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Lo que la pelea con Ciudad oculta: la situación sanitaria y una posible jugada para anular las PASO

 El acuerdo que el Gobierno tenía casi cerrado con la oposición por el calendario electoral corre riesgo. La movida para ir directo a la general sería un fracaso de la política. Tan grande como la judicialización del conflicto por las clases presenciales.

El presidente Alberto Fernández aseguró que “debemos seguir cuidándonos más allá de la negación de algunos”. Refirió a la segunda ola del coronavirus en la Argentina que, con encierros o sin ellos, continúa su propagación. Agregó: “hay que seguir así frente a una realidad que nos contagia y nos mata”.

Podrá pensarse que el mandatario hizo aquella exhortación de manera general. Es cierto que hay ciudadanos que enfrentan el presente desafío sin tomar prevenciones mínimas. En muchos casos, resulta difícil adoptarlas por las condiciones en que transcurren sus vidas. Puede pensarse también que Alberto haya deslizado la recomendación antes con sentido político que sanitario. Quizás el puerto final haya sido el jefe de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, renovado enemigo que construye el kirchnerismo para distraer la crisis de la pandemia.

El Presidente posee, en ese terreno, una dificultad. Su palabra carece de solvencia por una razón simple. Contrajo coronavirus aún después de haber recibido las dos dosis de la Sputnik V, la vacuna rusa. Generó incluso una carga viral que sorprendió a los expertos del Instituto Gamaleya, de Moscú. ¿No se cuidó lo debido? ¿O forma parte también de la legión negacionista que denuncia ahora? Con sólo repasar muchas de sus actividades públicas en pandemia –incluido el velorio de Diego Maradona- podría hallarse respuesta a alguna de aquellos interrogantes.

Rodríguez Larreta también contrajo la enfermedad. Pero habría tres diferencias respecto del Presidente. Todavía no se vacunó. No se lo ha visto, públicamente al menos, en llamativas situaciones de descuido. También desde su lugar de poder suele hacer recomendaciones generales. Aunque se esfuerza por no pontificar ni convertirse en ejemplo para nadie. No implica, sin embargo, que el afán político no envuelva sus acciones. Está en la naturaleza de los hombres enfrascados en la vida pública y del poder.

Fernández (Alberto) y Rodríguez Larreta son ahora los actores centrales en la crisis de la pandemia. Sólo en el plano político. Observados desde ese cristal ayudan a comprender por qué la Argentina está postrada desde hace décadas. No les cabe la misma responsabilidad porque uno es la máxima autoridad del país y el otro el jefe reelecto del segundo distrito en relevancia.

Ambos tienen sus problemas. Lejos están de ser de parecida dimensión. Alberto no solo ha perdido autoridad de palabra. Viene resignando casilleros, además, en lo alto del poder. Además, en el entramado indescifrable que representa tantas veces el Frente de Todos. Su conducción de la pandemia, que lo empujó al comienzo (2020) a picos de popularidad, lo lleva ahora a la caída de confianza social y al corsé que le impone el ala dura del kirchnerismo.

Su reciente giro en las nuevas restricciones para afrontar la segunda ola fue una demostración del peso que representa Buenos Aires. Con cinco nombres que, bajo la supervisión de Cristina Fernández, tallan cada día más. El gobernador Axel Kicillof; el diputado Máximo Kirchner, el ministro de Seguridad, Sergio Berni; los encargados del área de Salud, Daniel Gollán y Nicolás Kreplak.

Todos ellos terminaron estableciendo condiciones para que Alberto endureciera restricciones. En especial, el regreso a las clases presenciales. El detonador, quizás único posible, del conflicto con la Ciudad y con Rodríguez Larreta. El gran objetivo de la vicepresidenta desde que en tiempos de campaña descubrió que “los helechos porteños tienen luz y agua”. El propio Presidente, bastante más tarde, descubrió que la urbe en que reside desde hace seis décadas es “opulenta”.

El fracaso de la política

Quizás sin darse cuenta, Sergio Massa, el titular de la Cámara de Diputados, hizo en las últimas horas una aproximación a la verdad. O, al menos, a un diagnóstico atendible. Dijo que cuando las cosas se judicializan “es porque la política fracasó”. Apuntó a la próxima intervención de la Corte Suprema en el pleito abierto con la Ciudad por el regreso a las clases presenciales. Después de una maraña de recursos judiciales en instancias diversas. No descubrió nada. Pero distribuyó, pese a todo, una brisa aliviadora en una nación intoxicada por las farsas de su clase dirigente. ¿No es un fracaso de la política, también, cuando alguien proclama la cárcel para los corruptos y termina aliado a los sospechados de corrupción?

Esta confrontación viene escalando justo en el momento que sectores oficiales pugnaban por crear algún clima de concordia para abordar un tema que les inquieta, pese a la tragedia que muestra la pandemia: la modificación del calendario electoral. Eduardo De Pedro, el ministro del Interior había recorrido con bastante éxito, las semanas anteriores, el espinel opositor.

No encontró resistencias infranqueables en Juntos por el Cambio. Sólo algunas condiciones (analizar a futuro la boleta única o dejar sin efecto el DNU de Alberto que limita el voto de los residentes en el exterior), que también replicaron los diputados que responden el ex ministro Roberto Lavagna. Nada que no se pudiera conversar.

La colisión del fin de semana por las clases presenciales en las escuelas puede haber cambiado las condiciones. De hecho, el propio Massa canceló una reunión prevista para este miércoles. Y el ministro del Interior está al tanto del compás de espera que se abrió en Juntos por el Cambio. Luego de una cumbre en la cual predominaron coincidencias.

Habrá que ver si el fallo de la Corte Suprema, en favor de uno u otro, repone la cordura. Difícil imaginarlo si el afectado fuera el Gobierno. En ese caso, tal vez, podría suceder algo peor. Que las negociaciones nunca se reanuden. Que el calendario quede como está. PASO en agosto y legislativas en octubre. Según resulte el progreso de la campaña de vacunación y la dimensión del impacto de la segunda ola, el kirchnerismo estaría en aptitud de actuar por cuenta propia. En Diputados, con sus satélites, puede orillar los 130-2 votos. El cálculo está hecho. En el Senado no existen escollos. ¿Para qué? Anular las PASO por razones de emergencia y llevar la pelea directo a las legislativas. Incluso, algún mes después de octubre. Sería, como dijo Massa, otro fracaso de la política. También un escándalo seguro. 

Eduardo van der Kooy