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Una señal de alerta que sacudió al Gobierno

 El FMI y la administración Biden endurecieron su postura en la negociación de la deuda y dejaron al borde del colapso la estrategia de Guzmán; la reacción oficial y el viaje de Cafiero a EE.UU. 

La señal de alerta llegó con nitidez al Gobierno: la negociación con el FMI está peligrosamente estancada y los plazos para el acuerdo ideal se vencieron. La primera advertencia la había recogido la misión argentina que viajó a Washington a principios de diciembre. Contrariamente a lo que se había imaginado Martín Guzmán, los enviados recibieron un rechazo a su propuesta de parte del staff técnico y percibieron una intransigencia extrema sobre varios puntos en discusión. Allí murió el efímero “plan diciembre”, que incluía un primer entendimiento formal y el envío del proyecto plurianual al Congreso. En los días que siguieron hasta las Fiestas solo hubo silencio y distancia. Apenas una improvisada llamada con Kristalina Georgieva para rescatar a Alberto Fernández del fracaso del presupuesto. El Gobierno entendió entonces que se acercaba al precipicio. 

La primera semana del nuevo año el Presidente, junto con Guzmán, activó todos los resortes en un intento de evitar el descalabro. No solo impulsó la reunión con los gobernadores para socializar la incertidumbre, sino que apuntaló gestiones directas con EE.UU., en la convicción de que allí está la clave política para destrabar el problema. El canciller Santiago Cafiero prepara un viaje crucial a Washington para reunirse este mes con su par Antony Blinken y demostrar la sensibilidad del tema. Mientras tanto, el embajador Jorge Argüello satura su agenda de reuniones con funcionarios de Joe Biden y del staff del Fondo. Como prueba de la urgencia, en sus tres primeros días como nuevo director del Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, el brasileño Ilan Goldfajn ya dialogó con toda la línea oficial, incluyendo a Guzmán. Uno de los que habló con él lo definió como “un ortodoxo, pero pragmático, que conoce bien la situación del país, pero tampoco va a querer transformarse en un nuevo (Alejandro) Werner”, su malogrado antecesor, que debió dejar su puesto tras meter los dedos en el enchufe argentino.

En el Gobierno existe la convicción de que en la administración de EE.UU. tienen el acompañamiento del sector político que integran el Departamento de Estado y una parte de la Casa Blanca. Pesan allí los lazos establecidos con el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, y su segundo, Juan González. Ambos, junto a Blinken, integran el círculo de confianza de Biden desde su época de vicepresidente. Pero del otro lado están los duros de la Secretaría del Tesoro, encabezados por Janet Yellen, quien está acompañada por David Lipton, negociador de la deuda con el macrismo cuando estaba en el FMI. Aquí pesa la mirada técnica, desde donde se observa a la Argentina como un incumplidor serial en materia de deuda externa. Allí todavía permanece toda la línea técnica que avaló el acuerdo de 2018, y que no está dispuesta a suicidarse saltando dentro de la grieta entre kirchneristas y macristas.

Esas señales duales tienen confundido a Alberto Fernández, a quien le preocupa el silencio de Biden, en definitiva, quien deberá saldar la discusión. “No sabemos qué piensa. Por ahora deja jugar a unos y a otros, pero creemos que al final se va a terminar inclinando por la línea política, con la que se siente más afín”, confían en el Gobierno.

Al inicio de su gestión Biden pareció desarrollar una agenda activa para América latina, con una atención particular en la Argentina. No solo hubo fluidos contactos con Sullivan y González, sino que también vinieron altos mandos militares, como el jefe del Comando Sur, Craig Faller. Después todo se desvaneció ante las urgencias de un mundo convulsionado. Según reseña el académico Federico Merke, “hoy las prioridades en política exterior de Biden son dos: una, reagrupar el ‘mundo libre’ para hacer frente a la amenaza de Rusia y China; la otra, alentar una fuerte agenda contra el cambio climático. En este contexto, más allá del impulso original, América latina termina teniendo una baja incidencia”.

