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'Dipy' el Desclasado, guía para entender el prejuicio kirchnerista

"Se aprovechan de la ignorancia de la gente humilde y les dan plata, les dan una bolsa de comida, lo he visto, y les cuesta la boleta. ¿Sabés lo que hacen? Los hacen pobres"
El Dipy

David Martínez es El Dipy, un popular cantante de cumbia que curiosamente saltó a la fama política en estos días. El cantante se peleó con Pablo Duggan, Pablo Echarri, Diego Brancatelli y con toda clase de referentes del Frente de Todos. En la segunda línea de ataques, recibió improperios desde las redes sociales y movilizó tal nivel de ira oficialista que vale la pena preguntarse: ¿qué poder de corrosión política puede tener para el kirchnerismo?
Para entender esto primero debemos entender la estructura del fanatismo. Nuestra elocuente grieta política se alimenta de una especie de barrabravismo que no necesita y de hecho, abjura de la razón y el diálogo. El mismo Pablo Echarri había declarado que su adscripción al movimiento político que apoya, era fanática y que no le importaban los datos. Aceptando que es propio del fanático, que aunque viera en sus propias narices algo malo, eso no haría mella en su apoyo, tal vez podamos entender por qué molesta tanto El Dipy. 
No se diga que todo el andamiaje no es congruente: El Dipy, el personaje (no hablamos aquí de la persona) es un constructo que parece salido del más rancio relato kirchnerista. Un artista popular, de un género mayoritariamente popular, un lenguaje popular y un diseño indumentario popular. Y cómo el kirchnerismo asume que lo “popular” le pertenece, la crítica del personaje la viven como una traición. Una “traición de clase”
Todo esto siempre hablando en el plano simbólico. Sabemos que sólo en el plano simbólico se puede sostener la dualidad kirchnerismo/pobres. Que el movimiento político se adjudique la representación del colectivo “los pobres” no significa que sus dirigentes conozcan ni lejanamente algún tipo de carencia material. Tampoco interesa acá si el Sr. David Martínez nada en dinero o se encuentra en algún matiz de ese estadío a la pobreza más absoluta. Después de todo, es también un constructo la pretensión de cercanía a las clases populares de los señores Echarri o Brancatelli. 
Pero pasó que El Dipy, ese señor al que daban por suyo, se atrevió a criticarlos. Y los criticó como antes había criticado al anterior gobierno. Los puso en la misma góndola, los desnudó. Apeló a la razón, simple, sin artilugios. No gritó, no fue chabacano, pero fue fácil de entender. Esgrimió ideales de justicia tan obvios que no necesitaban largas explicaciones. Mostró independencia con calmo apasionamiento como si hiciera un dibujo de un pensamiento.
El Dipy le habló a los argentinos como si fueran adultos, cosa rarísima. Esta anomalía en el marco de los programas de TV políticos ha suscitado reacciones muy interesantes. No tiene tanta importancia, claro está, el torrente de barbaridades que los periodistas militantes publiquen ya que eso va en el sueldo. Lo particularmente asombroso es que para definirlo, lo hayan tildado de “desclasado”.
¿Qué es y por qué sería un insulto ser desclasado? Aparentemente El Dipy debería asumir que es una pieza más del engranaje de su colectivo, el de los “pobres/populares/artistas del pueblo”. Él no debería ser él en función de su personalidad, sino en función de su pertenencia a ese colectivo en base a un grupo de factores que tiene pegados a su piel, su aspecto físico, su cuna, etc, y que debe por tanto lealtad a la manada. Le reclaman que, como miembro de un colectivo/clase, deba suspender todo pensamiento propio. 
Y acá se abre otro interesante aspecto: Si El Dipy es “desclasado” significa que pertenece a una determinada “clase social” cuyos principios ha traicionado. ¿Cuál sería su clase social según la rudimentaria sociología kirchnerista? ¿Le decimos proletariado? ¿O trabajador (para darle un corte más peronista)?

Socialismo del siglo XXI

Rescatando la idea de “clase” del arcón de los conceptos abandonados (sobre todo por el socialismo del Siglo XXI), hemos de recordar que el marco de valores de la clase obrera se asentaba sobre el trabajo y a través de él, la consecución del logro como vía de promoción social. Un grupo de aspiraciones que se trasladaba en escala ascendente por las generaciones y que se ejemplificaba en epítomes como “M´hijo el dotor”. Esa escala valorativa fue el motor de la sacrificada clase baja y media que inculcó a sus hijos la convicción de que el esfuerzo y la educación eran un escalón para una sólida preparación profesional que los pusiera en un trabajo próspero. A partir de allí sus nietos llegarían a la universidad y esto sería el camino más seguro para prosperar como estirpe. En fin, que proyectaban en deseo individual y familiar de salir de la miseria que habían sufrido en la guerra y la posguerra.
Bueno, la idea del progreso mediante el trabajo y la independencia que surge del logro personal es justamente lo que ha pregonado, en los canales de TV, El Dipy. Ni una coma se ha corrido del imaginario claseobrerista del siglo pasado. Casi casi que le deberíamos agradecer la falta de aggiornamiento, dado que ese imaginario viene en picada. Hoy el futuro no se vincula en la misma medida al aprovechamiento escolar, es triste pero es así.
El éxito se ha amoldado a prácticas que representan lo contrario del mérito. El enorme crecimiento del poder de la casta política ha hecho crecer los tentáculos del Estado de forma tal que el amiguismo es una versión más tosca y extensa del nepotismo. Es precisamente ese mecanismo el que coloca a Brancatelli en un puesto directivo estatal y es anecdótico el monto que percibe porque lo nocivo es la existencia del puesto mismo. Quienes acusan a El Dipy de desclasado, no recelan de este mecanismo del cargo público por favoritismo personal, ni lo hacen sus adversarios políticos. Este reconocimiento expreso del amiguismo pagado por los sufridos contribuyentes, que otorga altos salarios y privilegios a quienes nada producen, es la causa de la decadencia del proyecto de vida basado en el mérito que proclama el cantante.

