Llega la hora del fallido tiro al blanco, de las brujas y demás.


Llega la hora de las predicciones, de la publicación de informes y de proyecciones. La hora de las escopetas de feria, trucadas mil veces para que el feriante no se arruine con el juego y deje vacíos los bolsillos de osados jugadores. Muchos analistas bursátiles, nacionales e internacionales, se muestra en la actualidad incapaces de entender lo que ha pasado y de explicar lo que está pasando, pero azuzados por sus jefes han invertido mucho tiempo en dibujar una bola de cristal con la que adivinar el futuro. Es la ceremonia de siempre, la que comienzan con los estertores de cada año y sigue con los balbuceos del siguiente. Escuché una vez a uno de los grandes especuladores de la Bolsa, ya fallecido, que una de sus tareas principales en cada comienzo de año era establecer estrategias de sentimiento contrario, es decir, apostaba en contra de los pronósticos de los denominados expertos y analistas. Me dijo que una sabia y disciplinada actuación en Bolsa siguiendo estos parámetros le había reportado mucho dinero con el paso del tiempo. Hoy, no sé por qué, me he acordado de este gran especulador. Recuerde, en cualquier caso, que el futuro, con mucha frecuencia, será el contrario al que ahora les presentan ¡Y es que el futuro es indescifrable! ¡Y qué difícil es medir el tiempo, el día D y la hora H como se observa en el gráfico adjunto.
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La mayor parte de los actores bursátiles repasa estrategias con las que afrontar el año, que viene. Una de las conclsuones es el desencuentro entre todos, fenómeno que se repite hasta el hartazgo en los últimos cien años. No se trata de poner en la picota a los especialistas, pero sí­ recordar que el exceso verbal nos condena a todos, a unos más que a otros, más a los que están obligados a dirigirse a la parroquia todos los dí­as, que a los que divulgan sus ideas de manera pausada, con espacios prolongados en silencio, sin decir nada. Lo peor en esta disciplina es tratar de poner puertas al campo, de acotar los precios de las acciones, bien por asuntos fundamentales, bien por criterios técnicos o chartistas.

"La moda de los precios objetivo, en definitiva, murió hace tiempo, porque los expertos van con la lengua fuera. El burro y la zanahoria. En épocas de turbulencias, como las actuales, el desajuste es mayor. Por eso, en nuestra gestora recomendamos calma. Ver y esperar. Por fortuna, los analistas fallan más que las escopetas de feria", me dice el CEO de una importante gestora, entrado en años y con muchas cicatrices de otras tantas heridas sufridas en la guerra de los mercados.
"El repaso de precios objetivo desconcierta a todos, porque los mercados desarrollan sus movimientos a velocidad de vértigo. El factor psicológico, el estado de ánimo de los inversores, copiarse los unos a los otros, el contagio, no han encontrado la pócima milagrosa que los inhiba. Además, los mercados no cierran sus puertas en momento alguno, ni siquiera los festivos. La globalización alcanzó hace mucho tiempo a la intermediación. Los valores líderes cotizan en las principales Bolsas del mundo y favorecen el arbitraje, que es una manera de distorsionar los precios. Por eso, las estrategias duran poco, apenas superan las veinticuatro horas....", añade.
"Dicen los viejos observadores que los precios objetivo nacen y mueren el mismo día de su publicación. Los valores sujetos a este fenómeno ya han intuido antes lo que se les venía encima, para bien o para mal. Es decir, hay apremio e intuición, porque las murallas chinas cayeron hace tiempo, como las de Jericó al ruido de las trompetas. El día de su divulgación aún desarrollan un recorrido cierto, tangible, pero es el último...", insiste.
"Y la vida de la Bolsa sigue. La recomendación de ayer es vieja hoy. Por eso los analistas van con la lengua fuera y cometen errores anacrónicos. Por ejemplo, recomendar fuertes compras y alzas de los precios objetivo cuando el precio de una acción ha superado el objetivo previo y, al revés, forzar la rueda a la baja cuando una cotización ha perforado niveles de resistencia establecidos antes con criterios técnicos, fundamentales o de cualquier otra í­ndole...", remarca.
"Los precios objetivo han muerto ¡Vivan los precios objetivo! Todas las referencias, por nimias y simples que sean, siempre deben ser bien recibidas en los mercados, porque siempre hay un párrafo, una línea, una palabra o precisión en una recomendación que nos puede dar pistas. Para bien o para mal. Lo peor en este apartado es que el analista o experto sea el burro al que se le pone una zanahoria en la nariz para que siga adelante...", finaliza.



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