Otra foto movida

La reunión con los gobernadores fue pensada originalmente como una manera de sustituir la fracasada imagen de consenso político que debía brindar la aprobación del presupuesto. “La idea era transmitir el riesgo de que no haya acuerdo. Se apuntó no solo a enviar una señal al FMI, sino también hacia el interior de la coalición y a la oposición. Socializar el problema y darle la dimensión que hoy tiene para nosotros”, explica un asesor del oficialismo, que vio circular una encuesta en la Casa Rosada en la que más de la mitad de los consultados le atribuye a Alberto Fernández la mayor responsabilidad por la deuda. Sin embargo, otra vez la foto que imaginó el Gobierno salió movida.

La convocatoria la planificaron entre el Presidente y Guzmán, quien se encargó de enviar las invitaciones por escrito. Cuando faltaban pocas horas no solo se habían bajado los gobernadores opositores, sino que varios de los peronistas no terminaban de confirmar. Corrió una preocupación real de que la reunión fuera un auténtico fiasco. Debieron intervenir Juan Manzur y Wado de Pedro para saturar los teléfonos y tratar de garantizar una participación digna. Hubo justificaciones por el Covid y vacaciones camufladas, pero lo cierto es que los mandatarios provinciales no estaban nada entusiasmados con compartir los costos de una negociación incierta de la que ignoran casi todo. Fue algo así como una ola de aislamientos preventivos. La figurita difícil fue Alicia Kirchner, ya que su ausencia hubiera sido demasiado sensible en un momento en el que es anfitriona de su cuñada. Finalmente lograron que apareciera por Zoom y hubo alivio en la Casa Rosada.

En Economía reconocen que no recogieron el nivel de apoyo que esperaban, ya que hubo demasiados cuestionamientos para ser tropa propia. Influyó la decisión del propio Presidente de transmitir en vivo toda la discusión para exhibir la profundidad del problema. También creyeron ver en los señalamientos de Jorge Capitanich y de Axel Kicillof parte de los reparos del kirchnerismo. Guzmán fue duramente criticado esta semana en varias conversaciones entre Buenos Aires y Santa Cruz, donde descansan Cristina Kirchner y su hijo Máximo, mientras evitan un contacto estrecho con el virus de la deuda. “Todos pensaban que a esta altura la negociación iba a estar más encaminada y ahora nos dice que está en riesgo el acuerdo”, remarcan en el Instituto Patria, donde creen que el endurecimiento del FMI está conectado con la derrota electoral del Frente de Todos y la posibilidad de un cambio de rumbo en 2023. A ellos se suma Sergio Massa, quien cada vez oculta menos sus diferencias con el ministro de Economía.

Hay dos razones centrales para la frustración kirchnerista. La primera surge de la confirmación definitiva de que, como era previsible, todos los logros simbólicos que esperaban obtener en la negociación se truncaron, desde la hipótesis de un repago a 20 años hasta el canje de deuda por cuotas ambientales. El desengaño más duro de todos fue la exclusión de una revisión de los sobrecargos, que había sido forzosamente gestionada por la Argentina en la cumbre del G-20 y que el FMI menospreció. “Alguien vendió que alguna de estas alternativas era viable, y se habían ilusionado”, admite un funcionario del gabinete. El exceso de voluntarismo no es un buen rector en la política exterior de un país periférico.

La segunda, y quizás más decepcionante para el latir camporista, fue la comprobación de que el informe de autoevaluación que hizo el FMI del crédito al gobierno de Mauricio Macri no fue todo lo contundente que esperaban, aunque en público lo sobreestimen para sostener la retórica. “El Fondo está actuando en una forma increíble, pensábamos que iban a estar con cola de paja, pero están obrando como si no tuvieran nada que ver con el problema de la deuda”, se quejan en el núcleo cercano a Máximo.

Allí pareció apuntar Kicillof con sus cuestionamientos, a partir de la mención que hizo Guzmán respecto de que no todos los actores del board del FMI estaban de acuerdo con el informe ex post sobre el préstamo de 2018. El razonamiento detrás de su intervención fue que si no hubo consenso para cuestionar aquel crédito millonario, tampoco lo habrá para entender lo que para él es el punto clave: que un entendimiento excepcional requiere de un repago excepcional. En su entorno explicó días después que “si no se comprende este punto, estamos hablando del mismo Fondo de siempre. Quizás EE.UU. no quiere aceptar el error que cometieron con el macrismo. Por eso el planteo es que, si no se acepta el sendero fiscal propuesto, hay que revisar la estrategia”. La frase “revisar la estrategia” sacudió las placas subterráneas del oficialismo, porque algunos lo interpretaron como una amenaza de patear el tablero. Después desde La Plata relativizaron el comentario. Pero la expresión permaneció en el aire.