Amiguismo y militancia

Dado que no se premia el conocimiento, la capacidad o la decencia, sino el amiguismo y la militancia, los puestos de gestión van siendo ocupados por un círculo doblemente vicioso, o sea, un círculo vicioso de viciosos. Este prodigio de la desvergüenza tiene una cobertura tan endeble que El Dipy, sencillamente preguntando a los que se llenan la boca hablando de los pobres, ¿por qué no se bajaban el sueldo?, la hizo trizas.
El problema surge cuando el prejuicio kirchnerista respecto de cuál es su sustento en términos de clase social choca con la realidad y su relato se ve arrasado dejando ver los espurios intereses políticos respaldados por militantes fieles hasta la irracionalidad. La “clase”, en términos marxistas de la pertenencia por ingresos, es un término anacrónico. Un camionero, un burócrata de AFIP o un artista militante pertenecen a un segmento social alto en relación a un médico o un ingeniero en términos de ingresos, aun cuando los estudios de los últimos hayan debido ser más exhaustivos y sus responsabilidades mucho mayores. La diferencia es el conchabo y la depredación del sector público en detrimento del privado, mal que le pese al clasismo trasnochado.
En general se entretiene al ciudadano con el discurso de la corrupción, pero nada se dice de su inevitabilidad frente al conglomerado elefantiásico de empleos y presupuestos. Desde el momento en el que millones de funcionarios y políticos gestionan cifras suculentas en políticas que los ciudadanos creen haber demandado, ya nadie se preocupa por el despilfarro de una plata que no es de nadie. Los grandes medios son receptores de holgadas cuotas de esos vericuetos presupuestarios y por eso abrevan a la idea de que la sociedad sea gobernada por los funcionarios y políticos con salarios varias veces mayores que los de la gente de a pie, porque ellos son sus socios imprescindibles. Instan a sus espectadores a aceptar acríticamente el discurso oficial y, en consecuencia, abandonar sus criterios como individuos pensantes y a desdeñar sus visiones personales, y a todo eso (a todo el canon de lo políticamente correcto) El Dipy le dijo: NO. En cámara.
Los gestores del clasismo popular son, paradójicamente, los que convirtieron al Estado y a sus instituciones en plataformas económicas tan enroscadas que lo público y lo privado se entremezclan de manera pornográfica. Si los pagadores de impuestos supieran cuánto dinero público se va a mantener el relato que los esclaviza y adoctrina a sus hijos, tal vez entenderían mejor la razón de la ira fanática contra un simple artista que criticó a un gobierno.

Amiguismo Corporativo

En el Estado del Amiguismo Corporativo no existen las viejas clases sociales ni existe el ascenso social basado en el trabajo o el estudio. No existe la tolerancia ni la diversidad ni el diálogo frente a la disidencia. Existe el prejuicio paternalista hacia lo popular, como un conglomerado de clichés que si no es dogmáticamente repetido es porque se es “cheto” o “desclasado”, ya está, no hay otra.
Esta visión homogénea e inamovible de la pobreza necesita acompañarse de un pluralismo de fachada, de mentirita, bah. Agazapados en la vetusta dialéctica de clases, señalan al disidente como alguien que desprecia sus orígenes, porque lo que no soportan es que se puedan superar esos orígenes. No pueden permitir que se extienda la sospecha de que, cuando se habla de políticas sociales y de sensibilidad hacia los necesitados, lo que realmente pasa es que se alimenta la incesante maquinaria política. 
El rechazo al sistema ni lo inventó ni lo fogoneó El Dipy. Es parte del repudio pendular que aparece cuando la dádiva flaquea y se notan demasiado las costuras. Puestos ante semejante decadencia económica, política y ética, resulta al menos ofensivo que se use como insulto el término desclasado. Vamos, que son tan fanáticos que no se dieron cuenta de que hasta lo podrían haber usado de propaganda! El milagro de salir del infortunio debería ser motivo de festejo, incentivar a que otros lo hagan debería ser motivo de aplauso. 
En cambio ser gestor de la pobreza ajena, desde cargos inverosímiles y con suculentos sueldos, debería ser una vergüenza perenne. Tener la crueldad instrumental de hablar de pobreza, no como un estado temporal sino como una condición social inamovible, es una inhumanidad imperdonable.