobierno socialdemócrata de la joven primer ministra Sanna Marin compró 64 cazabombarderos F-35 de fabricación estadounidense por unos 9.000 millones de euros. “No tiene mucho sentido”, dice Graham Wood, exacadémico británico de la Universidad de Helsinki, porque “el ejército finlandés es mucho más disuasorio que unos F-35”.

Con un ejército moderno de 280.000 efectivos en un país de 5,5 millones, pocos dudaban de la capacidad de Finlandia para defender su terreno en una guerra convencional.

Durante los 45 años de guerra fría, Finlandia aceptó, sin dramas, ciertos límites de la soberanía en un país que comparte una frontera de 1.340 kilómetros con una potencia militar que había ganado la guerra contra el nazismo en el este de Europa. El presidente Urho Kekkonen, el artífice de la finlandización socialdemócrata, perfeccionó el arte de la equidistancia respecto a la URSS y Estados Unidos con el apoyo de la gran mayoría de los finlandeses.

“Mis abuelos eran de Carelia y participaron en la guerra “, dice Jussi Saramo, diputado de Alianza de la Izquierda. “Pero siempre insistían en que teníamos que ser amigos con los rusos y hacer todo lo posible para que no hubiera más guerras”, añade.

La finlandización de la política de seguridad en la guerra fría coincidió con un innovador modelo socioeconómico que no era ni capitalista ni socialista. “Finlandia ejemplificaba la socialdemocracia nórdica, no alineada y fuertemente antimilitarista”, dice el historiador y analista político Heikki Patomaki . “Intentaba tender puentes entre Occidente y el Este; poner fin a la guerra fría y evitar una catástrofe nuclear”.

Ahora, bajo la nueva óptica pro OTAN, la finlandización se ha enterrado, percibida en muchos sectores como una humillación nacional perpetrada por una socialdemocracia corrupta.

El recuerdo de la guerra de Invierno sirve también para respaldar la idea de que la expansión constante de la OTAN desde 1990 responde únicamente a la necesidad de los países en la frontera rusa de no encontrarse solos ante el peligro ruso.

“La OTAN se ha ampliado porque pequeños países quieren proteger su soberanía; no es una amenaza a Rusia”, dice Forsberg. El presidente finlandés, Sauli Niinisto, trató de enfatizar este argumento en una llamada telefónica a Putin en la que insistía en que la decisión “no va contra nadie”.

Pero la entrada de los dos países nórdicos desata una dinámica peligrosa, advierte Patomaki: “Lo que me preocupa es que tenemos ya una escalada en forma de espiral; un bando actúa y el otro ve confirmados sus peores miedos. Luego el proceso se repite solo, al revés”.

De momento, la respuesta rusa se ha limitado a la interrupción del suministro de gas y electricidad a Finlandia, que fácilmente encontrará otras fuentes de oferta. Pero la espiral está en marcha.



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