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"NO ES SÓLO LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO" Washington – Moscú: Argentina juega sin guerra fría

 Donald Trump perdió en su ley: tanto agitó a la sociedad que muchos le abandonaron aún cuando Joe Biden fuese un pésimo candidato. ¿Habrá creído que poniendo a la sociedad en una licuadora olvidaría el derrumbe de la economía y el empleo en el covid19, y los muertos? Ahora, en el post comicio, Trump siguió agitando, quizás para victimizarse y así apostar a conservar un capital político. Él tiene 74 años, ¿creerá que puede volver a ser candidato a los 78, en 2024? Eso sería romper todas las reglas en USA pero para Trump no hay reglas. Biden tiene 77 años, y el 20/11 cumplirá 78 años, ¿por qué no? Por lo tanto, está claro que Trump no se irá a su casa: o la autoridad impositiva IRS 'lo empoma' o subirá la apuesta considerando que su elección fue buena. Explicado esto, vamos al análisis del comicio, y su flanco argentino.


Por estas horas Joe Biden comienza a probarse el traje de Presidente de la potencia N°1 de la Tierra. Siempre es útil recordar que EE.UU representa 25% del PBI mundial, seguido por China que alcanza 15% del PBI. 

Esta hegemonía planetaria empieza a estar en entredicho, entre otras cosas por liderazgos como el del casi seguro derrotado Donald Trump, quien al cuestionar los resultados que van llegando por correo, pone a USA a la altura de las democracias tercermundistas o de baja intensidad, en palabras de la ciencia política.
  
El genial Eric Hobsbawm -historiador británico de sólida formación marxista- definió al siglo XX como "el siglo corto". Centuria dominada por la hegemonía estadounidense, que encuentra en la caída del muro de Berlín, su 'non plus ultra', su clímax por excelencia. 

De ahí en más, la aparición de China como jugador global -gracias a la globalización que inventó Washington DC, y perdió, vale la pena recordar- y las propias torpezas del 'imperio americano', determinan que el siglo XXI, que ya tiene pantalones largos, encuentran a USA en situación de franco retroceso. 
   
Pero vamos a lo que vamos y tratemos de evaluar por qué pierde Donald Trump su reelección, después de 3 años de los 4 de mandato en los que la economía tuvo una performance claramente favorable para los bolsillos del ciudadano de a pie.

Sin dudas, la crisis del nuevo coronavirus es el comienzo de su debacle. 
La nula empatía que él mostró con las consecuencias de un virus que provocó más de 200.000 muertes en USA, inició su tumba política. 

Primero, él negó la existencia del Covid-19.

Después, él actuó a la saga del problema. Nunca pudo liderarlo. 

Pero los líderes son así, eligen un camino, aciertan o yerran. Podríamos decir que Jair Bolsonaro hizo tres cuartos de lo mismo, con una “pequeña” diferencia: él no enfrentaba un inminente calendario electoral porque se declaró prescindente en los comicios de medio término que son en diciembre. 

El Partido Demócrata recuperó el llamado 'cinturón del óxido' (rust belt), los estados de las grandes industrias manufactureras. 

Biden se impone finalmente en Míchigan, Wisconsin y, aparentemente, en Pensilvania, donde en las elecciones 2016 había ganado Trump a Hillary Clinton. 

No se trata que esa región haya abandonado a Donaldo por completo. Las zonas rurales de esos estados dieron su voto a los republicanos, pero en las urbes le dieron la espalda. Y aquí se encuentra una de las claves del asunto. Algo falló en Trump, algo no fue del todo creíble. 

Esos territorios han vivido la depresión de las deslocalizaciones de fábricas, producto de la globalización tan cara al ideario demócrata. Sus habitantes recogieron con ilusión a ese 'outsider' que hace 4 años prometía proteccionismo, frente a la invasión china. 

Pero es evidente que la desmedida tensión polarizadora del discurso de Trump, que en las refriegas raciales alcanzó su punto de máximos, le terminaron jugando en contra. 

Lugares como Kenosha (Wisconsin), donde en agosto se registraron escenas de gran violencia entre policías y manifestantes, terminaron de inclinar la balanza en favor de Biden.

El voto por correo es, sin duda, una de las explicaciones para comprender por qué hasta estas horas, Joe Biden es el Presidente electo más votado de la historia de los Estados Unidos. 

Producto de los efectos de la pandemia, la modalidad del voto por correo tuvo una afluencia inusitada, y al establecerse tiempos laxos para el mismo, permitió que muchos votantes descreídos votaran evidentemente por la opción demócrata. 

El votante demócrata ha sido, en forma tradicional, más desmovilizado que el republicano. Al observar el “delay” que hay con los votos esperados (así se llama al voto realizado con antelación), es obvio que este se inclinó por la vía azul (color del Partido Demócrata).  

El estado de Arizona, tradicional reducto de los republicanos, no explica centralmente la elección, pero dice mucho. Al estar cercano a México, la discusión sobre el muro que Trump decía querer levantar en la frontera, cobró en Arizona especial atención. 

Los votantes latinos de Arizona (23% del padrón total) se volcaron por la variante demócrata; y la absurda pelea que en su día tuvo Trump con John McCain (héroe de guerra y figura mítica en Arizona) explican el tropezón. 
  
Dichas estas consideraciones, sería faltar al rigor analítico, no admitir que Donald Trump obtuvo más sufragios del que le auguraban los encuestadores. Su figura es la de un formidable comunicador, digno de estos tiempos tan curiosos. 

Capaz de decir una cosa y la contraria casi al mismo instante, arrastra en su personaje todas las connotaciones de 'un distinto', concepto que no necesariamente es positivo. No pertenece al 'establishment' de la política, rompe en todo momento con las formas y con las reglas y, por sobre todas las cosas, es imposible predeterminarlo. En cualquier momento da la sorpresa. Esto puede ser positivo... o negativo. 

En un mundo donde se impone la uniformidad como estética dominante, Trump parece no encajar. Sin embargo el conocimiento que tiene de las simples preocupaciones del común de los mortales, lo vuelven diferente. 

De todos modos, si existiera el juego en el que Trump opinara de Trump, diría que estamos en presencia de un perdedor.
    
Siempre está la tentación de pensar cómo influiría en la Argentina la victoria de una opción u otra. Lo cierto es que en países donde prevalecen  no las amistades, sino los intereses permanentes, como ocurre en USA, los cambios que puedan acontecer con respecto a nuestro país, gobiernen demócratas o republicanos, son sencillamente mínimos. 

Dicho esto conviene seguir de cerca la designación que haga Biden al frente del Tesoro de USA. Es sabida la intensa relación que tiene Wall Street con los demócratas y para ese puesto clave suena Larry Fink, titular del fondo BlackRock. 

Larry Fink acaba de ventilar que “pasará mucho tiempo para que vuelvan las inversiones a Argentina. Hay sitios más seguros para invertir que en la Argentina. En este momento no tenemos confianza, hay una enorme volatilidad, saltan de una política a la otra”. 

Después del controvertido paso de BlackRock por estas pampas, no sería precisamente el pie derecho el que comience la relación, si nos toca en suerte a ese hombre al frente del Tesoro americano.
   
Y hablando de confianza y coherencia, es importante no jugarse el crédito que logró restablecer el gobierno de Alberto Fernández al parar la corrida cambiaria hace exactamente dos semanas. Y el crédito en este caso no es de orden financiero. Tiene que ver con la vacuna contra covid-19, que inicialmente.

Es probable, si se acierta con el fármaco, que la Argentina pueda saltar la 2da. ola de la pandemia, y esa sí que sería una gran noticia. 




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