El maestro de los eufemismos

En la última semana, Guzmán, maestro de los eufemismos, corrió algunos riesgos al adaptar peligrosamente su mensaje a los objetivos de la negociación. Lo hizo cuando le atribuyó el estancamiento a “la falta de consensos internacionales”. Es cierto que resta un aval político de los principales accionistas del organismo, porque no solo EE.UU. exhibe firmeza, sino también los europeos y Japón están intransigentes, aunque no se van a desmarcar de las decisiones de la Casa Blanca. Pero diluyó el dato de que tampoco hay progreso en la cuestión económica. Y acá cometió una contravención mayor: dijo que el único punto en el que persiste desacuerdo es en la senda fiscal, cuando tampoco hay consenso en los otros dos ítems conflictivos: cómo se financia el déficit y cómo se resuelve la brecha cambiaria, problemáticas que conectan con el nivel de emisión y con una posible devaluación. Una fuente oficial que participa de las conversaciones con el FMI reporta que “hoy el énfasis del Gobierno está puesto en el sendero fiscal, pero no es el único. Los otros temas tampoco están resueltos”.

Esa compulsa indica que el FMI reclama un déficit de 2,5% para 2022 y un equilibrio para 2025, mientras Guzmán propone un déficit de 3% este año y un equilibrio para 2027. Parece extraño que esa diferencia sea la que estanque el diálogo. En reserva el oficialismo avala que Guzmán traduzca la disputa por el déficit como una guerra santa porque necesita hablarle a su frente interno. Es parte de la lección aprendida después de que La Cámpora atribuyera la derrota electoral al “ajuste” que aplicó el año pasado. Pero es una simplificación. La negociación está empantanada en varios frentes. De ahí las sensaciones que transmite el Gobierno, de que las tratativas son extremadamente tensas en este momento, pero que al mismo tiempo de que son un indicador de que se está llegando al núcleo de la discusión. “O se destraba todo, o se cae”, sintetiza un diplomático. Pese a ello, no hay en el oficialismo quien piense en el default como una opción. Lo que nadie responde es qué pasará si, tal como ocurrió con los bonistas, Guzmán es forzado a ceder fuerte a último momento. Allí otra vez emerge la alternativa de un acuerdo “light”, que permita pasar los próximos dos años sin cesación de pagos, hasta la llegada de un nuevo gobierno.

Un viaje olímpico

El espíritu equilibrista de Alberto Fernández quedó comprometido con tanta atención puesta en EE.UU. Por eso se dio el lujo al mismo tiempo de asumir la presidencia de la Celac, un organismo del progresismo regional que comparte con Venezuela, Cuba y Nicaragua. En la Cancillería aseguran que esta señal convive pacíficamente con la prioridad de seducir a Washington y por eso el Presidente resaltó en su discurso inaugural que no es un foro en contra de nadie. La polémica por el aval a las violaciones a los derechos humanos en esos países recibe siempre la misma respuesta oficial: en la ONU se apoyan los informes críticos, pero no habrá decisiones que afecten el principio de no injerencia.

Sin embargo, no le resultará sencillo al Gobierno disimular el dato de que hace solo un mes la Celac firmó un amplio convenio con China que promueve un mayor intercambio en diversas áreas, desde cuestiones militares hasta el 5G. Nada más irritativo para las prioridades de Biden. O quizás sí. Alberto Fernández avanza con los trámites para viajar a Pekín a principios de febrero, cuando se cumplan 50 años de relaciones entre la República Popular y la Argentina. Claro, hay un detalle adicional: será cuando se estén desarrollando los Juegos Olímpicos de Invierno, que fueron boicoteados por EE.UU. Difícil imaginar que entre patinadores y esquiadores olímpicos Biden no distinga la figura zigzagueante del atleta Alberto.

Jorge Liotti