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El auténtico rostro del próximo gobierno

La vicepresidenta electa volvió luego de un largo tiempo a mostrarse tal cual es. Intimidó a los jueces que la deben juzgar. Desplegó una oratoria pulcra e irrefrenable.

En las últimas horas se derrumbó un mito. Decía que la vice electa ya no era la mujer impetuosa que se negó en el 2015 a entregarle los atributos del poder a Mauricio Macri. Entendió, según lo registró en su obra magna, titulada “Sinceramente”, que se hubiera tratado de una rendición. Otro mito también puede empezar a tambalear. Fue alimentado por Alberto Fernández en torno a la supuesta prescindencia de Cristina frente al armado de su Gobierno. Para abrir un juicio fundamentado habrá que aguardar hasta pasado mañana, cuando sea presentado el equipo de ministros.
En realidad, aquella presunción sobre la existencia de una Cristina distinta había sido construida sobre bases precarias. Fue el propio Alberto quien a partir de fines del 2018 comenzó a hacer rodar la idea de una metamorfosis. Cuando era indagado, recurría siempre a la misma explicación: “La derrota con Bullrich (Esteban), la golpeó”. Aludía a las legislativas del 2017, cuando el ex ministro de Educación la doblegó en Buenos Aires.
Sonaba, de verdad, a muy poco para una dirigente que posee una personalidad indomable. El único que pudo con ella fue Néstor Kirchner. Cuando falleció, su camino quedó liberado. Careció y parece seguir careciendo de algún factor inhibitorio. Su escasa participación en la campaña, con cuidadas puestas en escena, fortalecieron la esperanza de un cambio. Pero en la reaparición sin máscara, al declarar el lunes en el juicio oral acusada de haber favorecido al empresario K Lázaro Báez con la obra pública, volvió a asemejarse, con fidelidad, a la persona que la Argentina conoció, sobre todo, desde octubre del 2010. El mes y el año en que murió su marido, el ex presidente.
El trazo constitutivo de Cristina pudo ser advertido en tres instancias: su estilo, la utilización de arbitrariedades flagrantes para sostener la defensa, su inclinación a la prepotencia constante. Nada de eso asomó durante la campaña. Tampoco en los cuatro años que se desempeñó como senadora con Macri en el Poder Ejecutivo. Es cierto que tiró en ese tiempo muchos tuits bien encendidos. Pero detrás de la palabra nunca pudo vislumbrarse la dimensión de la mujer de mal talante que regresó frente a los jueces del Tribunal Oral Federal 2 (TOF), que tienen a su cargo la complejísima tarea del enjuiciamiento.
El estilo quedó grabado en la oratoria irrefrenable y pulcra. Cargada de gesticulación. Una tarea que cumple como nadie. Al margen habría que dejar el desmenuzamiento del plano conceptual. Las argumentaciones caprichosas acostumbran a inundar cada una de sus exposiciones. En su alegato político del lunes se podría reparar en dos cuestiones. La más grave y dolorosa: atribuir a las causas de corrupción que cercan a su familia la enfermedad de Florencia Kirchner. Su hija radicada desde el verano en Cuba, donde está siendo tratada de un problema psico-orgánico. Se trata de una asociación incomprobable. Que enreda un interés político inocultable con un vínculo afectivo y familiar.
Idéntico recurso había utilizado en diciembre del 2018 después del fallecimiento del ex canciller Héctor Timerman. Sostuvo que se enfermó por el dolor que le produjo el ataque judicial por la firma del Memorándum de Entendimiento con Irán. La causa en la que Cristina también está procesada y con pedido de prisión preventiva. Timerman murió de cáncer después de un largo tratamiento que, en gran medida, recibió en Nueva York. Los oncólogos podrían estar agradecidos, tal vez, si las aseveraciones de la ex presidenta tuvieran algún rastro de verdad o rigor científico.
