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No importa realmente quién sea el presidente del Banco Central

Tras la salida de Caputo, llega Sandleris a la alta conducción de la autoridad monetaria.
El martes por la mañana, los mercados amanecieron con la noticia de la sorpresiva renuncia de Luis Caputo a la presidencia del Banco Central de la República Argentina.

Caputo, quien había llegado hacía solo tres meses, se transformó así en el quincuagésimo noveno presidente de la mencionada institución en terminar su mandato antes de lo previsto.

El dato no es menor. De acuerdo con la Carta Orgánica del organismo, cada presidente debe durar 6 años en su mandato. Si dicho reglamento se hubiese cumplido, el BCRA habría tenido 13 presidentes diferentes desde su creación en 1935…

Sin embargo, tuvo 60. Un presidente cada año y cuatro meses, aproximadamente.
Frenética búsqueda de archivo
Poco tiempo después de conocida la renuncia, se anunció la designación de Guido Sandleris, economista de la Universidad Torcuato Di Tella, al frente de la institución. Al mismo tiempo, también se anunció que asumiría una nueva vicepresidenta segunda, la economista y profesora de la London School of Economics, Verónica Rappoport.

Acto seguido, quienes nos movemos en la “twittosfera” vivimos la búsqueda de archivo más frenética y bizarra de la que yo al menos tenga memoria. ¿Quiénes serán estas nuevas incorporaciones? ¿Creen que la inflación se resuelve controlando precios? ¿Fueron chavistas o kirchneristas? ¿Están a favor o en contra del aborto? ¿Qué piensan de la AUH?

Una serie de tuits irónicos del ahora presidente del BCRA fueron tomados por ciertos, lo que generó cierto desconcierto en el mundo de Twitter. Lo mismo ocurrió con expresiones pasadas de la Dra. Rappoport.

El mercado, por el momento, tampoco tomó muy bien la noticia, esperando algunas definiciones más concretas.

¿A quién le importa?
Esta frenética búsqueda y desesperación por conocer quién estará a cargo del Banco Central responde a un rasgo cultural bien argentino, que nos hace pensar que “si solo llegara LA PERSONA correcta” a ocupar una función de responsabilidad, entonces ahí sí que “estaríamos salvados”.

Nos ocurre en el fútbol, cuando esperamos que llegue “el nuevo Maradona” y también en la economía. El día que venga tal o cual, este país arranca, piensan muchos. La realidad, sin embargo, es que quién sea la persona importa casi nada.

Milton Friedman, premio Nobel de Economía en 1976, condujo durante la década del ’80 un programa de TV donde, luego de presentar un tema particular de su libro “Libre para Elegir”, abría el debate a otros académicos y líderes de opinión de la época.

En una de esas idas y vueltas, fue muy concreto cuando respondió acerca de la importancia de las personas para ocupar roles de responsabilidad:

“Todo el mundo está buscando al hombre correcto, pero un sistema que depende de un hombre correcto es un mal sistema. La Reserva Federal era un sistema malo porque dependía de que fuera operado por la persona correcta. La idea de que el problema no es la intervención del gobierno sino la intervención ´poco inteligente´ del gobierno, de nuevo, es una demanda por esa persona correcta que sabrá lo que hay que hacer.

Mi visión es diferente. Es el sistema es el que está mal, y el buen sistema es aquel que no depende en que tengas a la persona correcta apretando los botones en el momento justo, sino que se apoye en un marco de normas, dentro del cual la actividad conjunta de las personas genere buenos resultados”


En línea con este argumento, Friedman pedía que la Reserva Federal programara un sistema que aumentara periódicamente la cantidad de dinero siguiendo la producción de bienes.

Dicho sistema no dependía de la genialidad de ningún banquero central. Es más, una vez establecida la noma, el comité de política monetaria podría ser perfectamente reemplazado por una computadora.

La postura de Friedman desató un largo debate acerca de las virtudes de las normas versus la discreción en la Política Monetaria.
El desinflador Sandleris
Teniendo en cuenta el análisis anterior, entonces, lo que tenemos que mirar son las normas sobre las que va a operar el Banco Central de ahora en adelante. Eso nos dará la pauta de si, efectivamente, podremos tener menos inflación en el futuro.

En un estudio del Fondo Monetario Internacional publicado en 2016, se reveló que las reformas monetarias de la década del ’90 tuvieron un amplio éxito en la batalla contra la inflación a lo largo de toda América Latina.

Para el organismo multilateral, una oleada de reformas legales garantizaron la independencia de los Bancos Centrales y restringieron la financiación monetaria de los déficits fiscales, lo que había estado “en la raíz de las altas inflaciones” de toda la región.

Siguiendo con el análisis, el Fondo explica que en el exitoso proceso de desinflación latinoamericano hubo 4 pilares, que son los siguientes:

1. La definición de un mandato claro y estrecho para el Banco Central.

2. La independencia del poder ejecutivo, materializada en el fin del financiamiento monetario de los déficits fiscales.

3. La autonomía para realizar la política monetaria.

4. Y la rendición de cuentas y transparencia de la institución.

El trabajo del Fondo también revela que la baja de la inflación se logró primero con sistemas que se apoyaron más en el control del tipo de cambio (ya sea tipo de cambio fijo, como en el caso argentino, o bandas de flotación, como en Chile), pero que luego la gran mayoría fueron migrando hacia un sistema de Metas de Inflación.

Así que bien, si queremos responder a la pregunta de si va a bajar la inflación en Argentina, no deberíamos detenernos demasiado en la personalidad de quien será el líder de la autoridad monetaria, sino en el contenido de las reglas que va a seguir.

En la medida que el Banco Central no financie más los déficits del tesoro (como se anunció en junio de este año), e imponga y respete una regla cuyo único objetivo sea recuperar y mantener estable el poder de compra del dinero, podemos ser optimistas con el futuro de la inflación en Argentina.

Saludos,

Iván Carrino

Para CONTRAECONOMÍA