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La sombra de Guillermo Moreno, detrás de las decisiones de Alberto Fernández

 El cepo a las exportaciones de maíz lleva el sello del ex secretario de Comercio, igual que el comentario de Fernández sobre la carne. En 2008, pleno conflicto por la 125, Moreno frenó un acuerdo que piloteaba el actual Presidente

La historia, contada por uno de sus protagonistas, es de mediados de 2008 y reconoce cierto parentesco con otra que sucede hoy mismo. Ocurrió cerca de la medianoche en despachos encumbrados de la Casa Rosada, durante el encarnizado conflicto con el campo por la Resolución 125 y justo cuando los contendientes estaban a punto de hacer las paces. Gobernaba Cristina Kirchner.

Dentro de una oficina esperaban noticias los cuatro presidentes de las entidades representadas por la Mesa de Enlace y sus vices. En otra, próxima, deliberaban quienes entonces eran el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el ministro de Economía, Martín Lousteau, y los secretarios de Comercio, Guillermo Moreno, y de Agricultura, Javier de Urquiza.

Después de largas horas de cruzar posiciones, Fernández ya había aprobado el comunicado con las condiciones del pacto acordadas y redactadas por Lousteau. Faltaba que los dirigentes agropecuarios firmaran el acta, una formalidad. Casi un final feliz y a toda orquesta.

Solo que entonces, en la sala de los funcionarios, saltó Moreno y de un golpe desbarató todo. Gritó: "Estos tipos nos van a primerear. Seguro que ya están hablando con los que aguardan en las rutas pidiéndoles que las corten de nuevo. Hay que impedir que se junten con los otros".

-"Y qué... ¿los vamos a hacer desaparecer apenas salgan de aquí?", disparó con ironía Lousteau.

-"En la mayoría de los ministerios de Comercio del mundo hay cárceles para infractores graves, y yo tengo una. Busquemos algún motivo legal, algún juez amigo, y hacemos que los metan presos a todos", retrucó Moreno. 

-"Decime, ¿cuántas personas caben en tu cárcel?", insistió el desconfiado.

-"Bueno... entran tres o cuatro, pero del resto me ocupo yo personalmente. Los retengo en mi despacho el tiempo que sea necesario, a punta de pistola", respondió el secretario de Comercio. Moreno acostumbraba a mostrar un revólver sobre su escritorio, cada vez que enfrentaba reuniones tormentosas con empresarios.

Finalmente, no hubo ni presos, ni revólveres, ni tampoco arreglo. Y Julio Cobos le puso la lápida a la 125, aunque siempre quedó flotando una duda grande como un campo: que, durante el frustrado arreglo de la Rosada, Moreno hubiese actuado por orden de Néstor Kirchner y detrás de la repetida consigna K de tener, siempre a tiro, un rival con quien pelear, útil para la platea propia o para tapar otros problemas.

Pregunta cantada: ¿ese rival será nuevamente el campo y ahora por decisión de Cristina vicepresidenta? Ya fuera del gobierno, Fernández ventiló en público algo que, tímidamente, había ensayado intramuros: considerar riesgosa y demasiado prolongada a la guerra con los productores. Pero se sabe, Fernández es el Fernández que hoy puede decir una cosa y mañana otra diferente o directamente la contraria.

Lo que por de pronto tenemos plantado es un cepo a las exportaciones de maíz, o sea, una salida al estilo Moreno aplicada durante el gobierno de Fernández con el argumento de frenar las subas en el precio del pan y defender la mesa de los argentinos. Si esa es la clave, estamos hablando de la cada vez más desprovista mesa de los argentinos.

Justamente, el caso del maíz puede ser una vía que permita entender por qué el Presidente salió de pronto con eso de que los argentinos deben pagar por el kilo de carne lo mismo que un chino, un francés o un alemán. Si el comentario apunta a preparar el terreno para restringir las exportaciones de carne, como podría sospecharse, la comparación y el foco resultan de lo peor: aquí los bifes son caros, pero cuestan de cuatro a cinco veces menos que en Alemania.

Sobre el punto habla otro antecedente de esta historia circular: también en medio del conflicto por la 125, Moreno llegó a parar un cargamento de carne ya embarcado y listo para salir.

Ahora con el telón de fondo del paro agropecuario, vuelve a quedar claro que el Presidente cultiva una manifiesta inclinación por las definiciones y los pregones altisonantes, a veces revestidos de cierto tonito autoritario, siempre cancheros y no siempre correspondidos por la realidad. De ese repertorio es una súper promesa, lanzada durante la campaña electoral y recontra actual: aseguró que en cuatro años la Argentina duplicaría sus exportaciones.

Y dado que se trataba de dimensiones enormes, no habría venido nada mal que hubiese dicho, al menos insinuado, cómo y con qué instrumentos escalaría a semejantes alturas. Una precisión de este tiempo, antes de pasar a las dimensiones: la soja a 500 dólares la tonelada ayuda, pero está muy lejos de acercar las ventas externas al pronóstico del Presidente y obviamente no es obra de ninguna política sectorial. Además, ahí existe mucho de caída de cosechas por sequía y, quizás, un fenómeno transitorio.

En cualquier caso, duplicar las exportaciones durante la gestión de Alberto F. significaría trepar sin escalas ni despistes desde los US$ 65.115 millones de 2019 a US$ 130.230 millones en 2023. Esto es, un salto tan impresionante como bastante improbable si no directamente improbable.

La marca histórica son los US$ 82.981 millones de 2011, lo cual equivale a decir que según Fernández en cuatro años superaríamos en alrededor de US$ 47.200 millones un récord histórico que se mantuvo recontra firme a lo largo de nueve temporadas. Y cuando, para más datos, la soja también cotizaba a 500 dólares la tonelada. Desde luego, no hace falta someterse a la regla del creer o reventar.

Pero si ya de entrada cuadruplicar las exportaciones sonaba a proeza, un año sin política de comercio exterior o peor, con una estrategia discrecional, cambiante, a veces contradictoria y oscura potencia las urgencias que mandaban claramente a fines de 2019. Esto se llama escasez de divisas y explica la cadena de decisiones de apuro que estos días ha tomado el Banco Central: desde presionar a los exportadores para que liquiden los dólares de sus operaciones y poner a dieta a los importadores, hasta cerrar compras externas con el muy dudoso argumento de que son suntuarias.

La pandemia sacude a todo el mundo, solo que en el caso argentino cae sobre un territorio ya minado. Datos de un informe de la consultora Abeceb cuentan que nuestras ventas al exterior bajan 15%, contra el 10,5% promedio de América latina y el 8,4% del Mercosur.

Estadísticas del INDEC revelan otro costado fuerte del retroceso, esta vez de un retroceso sistemático. En ascenso, las exportaciones de productos primarios y de manufacturas agropecuarias de escaso valor agregado representan el 71% del total, mientras las industriales puras apenas llegan al 23,5%.

En semejante escenario el Gobierno libra una nueva batalla contra el campo, con la vieja relación costo-beneficios jugando a pleno. Pregunta: ¿cuándo aparecerá el verdadero Moreno y no su sombra?

 Alcadio Oña