Con el caso de Florencia podría existir un agravante. La joven está procesada por las causas de Los Sauces y Hotesur. Sociedades que se dedicaron a la renta de inmuebles y hoteles. Casi todos a favor de Cristóbal López y Báez. Existe sospecha sobre un mecanismo de lavado de dinero. La hija de los Kirchner fue incorporada al directorio de aquellas empresas recién cuando falleció su padre y cumplió la mayoría de edad. Quizás no sea responsable del padecimiento judicial que ahora le toca.
En el mismo terreno, Cristina descalificó la acusación sobre los U$S5 millones que, en un allanamiento dispuesto por el juez Julián Ercolini, aparecieron en una caja fuerte del Banco Galicia que pertenecía a Florencia. La vicepresidente electa sostuvo que ese monto estuvo siempre en el mismo lugar. Producto de parte de la herencia que su hija habría recibido luego del fallecimiento de su padre. En la causa existen otras comprobaciones. Esos fondos provinieron de una cuenta de la familia Kirchner en el Banco Nación. También existieron transferencias de las dos cuentas de la empresa Los Sauces. Antes de llegar al Nación un volumen más copioso de dinero estuvo radicado en el Banco de Santa Cruz.
En medio de todo el proceso existieron licitaciones de letras emitidas por el Banco Central (Lebac). También la apertura de plazos fijos y movimientos en las cuentas de la familia. En junio de 2016 una autoridad del Banco Galicia pidió información a Florencia por la cantidad de movimientos en su cuenta. La joven explicó que todos los beneficios respondían a su carácter de legítima heredera.
La última cuestión en la declaración de Cristina tuvo lazo con el amedrentamiento objetivo que dispensó a los jueces del TOF2. Ellos son Jorge Gorini, Andrés Basso y Rodrigo Giménes Uriburu. El fiscal es Diego Luciani. Cuando le preguntaron, después de oír su exposición de tres horas, si estaba dispuesta a contestar preguntas respondió: “Las preguntas las van a tener que responder ustedes”. A partir del martes 10 Cristina será la vicepresidenta en ejercicio. Además, la titular del Senado. Con un sistema de poder que pergeñó en ambas Cámaras en los últimos días como no tuvo nadie desde 1983. Los puestos clave responderán a sus fieles.
¿Aquella réplica a los jueces del TOF 2 pudo interpretarse como un enojo de circunstancia? Muy difícil creerlo. Repercutieron como una intimidación pública. La ex presidenta es experta en esa materia. También, cuando lo tiene, en la utilización inescrupulosa del poder.
Alberto Fernández sostuvo que el de su futura vicepresidenta fue “un acto de defensa maravilloso”. Su trayectoria como abogado penalista induce a pensar que debe haber asistido a otros actos más edificantes. Pero tampoco hubiera podido decir otra cosa. En parte, porque desde su reconciliación con Cristina se terminó de convencer que se trata de una perseguida judicial. También porque su futura misión, producto del acuerdo por el cual resultó ungido candidato a presidente, consistirá en liberar a la mujer y sus hijos de las amenazas de la Justicia en causas de corrupción.
No será, por cierto, una tarea sencilla. El 40% de votos que se llevó la oposición, pese a la gran crisis económica, representaría un gigantesco ojo fiscalizador. Incluso una porción de los votantes del binomio de los Fernández apostaron por la imagen moderada de Alberto. Con la esperanza también que toda la mugre no sea barrida bajo la alfombra de la impunidad.
El presidente electo se propone llevar adelante una reforma para intentar despolitizar el Poder Judicial. Para sanearlo. No está claro aún como la haría. Amén de la despolitización deberá, a la par, generar confianza en una sociedad que descree de aquellos que imparten justicia. ¿Cómo conjugará ese propósito loable con la necesidad política de salvar a Cristina? De cómo resuelva la contradicción alumbrará un éxito o un fracaso.
Eduardo van der Kooy